TIEMPOS PROFUNDOS
*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in
memoriam
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160
Espejo*
Un hombre sueña que vuelve al barrio natal.
Está a punto de llegar, comienza a doblar la esquina que lleva a su calle y a
su casa, está en la plenitud de sus treinta y tres años, muy bien vestido para
lo usual en él, camina erguido y seguro. Parado en la vereda de enfrente a su
casa descubre en el pobre jardín, sin flores y desprolijo, a su madre jugando
con un chico rubio de unos cinco años delgado y frágil. De algún modo indudable
sabe que ese niño apocado es su hijo, la abuela le alcanza bolitas que el chico
tira sin ningún objetivo claro y sin nada de entusiasmo. De pronto el niño lo
ve y el gesto repetido de arrojar las bolitas se le congela, su mirada se
concentra en el hombre de la vereda de enfrente con timidez, eso lo inmoviliza,
su mano no se anima. La abuela lo alienta a que repita el mismo juego sin
sentido para el padre del niño, su propio hijo, que los mira desde la
distancia. El chico sólo sigue atento al hombre que sabe su padre con la vista
alzada y la cabeza baja. Mudo, acorralado en su timidez. El hombre espera, pero
el chico no se mueve, no le obedece a la abuela, su mano ni siquiera amaga
intentar nada. El hombre entiende lo que le pasa, lo que piensa, lo que
adivina, lo que ya sabe: nada que haga será suficiente. Nunca llenará las
expectativas del padre ni las de nadie. El hombre sabe que el chico prefiere
desaparecer, no estar, no ver, no sentir, no tener esa lacerante lucidez de
saberse insuficiente. Que no hay ningún sentido en el juego ni puede haberlo
porque él ya no es un niño. En su corta vida ha comprendido demasiado y tiene
alma de viejo. El padre sabe que su madre ha hecho con el nieto el mismo
trabajo que con él, que lo ha acobardado y desmerecido para emparejarlo con su
mismo miedo a la vida. Eso lo llena de culpa y se pregunta qué hace de nuevo
ahí, y si acaso él chico estará mirando a un padre, y si él estará mirando a un
hijo.
*De Horacio
Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com
-Horacio
nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz
Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento,
poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es
autor de los libros de cuentos Palabras
de piedra (Baobab, 1999), Media baja
(Dunken, 2012) y La insistencia de la
desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy
Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese
mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su
libro de cuentos La oscuridad de los
hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.
Futuro
humano y Tiempo Profundo*
*Por Alejandro
Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
El tiempo es, ha sido y será motivo de
creación y especulación tanto literaria como filosófica y científica. El Tiempo
Profundo “cuyo rango abarca miles de millones de años de existencia de la
Tierra” pone en evidencia y sin concesiones la segura desaparición de la
humanidad, y acaso también del planeta mismo. Este artículo explora y documenta
esas ideas y señala: “Si seguimos el camino que advierten los científicos,
podríamos heredar al mundo del futuro profundo un mar silencioso y habitado por
animales que parecen fantasmas.”
En uno de los ensayos incluidos en el libro
Ocho cerditos: Reflexiones sobre historia natural titulado “Caída en la casa de
Ussher”, el famoso paleontólogo Stephen Jay Gould reivindica al arzobispo y
erudito irlandés James Ussher quien, en 1650, argumentó que el mundo se había
creado en el 4004 aC, exactamente el 23 de octubre de 4004 aC al mediodía. Los
padres de la Iglesia de siglos anteriores habían previsto que el mundo
finalizaría 6 mil años después de creado, ya que Dios había hecho su trabajo en
seis días y un pasaje bíblico –2 Pedro 3:8-13– afirma que “un día para el Señor
es como mil años”. Gould refiere en su ensayo –en el que hace alusión al famoso
cuento de Edgar Allan Poe– que el arzobispo había seguido el marco contextual
disponible en su época: las genealogías bíblicas y la tradición cristiana
plasmada en un libro cuya autoría es divina. De esta manera su aproximación
había sido completamente racional, tomando en cuenta las herramientas y límites
de su siglo. Siguiendo el planteamiento de Ussher, el mundo debió haber acabado
el 23 de octubre de 1997 y así lo hizo saber el palentólogo en un artículo
publicado en el New York Times ese mismo día, titulado “Today is the day”.
Con el paso del tiempo, el ser humano se
dio cuenta de que el pasado y el futuro del mundo son más amplios de lo que
había imaginado. El desarrollo del método científico y, particularmente, los
avances en la Geología, abrieron un territorio inexplorado para el conocimiento
y, sobre todo, para la imaginación. La aparición y desaparición del hombre en
la Tierra será una mera anécdota en una historia muy larga. El demoledor paso
del tiempo puede borrar casi todos los rastros de nuestra civilización. El
mundo que habitamos tiene, según los investigadores, 4 mil 500 millones de años
y le faltan otros 5 mil 500 millones de años antes de ser devorado por el Sol
ya convertido en una Gigante Roja. Por supuesto, antes de esto pueden ocurrir
muchas cosas que destruyan a nuestro planeta cuando no existan humanos:
colisiones con asteroides o fenómenos espaciales de los que aún no tenemos
noticia.
James Hutton, un hacendado escocés, publicó
en 1788 Teoría de la Tierra, un trabajo que reflejó, por primera vez, las
inmensas escalas de tiempo que esculpen nuestro mundo. A partir de estudios
geológicos que demostraron cómo las rocas sedimentarias se elevaban
gradualmente empujadas por el calor y la presión hasta convertirse en montañas,
Hutton ayudó a popularizar el concepto de Tiempo Profundo teorizado por algunos
investigadores y escritores que lo precedieron. Sin embargo, incluso en la
actualidad pensar en miles de millones de años sigue siendo una tarea
complicada. El filósofo inglés Timothy Morton acuñó, ya en nuestro siglo, el
término “hiperobjetos” para describir objetos difíciles de percibir por su
extensión temporal, espacial y complejidad.
El Tiempo Profundo, cuyo rango abarca miles
de millones de años de existencia de la Tierra, ya había estimulado la
imaginación de escritores como H.G. Wells. En La máquina del tiempo de 1895 el
autor inglés especula con una división en la evolución humana y un panorama
lejano a las utopías de la época que imaginaban –fieles a la idea de un
progreso lineal e ininterrumpido, fruto de la Ilustración– fantasías
tecnológicas en las que el hombre lograba, incluso, la inmortalidad. Una obra
menos conocida en la cultura popular, como la novela Cántico por Leibowitz de
Walter M. Miller, de 1960, describe una suerte de amnesia en la civilización
que surge de los escombros de una guerra nuclear. Los sobrevivientes al
desastre consideran como un profeta a un científico (Leibowitz) cuyas huellas y
documentos son rescatados de un refugio antibombas. La humanidad, al inicio de
estos nuevos tiempos, rechaza los pocos rastros de conocimiento que quedaron
esparcidos por el planeta. Sin embargo, con el paso de los siglos repite –en
una especie de condena cíclica que recuerda el Mito de Sísifo de los griegos–
el camino de sus ancestros recorriendo etapas similares a la Edad Media, el
Renacimiento y la era tecnológica que ocasionó la destrucción anterior. En este
escenario, la civilización está atrapada en un determinismo fatal que se
extiende a través de miles o millones de años.
Otro autor que exploró el Tiempo Profundo
fue H.P. Lovecraft. El creador del terror cósmico –interesado en las ciencias y
los descubrimientos científicos de finales del siglo XIX e incios del XX–
imaginó un pasado inquietante para nuestro planeta. En la mitología
lovecraftiana, la Tierra era habitada por unos seres monstruosos. La escala
temporal había sido tan extensa que borró casi todas sus huellas. El ser
humano, en esta fantasía, se cree dueño de un planeta que guarda secretos
terribles en lugares inaccesibles como la Antártida –tema de su novela En las
montañas de la locura de 1936– o en el fondo del mar, como se describe en los
mitos de Cthulhu, el personaje más famoso del autor estadunidense. Es curioso
–por no decir trágico– que la creciente contaminación de los mares beneficie a
las medusas –animales tentaculares que recuerdan al monstruo lovecraftiano–,
cuya abundancia ha ocasionado problemas en el dañado ecosistema marino e,
incluso, en instalaciones nucleares que usan el agua del mar para enfriar sus
reactores. Si seguimos el camino que advierten los científicos, podríamos
heredar al mundo del futuro profundo un mar silencioso y habitado por animales
que parecen fantasmas.
Tener conciencia del Tiempo Profundo no es,
en absoluto, un ejercicio de evasión, pues nos sitúa de una manera diferente en
un presente que nos aprisiona y nos impide pensar. Un ensayo que explora esta
idea es Huellas. En busca del mundo que dejaremos atrás de David Farrier,
profesor de Literatura y Medio Ambiente en la Universidad de Edimburgo. Farrier
realiza un notable trabajo
de especulación estudiando lo que él llama
“fósiles futuros”, es decir, aquellos rastros humanos que podrían sobrevivir al
paso implacable de la erosión y al Tiempo Profundo que le resta a nuestro
planeta. Las ciudades cercanas a la costa –primeras víctimas del cambio
climático y del aumento del nivel del mar– serán, irónicamente, los primeros
fósiles para el primer trecho del futuro inmenso que hay por delante, pues
serán protegidas de la erosión del exterior. Sin embargo, las grandes obras de
nuestra sociedad tecnológica –imponentes rascacielos e infraestructura que
creemos eterna– serán reducidos a estratos geológicos difíciles de interpretar,
una huella apenas visible de nosotros y del llamado Antropoceno, una era
dominada por la actividad humana que extinguió a miles de especies y moldeó la
geología del planeta gracias a su insaciable necesidad de recursos. El último
fósil –el que efectivamente se internará en el Tiempo Profundo– son las
instalaciones nucleares, particularmente los inmensos sarcófagos que resguardan
los desechos radioactivos que durarán cientos de miles de años o más. Farrier
visita uno de esos cementerios que legaremos a la posteridad localizado en
Finlandia. El cuidado con el que se sella el sarcófago implica, por sí mismo,
un mensaje al futuro lejano, pues la estructura hecha de hormigón y acero va a
tener un viaje muy largo en el tiempo. Este mensaje, incluso, saldrá de las
profundidades excavadas por los seres humanos gracias al movimiento de las
placas tectónicas y quedará expuesto en la superficie. Los científicos e
investigadores con los que trató Farrier le explicaron que, para ese entonces,
no sólo el ser humano habrá desaparecido sino también su lenguaje y casi
cualquier huella susceptible de ser interpretada. Lo único que quedará es una
tumba sin ninguna inscripción y la esperanza de que su presencia misteriosa
prevenga a quien sea que la encuentre. Este testimonio del pasado, lo más
duradero que quedará de nosotros –un recurso energético destinado al fracaso,
pues la energía nuclear nunca podrá sostener una civilización volcada a la
extracción y el consumo– nos ayuda a mirar con otros ojos un presente que
limita nuestra capacidad para entender la finitud que nos determina. Esa
experiencia –paradójica para algunos– es liberadora.
*Fuente:
https://semanal.jornada.com.mx/2026/04/11/futuro-humano-y-tiempo-profundo-2469.html?
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
*
Cuando estés, embebido
en el sueño
de la dicha y la
desdicha, coronado de flores,
o aullando al vacío
o con el alfanje a la
cintura
podando una selva en
trance
todo lo pasado lo
presente y lo futuro
irán por fin juntos.
La cara de la esposa y
la madre
la amante en ciernes,
cielo e infierno, la
creación, y la descreación también.
Cara y cruz de las
monedas, la vida toda,
valentía y cobardía;
elevado el fulgor del sol
junto con la luna en
un solo brillo.
Maldad y bondad
estupidez e
inteligencia.
Y serán, tal vez,
falsas revelaciones,
todo lo que queremos
creer, y no es, en tanto que yo
acompaño el mal de
altura
sobrevuelo selva,
hombre y machete
en tiempos perdidos
tejo
y no destejo nunca un
hábito de novicia
para otros tiempos.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
CABEZA
Y TIEMPO*
El
busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles
por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de
repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros
olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que
desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.
Años de pasar por la habitación sin reparar
en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.
Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende
la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y zapato,
dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado de
cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia
de espíritu y mediúmnicamente invoca un fantasma.
Es una cabeza masculina y esa es la primera
sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos
lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en
sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se
adivina la pose tentadora de la reflexión imitada rasgo por rasgo frente
silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios
casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.
Pero es una cabeza masculina. Un hombre que
la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle,
con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener
con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos. Por un
rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.
Siente que hay en dejar vagar la atención
por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente
que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de
demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar
la mirada. Se dice que es gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.
Con aceptación de derrota aparta entonces
la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco
perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios
cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin
fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia,
único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese hombre
que confortablemente es él y no aparenta ni finge, que es él y no otro, tal
como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad, que si
un vago escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra, otro lo
hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad. Y en la
palma de su mano, en la palma de su mano.
¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los
labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde
la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que
es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla
negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y
hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye
y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.
Esos ojos esa boca que no puede responder
la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija
el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre, pero en este instante la mira.
Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá
mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su
cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la
fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la
observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de
desesperación. Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.
Deposita suavemente el busto en la mesita.
Se sienta en una silla.
Volverá a tomarlo en sus manos una que otra
vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y
quietud y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura
como segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como
promesa, las más como simple clausura si es que existe alguna clausura que
pueda relacionarse de alguna forma con la simplicidad.
¿Quién eres tú?, dirá silenciosamente.
¿Quién eres tú?
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
-TERCERA PARTE-
El viajero, en una de sus parcas
anotaciones, hablaba de un río que corría paralelo a la ciudad. Me llamó la
atención la referencia. No había muchos detalles en la información. Sólo
elaboraba algunas suposiciones. La primera era que el río no surtía de agua a
la ciudad porque la gente prefería el uso de pozos. No pudo averiguar el nombre
del río. Era probable que el nombre se hubiera perdido. No me sentí con la
confianza suficiente para decirle a Lucrecia que, en esa región, las cosas
perdían paulatinamente sus nombres, como los colores de un letrero lavados por
la lluvia. En algún momento la ciudad se sumergiría en el anonimato; espacios
sin identidad, calles convertidas en profundos estanques de silencio.
Una tarde, después de la comida, pensé que
era momento de ir más lejos. Lucrecia estaba en su habitación. Apenas
intercambiaba palabras con su padre. Eran dos desconocidos que sólo compartían
información funcional, hacían acuerdos para las cosas más elementales. Salí a
la calle. Después de un tiempo de marcha, pasé por las últimas casas
deshabitadas. Miré una loma. El sol ya había cruzado la mitad del cielo y
enfilaba al otro lado del mundo. Un rato más de caminata y pude cruzar una
elevación en el terreno. Mientras las hierbas me llegaban a la altura de las
rodillas, pude ver la primera huella del río. Entendí por qué, a pesar de la
distancia –relativamente breve entre el curso y el flanco derecho de la ciudad–
no había escuchado el transcurrir del agua. La razón era que la corriente iba,
demasiado lenta, casi sin hacer ruido, como una mano demorándose en los
detalles de una superficie siempre desconocida, siempre nueva. En la corriente
navegaban incontables bolsas de plástico, envases vacíos, botellas, molduras,
entre otros pedazos apenas reconocibles. Montañas de siluetas de plástico
estaban en las orillas. Pensé en los restos de un naufragio, ocurrido más allá
de la muralla, en un mar tumultuoso, recorrido por furiosas corrientes y
vientos. Pensé en un barco gigantesco con una perforación en su casco, a punto
de irse a pique hasta llegar al lecho marino. De esa abertura, como en un parto
interminable, salían mercancías que eran fracturadas, vaciadas, sometidas a la
corrupción de la sal, a la fuerza incontenible del mar. Ese fenómeno podría ser
el origen del río y su sustento. Entonces me pregunté cuántas personas
habitaban esa parte del mundo. ¿2 mil? ¿20 mil? Quizás, la población decrecería
tanto hasta desaparecer. ¿Ellos producían esos desechos o mi fantasía del barco
era más que una locura? No había percibido en los habitantes, al menos hasta
ese momento, una mención del río. Era un fantasma pasando tras la espalda de
las personas, susurrando cosas, hablando para nadie.
Me acerqué aún más a una de las colinas de
basura. ¿Cuántos años habían transcurrido desde el día en que fue abierto ese
envase de leche? El olor era penetrante pero no insoportable. Seguramente gran
parte de los residuos orgánicos se había degradado y lo que quedaba era
material sintético que tardaría varios siglos, quizás milenios, en descomponerse.
Ante mí se acumulaban miles de desechos que se traducían en cientos de
toneladas. Iban en una procesión minuciosa y paciente. A la distancia, las
siluetas de las montañas de basura semejaban formaciones naturales, aunque
caprichosas y geométricas. La ribera del río había sido sometida a un lento
proceso de erosión gracias al aumento de su caudal. En alguna parte, quizás en
el nacimiento del río, más allá de la muralla, la lluvia había aumentado su
frecuencia y el lecho se había ensanchado reclamando más tierra. Ignoro si las
partes que reclamaba el río integraban un antiguo curso o eran territorios
nuevos, colonizados por la fuerza del agua. No tenía muchas evidencias para
especular.
Seguí caminando por la orilla del río. No
podía demorarme ya que en ese lugar atardecía a temprana hora y sería difícil
ubicar el regreso al hotel. Antes del último recorrido me puse en guardia pues
quizás habría alimañas o ratas medrando. Me acuclillé y me fijé que la parte
inferior de la acumulación de basura iba cediendo a la gravedad y algunos
empaques se deslizaban hasta alcanzar el agua, flotar y correr con la corriente
hacia el sur. Parecían pequeñas barcazas multicolores y bamboleantes. ¿A dónde
iban? ¿Serían recogidos por otras manos o llegarían sin ningún contratiempo a
un mar inmenso, quizás una continuación del mar que había dado origen a lo que
estaba viendo? Otro de los asuntos que me interesaban era saber si, desde ahí,
podía ver parte de la muralla. En efecto, se veía una parte que se internaba
entre cerros. No sé si era una ilusión óptica pero, en algunas zonas, la altura
parecía ser más pequeña.
Di media vuelta cuando, a lo lejos, en el
origen visible del río, vi una luz diminuta que iba creciendo en tamaño. Iba,
determinada, en el cauce. La luz, amarilla, a ratos evanescente, descubría
restos de latas, bolsas de plástico y desechos indistinguibles. Esperé a que el
pesado flujo del agua llevara la luz cerca de donde me encontraba. No pasó
mucho tiempo para que distinguiera llamas, una humareda que enturbiaba su
resplandor y un cadáver incendiándose lentamente. Me acerqué a la orilla
cuidando de no resbalar entre los restos de plástico y algunos pedazos de
cartón. En cuclillas, manteniendo el equilibrio, miré un cadáver envuelto en
llamas. El flujo del agua, lento, lo llevaba como en una procesión solitaria y
silenciosa. Las ropas que lo cubrían eran un sudario que servía de combustible
a las llamas. Después, seguramente, las raíces del fuego llegarían a la carne y
el cuerpo comenzaría a perder consistencia, a desbaratarse hasta hundirse y
encallar en el denso fondo del río. Traté de distinguir la identidad del
cadáver, si era hombre o mujer, pero las llamas habían invadido el rostro y
borrado cualquier rasgo que me sirviera de guía. Me pregunté si la persona
había sido asesinada o si era el suicida más reciente de la ciudad. También
traté de imaginar cómo se había incendiado, a la persona que había acercado la
primera chispa, un pedazo de tela empapado en alcohol o un cerillo. Después
habría esperado con paciencia a que el calor devorara parte de la ropa antes de
empujarlo al agua. Pensé en algunos ritos antiguos, en los que el fuego
purifica el alma del muerto y lo guía en su paso al inframundo. Sin embargo, la
escena que presenciaba era más una costumbre profana que una elaborada
ceremonia religiosa. Me pregunté cuál era el mecanismo que hacía que flotara el
cadáver o si era un proceso natural, desconocido para mí. Tal vez algunos
órganos se llenaban de aire, se hinchaban, y, por un tiempo, lo remolcaban con
esfuerzo a la superficie. Lo cierto es que su probable destino sería fundirse
con los desperdicios flotantes del río cuyas aguas, desde hacía mucho, era
inutilizables. La corriente iba, perseverante, a tierras ignotas, con su
constante cauda de basura, desgajada poco a poco de los márgenes del río, como
los granos en un reloj de arena. Algunos muertos, dependiendo la crecida de la
corriente, no llegarían a la desembocadura del río y, seguramente, estarían
kilómetros más allá, en las oscurecidas tierras del sur, entrampados en el
légamo. Otros, los menos, completarían su viaje hasta el mar abierto que había
supuesto. Quizás aún tendrían las bocas abiertas, los ojos como un par de
abismos, fijos en el cielo, mientras sus restos eran últimos abrevaderos de insectos.
Después el naufragio sería completo y sólo les quedaría reposar en el fondo
marino, como restos de embarcaciones sin memoria. ¿Por qué no los enterraban?
Aventuré suposiciones: los muertos como señales luminosas, ofrendas a la noche,
súplicas a la gente que habitaba tierras desconocidas para que los ayudaran o,
por el contrario, para que no los atacaran.
Caminé de regreso a la ciudad con el
crepúsculo que casi desaparecía por la línea sinuosa de las montañas. Sentía la
necesidad de estar mi habitación. El hotel empezaba a ser un refugio, un lugar
con objetos familiares y costumbres que me daban cierta tranquilidad. Recordé a
la mujer que se había disparado días antes y presentí, mientras un latido
recorría mi espalda, los cientos de suicidas que habían dejado sus cuerpos
sobre las calles empedradas, adentro de sus autos, afuera de edificios públicos
o en los parques habitados por hojas quebradizas y un silencio que parecía
abarcar todo. Los primeros testigos eran transeúntes ocasionales que, como lo
había visto antes, se limitaban a revisar las ropas y, tal vez, llevar los
cuerpos para prenderles fuego y ofrendarlos al río, alejarlos lo más posible
para que la contaminación no inundara la ciudad. También, según mis sospechas,
para usarlos como símbolos. Ahí iban, en una procesión luminosa, los hijos de
ese pueblo. No pude dejar de pensar en los que habían decidido terminar sus
vidas en camas solitarias, en cuartos vacíos, sábanas que, de repente, se
manchaban de rojo, mientras permanecían, indiferentes, tocadores, espejos que
duplicaban la escena y que seguían, en otro tiempo, empolvándose, llenándose de
polillas, decayendo poco a poco hasta emparentarse con el polvo del suelo.
Subí las escaleras del hotel. Había luces
en las calles y percibí un poco más de movimiento en las tiendas y algunos
transeúntes. Me detuve cerca de la habitación de Lucrecia. El crepúsculo había
acabado y la ciudad, las casas y edificios aún habitados, prendían sus luces
intentando derrotar la oscuridad que se abatía sobre el resto del territorio.
Quizás Lucrecia estaba cerca de la ventana, adivinando el curso del río oculto
tras las últimas casas, kilómetros más adelante, y los parques deshabitados. Me
acerqué y miré la puerta entreabierta. La habitación estaba iluminada. Distinguí
su silueta y su espalda. Tenía un camisón blanco. Su respiración empañaba el
vidrio. Deslizaba el dedo índice en la superficie fría. Por un momento pensé
que, víctima del contagio, estaba a punto de abrir la ventana y saltar al
vacío. Mi respiración se aceleró y mis sienes latieron con fuerza. Sin embargo,
el gesto de Lucrecia, visto con más detenimiento, traslucía tranquilidad, una
elaborada paciencia. Me convencí, aunque fuera por un instante, que delineaba
con sus dedos el sinuoso curso del río, quizás los caminos o las estrechas
veredas que rodeaban la ciudad y que conducían a los terrenos que nadie quería
explorar, que se evitaban en todas las conversaciones. Devolví mis pasos al
pasillo procurando no hacer ruido a pesar de que las tablas de madera emitían
crujidos con cualquier presión. Entré a mi cuarto y busqué mi computadora.
Comencé a escribir. El ritmo de mi escritura había cambiado. Ante el riesgo de
quedarme sin luz, con poca energía en la batería, comenzaba a teclear cada vez
más rápido, sin detenerme a corregir o modificar alguna palabra o frase. Mis
dedos iban, fugaces, a las letras. Sin embargo, a pesar de ese cambio, noté que
el tono de mis breves crónicas, demasiado impersonal, con escasos matices y
tendiendo a la neutralidad, se acercaba a los papeles y artículos que había
encontrado hasta ese momento. Incluso había semejanzas con las parcas
descripciones del viajero. Tratando de eliminar esa homogeneización,
contrarrestar esa influencia, comencé a describir mis estados de ánimo. Hablé
de mi visita al río y destaqué la repulsión que me había causado el cadáver
envuelto en llamas. Detallé el olor que despedía la montaña de basura y cómo su
silueta se integraba al paisaje hasta parecer una formación natural. Sin
embargo, no podía evitar la parsimonia en mi lenguaje, porque, en realidad,
seguía siendo un extraño en el país y desconocía muchas cosas. No podía
involucrarme emocionalmente con una interrogante. El interés por escudriñar,
buscar restos, hacía que fuera inmune al desgaste de la molicie y la abulia de
los días. Apagué la máquina. La electricidad se interrumpió. Cada vez que
ocurría un apagón creía escuchar el murmullo de los habitantes. El frío
arreciaba y el sonido del viento entre los árboles parecía más intenso. El
hotel, con sus tres únicos habitantes, era una galera abandonada.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
*
Si el cielo dibuja el plomo, una nube,
yo me meto bajo el agua y sudo agua
una composición voraz se agita
en lo translúcido
un hielo prístino y tóxico en la mano
una culebra ascendiendo por un pie
un cuerpo desnudo enfrente
alguna vez, el sexo dijo algo
una palabra penetró el oído
llegó desde muy lejos
recorrió siglos de humanidad para asistir
al homo sapiens
cayó en la tierra a un paso
de la mujer, como un rayo que se esquiva
en un tiempo lleno de incertezas
la aventura, un anhelo
lo tóxico, el hielo prístino,
en medio del agua translúcida.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
Sueño
de minotauro*
En el alma de todo minotauro
late un anhelo de cielos entreabiertos,
un deseo implacable
de no ser el guardián de la penumbra
ni el habitante horrible del silencio
apenas quebrantado por el eco
de sus propios -circulares- pasos.
Quizá sueñe con ser -en su delirio-
la forma intemporal del laberinto.
*De Sergio
Borao LLop. sbllop@gmail.com
-De Por si mañana no amanece.
*
¿Adónde fueron a parar
esas horas perdidas en la casa que nací? ¿Quién vive hoy en ella? ¿Quedan en
algún lugar del aire tantas antiguas iluminaciones? ¿Puede haber otro paraíso
(proustiano sí) que recuperar esos momentos? ¿Y si no es posible: puede acaso
haber otro paraíso, no es suficiente infierno haberlo perdido para siempre?
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Estación
Funke*
Me dijo el Coiro que en la estación de tren hay un observatorio
astronómico, y me invitó a ir a verlo. Yo viajo desde Santa Fe, él desde
Témperley, y se supone que nuestros caminos coincidirán al final de dos líneas
de puntos, en un circulito negro en el mapa, convenientemente marcado con la
figura esquemática de un telescopio apuntando al ancho espacio.
Como en todas las aventuras Coirísticas, se advierte desde el vamos una
cierta confusión, a pesar de larguísimos textos por WhatsApp que,
sorprendentemente, siguen aportando más oscuridades e imprecisiones que datos.
El trayecto desde Santa Fe es arduo, es complicado, está plagado de
esquinas y torceduras aquejadas de sinuosidad. Los árboles y las alambradas,
las vacas, las casitas de destino solitario, los caranchos perseguidos por
pajaritos que intentan salvar sus crías. El barro y las lagunitas ahora que de
pronto los cielos se prodigan en lluvia. La pesadez de los ojos cansados, el
deslumbramiento lúcido por la noche mal dormida. La irrealidad de todo intento
de cambio, eso de que una sigue siendo exactamente la misma pese a los
kilómetros que se van alejando detrás de los colectivos. Esa molestia en el
dedo donde me clavé ayer una espinita.
Llevo horas de rodar sobre pavimentos grises, horas de espera en
transbordos desteñidos, pero la pequeña herida que me hizo el tallo erizado de
espinas sigue haciéndose notar. Qué extraño que la planta asustada siga en un
patio ya tan en otra provincia, y la herida siga reclamando continuidad témporo
espacial aquí en la yema de mi dedo. Esas perplejidades de quien se desdibuja
en el reflejo de ventanillas sucias. No fue ni cómodo ni rápido el trayecto,
pero estoy ahora aquí en Funke, mirando alrededor para encontrar la figura
desgarbada del Coiro, las zapatillas apuntando una para cada lado, con ese aire
de quien no pertenece al país ni al siglo, más extranjero que aquel que bajaba
en la pampa de una carreta, todavía con el bamboleo del barco que lo trajo de
las Europas meciéndole los huesos.
Pero claro, el Coiro no está, la estación está abandonada, nadie sabe ni
una palabra de un observatorio astronómico.
Camino por las vías llenas de yuyos, me siento en una parecita de
ladrillos. Percibo la humedad a través de la tela, y el olor agreste de los
yuyos. Hay verbenas como sangre salpicada, y todo es claro y preciso. Puedo ver
el paisaje como un cuadro hiperrealista, absurdo en la profusión innecesaria de
detalles. El cielo es tan azul que duele mirarlo.
Y aquí estoy, atrapada en un universo tan real que cada ínfima hoja de
cada innumerable árbol proyecta su sombra diminuta sobre el suelo. Las cortezas
de los álamos son complicadas, los dibujos no se repiten, y cada ladrillo de
las construcciones posee su brillo particular, sus marcas y sus virajes al
marrón o al naranja que los hacen individuales y únicos.
Supongo que el Coiro hizo su esfuerzo y también ha venido a la estación
Funke, pero él está en su propio lado del cristal. El Coiro arribó a Funke en
un tren que ya no existe, y su estación de trenes se resuelve en un cuadro
impresionista, difuso, con nubes apocalípticas en cielos violetas donde los
azules se encuentran con la furia de los morados. Debe de estar él también
esperándome, mientras un hombre de cara imprecisa lo hace pasar al
observatorio, recién inaugurado pero ya obsoleto. No puedo verlo, pero adivino
su mano girando la manivela de un telescopio del siglo diecinueve, bello e
inútil, brillante de cobre y bronce.
Me resigno a volver a mi casa, y mientras
es de noche en los campos que saltan por fuera del colectivo, sé que los ojos
del Coiro están absortos en el cielo estrellado de Van Gogh, aturdido en el
giro desaforado de las estrellas.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-Próxima
estación:
GOBERNADOR
UDAONDO.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
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-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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