COMO SI FUERA EL HORIZONTE DE UN TIEMPO DE ILUSIÓN
*Dibujo de Erika Kuhn.
https://obraerikakuhn.blogspot.com/
LA VIDA ES UN ROLLO*
Ni un ovillo ni un
enredo. Un rollo. La calathea, planta selvática de por acá nomás, capaz de
crecer en una maceta en tu living, lo sabe. Los brotes emergen como espadas
desde el humus, y cuando menos lo esperas, desenvainan un milímetro y otro y
otro más, las hojas se desenrollan con sigilo y donosura, protegen su clímax
narrativo vibrante, evitan aspavientos y trompetazos, carpetazos o mazasos para
que la película se pueda ver sin cortes hasta the end.
Sin prisa, que la que
se apura, llega mustia o se pierde: Se enrolla.
*de LUCES
DEL CENTRO, Esther Andradi
Macedonia Ediciones, 2026
https://www.andradi.de/obra/
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
DECIMOTERCERA PARTE
–Vayamos al palacio. Es momento de dormir.
Mañana le enseñaré un proyecto en el que he estado trabajando.
–¿Referente a la muralla?
–Así es. Y le contaré el resto de la
historia.
El viejo abandonó su gran bolsa diciendo
que la recuperaría en la siguiente jornada. Regresamos a las ruinas de su
palacio. Caminamos en silencio. Mi mente hervía de preguntas, pero decidí
esperar. Después de un rato de marcha, llegamos al centro del palacio. El resto
parecía un juguete desbaratado. Había techos colapsados, columnas inclinadas,
paredes cuyas grietas dejaban pasar la escasa luz de la tarde. Yo aún tenía un
par de frascos con conservas. Le ofrecí de ellos, pero los rechazó. Sus pómulos
afilados sugerían largos periodos de ayuno. El bosque, de alguna forma, le
daría lo suficiente para mantenerse. Pensé que, para él, gran parte de ese
territorio era prohibido. No podría internarse entre los árboles donde habían
pendido cientos de condenados. Cada árbol tendría una huella, un grito, una
mirada congelada y eso no lo podía soportar. Por eso, el único camino que
restaba, a pesar de la magnitud del esfuerzo, era escalar la muralla.
Necesitaba de alguien para ayudarle en la tarea; sus brazos y manos, hábiles
para recolectar los fragmentos de plástico, eran insuficientes para la labor
física que requería la estructura. Por eso había esperado, desde hacía mucho, a
alguien como yo, un nuevo viajero que lo ayudara a cruzar. Esa suposición, a mi
juicio muy cerca de la verdad, me llevaba, de nuevo, a preguntar por el destino
del viajero. Quizás había sufrido una muerte a manos del Rey y por eso su
silencio, sus palabras reticentes. Tal vez, en un punto de la historia que no
sabía y de la cual no había registro, el viajero se había negado a cooperar
para la construcción de una nueva escalera. Algo, sin duda, lo alertó para no
participar. Imaginé la discusión, entre los dos; las voces miserables abriendo
caminos en el bosque estéril. Después supuse que los restos del viajero
deberían estar al pie de la muralla, confundiéndose con las raíces nervudas de
los árboles, asimilándose, lentamente, a la capa vegetal del suelo.
El viejo prendió una fogata en una chimenea
de piedra rajada a la mitad. Ya casi era de noche. Con la bocanada de luz
aparecieron los pedazos de plástico recolectados durante mucho tiempo. Estaban
en pequeños montones. Algunos parecían animales detenidos en una migración;
otros parecían los miembros desorientados de un ejército diminuto y obcecado.
Esos pedazos eran su reino, a ellos les daba órdenes o les contaba de sus
planes para asaltar la muralla. El viejo, cabizbajo, sin necesidad de seguir
fingiendo, me señaló un rincón. Me dirigí ahí. Encontré un par de cobijas
gruesas. La cama real, cuya base había desaparecido, era sólo un rectángulo de
madera con algunos vestigios de pintura. En la penumbra, el rostro del viejo
parecía más antiguo, como el de un dios pétreo, recibiendo el homenaje del
polvo. Miré, en la escasa bocanada que amarilleaba entre los restos de madera y
muebles derruidos, las posibles huellas del viajero. Quizás, como me había
sucedido en la bodega, podría encontrar huellas de sangre que el viejo no había
podido borrar. Esas señas me confirmarían mis sospechas y me pondrían en
guardia.
Me propuse no dormir. El viejo, impredecible, azuzado por sus fantasmas, podría levantarse para atacarme. Se sentiría amenazado por mi presencia. Suponía que no podía dejar de pensar en el viajero y en su muerte. Por el momento, al parecer, se sentía tranquilo. Para él, quizás, yo reemplazaba al viajero para repetir la historia, quizás un poco más adelante. Construiríamos la escalera. Sólo necesitaba mi ayuda para poder salir de ahí y, después, abandonarme. Miré sus brazos huesudos, la derrota del cuerpo encorvado mientras alimentaba la boca de la chimenea. Los pedazos de plástico, algunos chamuscados por la cercanía con el fuego, despedían un olor desagradable. Pero para él ese olor era familiar; cada pedazo representaba un muerto que no había podido enterrar y por eso estaban ahí, silenciosos, retándolo con su persistencia, esperando el siguiente movimiento para verlo fracasar.
El viejo comenzó a dormitar. Estábamos en
lados opuestos de la habitación. Se tapó con una cobija. A la distancia parecía
recuperar su antigua grandeza. Tenía que estar al pendiente de él. No quería
atacarlo aún porque necesitaba de ese último paso. Quizás no estaba interesado
en nada de lo que me había dicho y sólo hablaba para ganar tiempo y confianza.
Lo único que quería era acabar conmigo y quedar solo, soberano de ese mundo
extinto, gobernando los pedazos de plástico; descifraría, entre carcajadas
inútiles, las luces que se veían encima de la muralla.
Entre la borrasca de la somnolencia, en
medio de las ruinas, con la luz del fuego convirtiendo al viejo en una de las
tantas piedras que conformaban la muralla, soñé que el río crecía tanto que el
agua inundaba todo y se metía en las calles y en las puertas de las casas.
Objetos de diversa índole flotaban como cáscaras vacías y recorrían plazas. Las
corrientes juntaban escombros, arietes que tomaban impulso en el agua para
destruir casas, puentes y embarcaciones de gran tamaño. Una mole, de muchos
metros de altura, tan alta como una montaña, salió de su cauce, y comenzó a
recorrer los vecindarios de un pueblo costero hasta encallar en unos terrenos
pantanosos que sirvieron, al menos hasta ese momento, como una primera
contención del fenómeno.
Desperté con los nervios galopantes y un
estremecimiento en el cuerpo. El viejo no me había atacado. Miré el rincón,
justo en donde había huellas de muebles pesados. El techo, filtraba la luz de
la mañana. La cama estaba vacía. Me froté los párpados y salí del lugar. El
viejo estaba en las ruinas de lo que había sido un gran pórtico. La muralla se
erguía, imponente, a un par de kilómetros. Era, más que una construcción
humana, un relieve de la naturaleza, como había supuesto la gente del reino.
Rocas apiladas por el paso de las eras, hechas encajar por fuerzas primigenias.
En algunos puntos la construcción parecía un mero fragmento, como los restos
dejados por una batalla de gigantes.
–Te mostraré algo sorprendente –me dijo con
un gesto de satisfacción.
Emprendimos el camino a la muralla. Sin
embargo, cuando caminaba un trecho para tener una perspectiva más cercana, me
daba cuenta de que esos aparentes fragmentos formaban parte de la misma
estructura sólida, casi inexpugnable. Era el fin del mundo. Esa muralla adquiría
el perfil de cada una de las tierras que contenía. Era un pensamiento en
perpetua metamorfosis.
No le quise preguntar qué haríamos ahí, el
plan concreto. Una vez llegados al pie de la muralla encontraríamos comida.
Quizás ahí desapareceríamos. Quizás habría alguna señal del habitante que había
cruzado al otro lado.
–Mucha gente soñó con él muchacho después
de aquel día. Eso terminó por volverlos locos. A veces creo que anda por ahí,
muy cerca, atrás de una gran piedra, indeciso de hablar.
Alcé la cabeza. Apenas podía distinguir el
fin de la construcción.
–Encontré un punto débil entre las piedras.
Una noche, harto de no poder dormir, vine a esta parte de la muralla. Llevaba
una antorcha. No sé cuánto tiempo estuve, sin hacer nada, mirando la composición
de las piedras. Entonces, vi algo artificial en un espacio entre las piedras.
Dejé la antorcha en un lado y comencé a escarbar con las manos. Era un hueco
muy pequeño por donde se filtraba un poco de resplandor. Era una herida que
evidenciaba un punto débil en la muralla. No sabía si había más.
–¿Es verdad lo que me dice? –pregunté sin
poder ocultar mi ansiedad.
El viejo estaba distrayendo mi atención
para poder atacarme. Había suficiente espacio entre los dos para que pudiera
rechazar cualquier intento de violencia. Miré las piedras que estaban al lado.
–Es verdad – afirmó con una seriedad que no
le había visto antes.
–Así que dediqué las noches para salir con
una antorcha e inspeccionar el punto en la muralla. Encontré, en la casa de un
guardia, un cincel y un martillo. He estado, desde entonces, desbastando la
piedra. Creo que, después de tanto tiempo, he logrado un avance significativo.
El viejo, sin duda, exponía con orgullo su
locura. Señaló, junto a un par de piedras, un martillo y un cincel. Miré el
nervio en sus manos. Un temblor que surgía de las puntas de los dedos y que se
anclaba en los labios secos. Iba a desmentirlo, a burlarme de él, cuando miré
con más detenimiento sus manos agrietadas. No eran las manos de un noble. Miré
los nudillos castigados por golpes que no llegaron a la piedra y que dejaron
moretones, nervios comprimidos, tendones colapsados y aún dolientes. Las manos,
quizás, ya no servían para hacer trabajos finos, habían perdido precisión. Las
había inutilizado con el trabajo diario en la muralla. Ahora, ante la
imposibilidad de seguir con la intensidad de antes, se había dedicado a recoger
los pedazos de plástico que transportaba el río. Miré de nuevo el temblor de
sus manos y las gruesas venas que las recorrían, como ríos caudalosos que
llevaban su carga de sangre envenenada. Las huellas en las manos indicaban, sin
duda alguna, la obcecación del hombre, el martilleo insomne, fuera del tiempo,
consciente del instante, único, repetido miles de veces, de ir contra la piedra
para salir del mundo, morir sin perder el fino hilo de la consciencia. En los
golpes, también, estaban los muertos. Para él aún no eran suficientes y los
golpes remedaban el lento machacar de un cráneo porque, a partir de entonces,
era lo único que tenía sentido: machacar a sus súbditos, acabar con todos,
golpe a golpe. Hacerlos fragmentos cada vez más pequeños hasta que se volvieran
polvo. Los golpes eran una nueva forma de respirar. Cada gota de sudor, cada
desfallecimiento, eran un motivo para seguir existiendo.
Después de mirar sus manos comprendí que
acabaríamos matándonos a los pies de la muralla. Yo llevaría ventaja porque era
más joven. El viejo pensaba que yo era una clave que, de repente, le había
ofrecido el destino. Yo le daba sentido a lo que le quedaba de vida. Era, por
supuesto, una suposición de su mente alucinada, nutrida por mucho tiempo de
silencio, de medrar entre las ruinas del castillo que acicateaban el odio y la
vileza que, hasta ahora, podían encontrar un destinatario. Por eso, por unos días,
me dejaría vivir.
–A veces tengo miedo de despertar y
encontrar que mi avance ha sido cubierto de nuevo, como una herida que
cicatriza demasiado pronto. Cuando me fallan las fuerzas, me dedico a recoger
los pedazos de plástico. Es lo único que puedo hacer para conservar la cordura.
Miré las piedras de la muralla. Muchas de
ellas eran rectangulares. Otras parecían inmensos bloques de hielo en proceso
de derretirse y por eso sus límites eran menos angulosos. Me acerqué y toqué
una de las piedras: estaba tibia. Parecía que, atrás, había algo caldeando la
piedra, quizás un incendio cuyas señales no podían verse. La muralla era un
vientre materno, una frontera de luz. La probable nada que estaba al otro lado
era, en realidad, un avispero. Había células de combustión chocando entre sí,
elementos primigenios volcándose y compartiendo su propio caos.
–Acércate–me dijo.
Llevó su cuerpo débil a la muralla y
comenzó a rascar entre dos piedras. Después utilizó el cincel y el martillo
para acabar el trabajo. Hubo una breve lluvia de polvo. Una bocanada de luz le
iluminó el rostro. Dio un par de palmadas y soltó una breve risa.
Lo miré, aún incrédulo. El pulso se
aceleraba en mi cuerpo, como si estuviera cayendo en la cascada, uniéndome a
miles y miles de fragmentos de plástico. Me acerqué. Era un hueco en la piedra.
Ese espacio se había llenado de amarillo, como un estanque luminoso. Me acerqué
poco a poco: en él podías asomar la cabeza, pero aún era lo suficientemente
estrecho para que no pasara un cuerpo completo. El hombre debió haber trabajado
con mucho ahínco. Me pregunté cómo había hecho, con un simple martillo y un
cincel, el hueco. Después pensé que ese espacio siempre había existido y que él
sólo lo había abocardado para ganar escasos centímetros. Él quería el reconocimiento
con esa versión de la historia. Lo desprecié por seguir mintiendo.
Me asomé poco a poco con temor porque él
estaba atrás, quizás dispuesto a dar el golpe final y liquidarme. Podía
adivinar sus manos, sujetando con fuerza el cincel y el martillo. Pero no podía
contener la curiosidad y la muerte ya no era importante. El hueco seguía
luminoso, como un diminuto sol encajado en la muralla. Me apoyé con las manos y
los antebrazos. Metí la cabeza. Abrí los ojos, como si lo hubiera hecho por primera
vez. Entonces vi, en medio de una bocanada que me desorientaba, una ciudad
populosa. Vi el perfil de muchos edificios de cristal altísimos, angulosos, que
se elevaban como agujas hacia el cielo. Alrededor de las construcciones había
miles de autos. Algunos estaban detenidos; otros avanzaban en filas lentas. El
crepúsculo se transfiguraba por el encendido de innumerables lámparas. Las
calles adquirían nueva vida. Anuncios multicolores llenaban las avenidas.
Alcancé a escuchar un rumor de bestia insomne que se estrellaba, como el oleaje
del mar, contra la muralla. El resplandor de la urbe era un relámpago constante
y detenido. Los pájaros negros habían salido del bosque y, en ese momento,
cruzaron la frontera de la muralla. Seguí su vuelo hasta que el último animal
desapareció. Las nubes, que habían comenzado a desgajarse en esa región del
cielo, se arremolinaron y se dispersaron a la distancia como un rebaño que,
demasiado junto, encuentra una oportunidad para huir hasta desaparecer en la
línea del horizonte. Extendí los brazos y quise tocarlas.
-FINAL DE
RECONSTRUCCIÓN. -
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
Tiempo real*
*Por Miriam
Cairo
Uno tiende a olvidar que el gallo celestial
es un ave de pelaje de oro que canta tres veces al día, pero recuerda con
facilidad dónde estacionó el auto.
La desdicha ya no tiene nombre.
Uno tiende a olvidar que el gallo celestial
canta por primera vez cuando el sol toma su baño matinal, luego cuando el sol
está en el cenit y por último, cuando se hunde en el poniente. Pero recuerda el
número de su documento.
La memoria tiene sus propias estrategias.
Uno tiende a olvidar que el primer canto
del gallo celestial sacude los cielos y despierta a la humanidad. Sin embargo
recuerda la fecha de su nacimiento.
La verdad tiene límites.
Uno tiende a olvidar que el gallo celestial
es el antepasado del yang, pero recuerda los horarios del colectivo.
La lástima no alcanza.
Uno tiende a olvidar que el gallo celestial
está provisto de tres patas y que anida en el árbol fu-sang cuya altura se mide
por centenares de millas, pero recuerda calle y número del propio domicilio.
El olvido, hay que admitirlo, es la pasión
de las multitudes.
Uno tiende a ignorar que la voz del gallo
celestial es muy fuerte; su porte, majestuoso; pero tiende a saber que los
boletos de avión son más económicos en temporada baja.
Y hay cuerda para rato.
Uno tiende a olvidar que el gallo celestial
pone huevos del que salen pichones con crestas rojas y en cambio recuerda cuál
es la capital de Francia.
En fin. Las condiciones no están dadas para
salvarnos del error.
*
Yo recuerdo haber leído a un escritor que
recordaba haber leído a otro que decía cuánto le costaba mantener un tiempo
verbal coherente. Y luego de recordar eso, escribió que una mujer se sacaba la
ropa muy lentamente, obedeciendo a un personaje que prometía no mirarla. Pero
el personaje la miraba. Nada más que leer para saberlo: "inmovilizado en la
contemplación retuvo el humo en la boca".
El narrador en su mundo. Pero el escritor
sabía bien que esa contradicción rayaba con el engaño. Entonces la mujer
desnuda le dijo: "pero usted escribe" y el personaje la abofeteó
delante del narrador, que ni se atrevió a mirar a los ojos al escritor porque
detestaba que sus personajes se le fueran de las manos. Luego los protagonistas
desaparecieron por unos segundos, o una eternidad, cuando el escritor volvió a
la cuestión de los tiempos verbales. Desaparecieron es una forma de decir, ya
que los tiempos verbales la colocaron a ella en situación de coste y a él en
situación de cobro. Siempre lo digo. Las conjugaciones son un escalofrío. Ella
en tercera persona cayó de espaldas sobre su abrigo y el que fumaba sopló el
humo en cámara lenta entre sus piernas. El escritor relataba todo desde la
perspectiva del narrador, haciendo zoom a veces sobre los pies de la mujer, a
veces sobre la espalda del hombre que entraba y salía del crepúsculo como una
bestia sin alma. La mirada del narrador transitó la escena durante un tiempo
largo, sin corte, al modo de Martin Scorsese, recorriendo el Copacabana en Uno
de los nuestros. Y el narrador puso verbos en segunda persona en la boca de la
mujer. La pregunta salió ardida de los labios, rodó por el cuello como un huevo
blanco, tierno y tibio en su interior, pero envenenado. Luego se puso de frente
al personaje y apoyó su hermosa mano cerca del pubis. La pregunta dio un giro
alrededor de la lámpara que colgaba del techo. El personaje respondió con
verbos conjugados en primera persona y el narrador ni mencionó los azules
guardados bajo siete llaves porque el escritor iba tras el policial negro.
Entonces, a toda prisa el narrador tipeó el movimiento repentino de la mujer,
que sacó en tercera persona el revólver del abrigo sobre el que había caído
desnuda, y gatilló sin onomatopeya. "Hijo de puta", gritó, sin signos
de admiración, porque el escritor los detestaba. La mujer tomó el teléfono y la
imagen se partió en dos, al modo de Confidencias de medianoche de Michael
Gordon. Y todo lo demás quedó en manos del lector, porque él tiene la última
palabra.
*
Por el agujero de la memoria cae una
criatura con alas de brillante verde.
Yo la esperaba.
Madrugada.
Mes de agosto.
Año 2013.
Tiempo real.
Voy inventar un cuento, una bengala, una
espuma. Con los labios. Con el humo. Con los dedos. Voy a inventar una noche
parásita, una luna mordiente, un camino falso. Con el pájaro. Con el lápiz. Con
el miedo.
Resplandor desde arriba. Es la golondrina.
Es la distorsión. El hombre del bar me mira sin saber que escribo sobre la
mujer con una rosa amarilla en la mano. Mi amiga dragona tiene un dibujo dorado
con la misma mujer de espaldas. La mujer con la rosa no es ella ni yo. Es la
mujer de espaldas con una rosa amarilla en la mano. Es la ensoñación.
Es casi imposible que a pleno sol se
distinga un temperamento narrativo de un temperamento poético. Un pájaro de una
azucarera. Una mujer de una estatua. Pero son necesarios, sin dudas, puesto que
existen.
En tiempo real camino desde el bar hasta mi
casa.
Ubico uno al lado del otro al gallo bataraz
de la tía Nélida y el gallo celestial de Borges. No encuentro que uno sea más
real que el otro. Incluso cuando coloco las palabras "gallo
celestial" frente al espejo, éste me devuelve un gallo lumínico, casi
bataraz, en sus rayos divergentes. Uno tiende a olvidar que el mundo es un
espejismo.
Día siguiente. Tiempo real.
Las siete de la mañana. La empleada
municipal cierra la puerta de su casa. Está llegando tarde al trabajo.
Diez de la mañana. Tiempo real. La vecina
barre la vereda de este a oeste. Decisión tomada por la dirección del viento.
Doce del mediodía. El taxista baja a
almorzar.
Tres de la tarde. La pediatra abre el
consultorio.
Cinco de la tarde. Tiempo real. El editor
decide el titular de primera plana.
Siete y media. El mecánico de motos cierra
el taller.
Nueve de la noche. El verdulero entra los
cajones con fruta.
Doce de la noche. El camión recolector se
detiene junto a mi ventana.
Dos de la mañana. Tiempo real. Yo, sin
variaciones. Voy inventar un cuento, una bengala, una espuma. Con el pájaro.
Con el lápiz. Con el miedo.
-Fuente: Rosario/12. Sábado, 17 de agosto
de 2013
https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-40175-2013-08-17.html?
Receta
para comenzar el día*
Recoge ese silencio
que te sobró de ayer.
Desdóblalo como si fuera
un pañuelo perfumado.
Repásalo con tus manos
como lo haría la brisa
de un verano feliz.
Huélelo,
pósalo entre tus dedos.
Míralo
como si fuera
el horizonte de un tiempo
de ilusión.
Óyelo palpitar
como un río de montaña,
estimula tu corazón.
Frótalo en tu pecho
y en la piel dormida.
Bésalo con tus labios
de besar novedades.
Tómalo con la lengua,
saboréalo,
deglute suavemente
como la delicia
de un flan con crema.
Ahora sí:
Ya puedes comenzar el día.
*De Ana
María Broglio.
-A su memoria-
LA MURRA*
Volvíamos en tren con mi padre. Mi viejo
trataba de enseñarme como se jugaba a la Murra. Era algo así como piedra, papel
y tijera pero distinto, cada jugador debía mostrar un número con sus dedos de
la mano derecha arrojados al aire como dados, ganaba quien adivinara la suma
total –al menos eso creí entender-.
En el vagón a oscuras, las manos de mi
padre se iluminaban con la luz de luna que entraba a ráfagas desde la
ventanilla. Desde el otro lado de la fila de asientos una mujer -italiana como
él- se emocionó: comenzó a contar como se jugaba a la Murra en el bar de su
padre. Hablaban a medias en italiano, a veces mezclaban palabras en dialecto y
ellos solos se entendían. Hamacado por el movimiento del tren empecé escuchar
esa conversación sobre un mundo que ellos conocieron y que seguramente ya no
existía en Italia como parte de un sueño.
La animada conversación entre la señora y
mi padre en la oscuridad del tren sería en el futuro sólo un suspiro imposible
en mi memoria.
*De Eduardo
Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
"La
foto perdida con mi padre"
(extracto de
"Diario de un Cuentenik" de Jorge Santkovsky)
No
tengo ninguna foto junto a mi padre. No lo tengo joven en mi memoria y no
dispongo de auxilio para recordarlo. No se ocupó de dejar testimonio visual,
como todo padre orgulloso lo hace con sus hijos pequeños. Tampoco guardo un
abrazo cariñoso, ni siquiera un beso en la mejilla. La mejor época para
comunicarnos fue cuando estaba internado en el geriátrico. En realidad, en el
segundo geriátrico en el que estuvo, donde lo cuidaban bien. Tan bien que podía
llevarlo, cada tanto, a pasear y a cenar afuera sin riesgo de que no quisiera
volver. No importa el lugar donde lo llevara a comer, él pedía borsch, la
comida típica judía a base de remolacha. A veces accedían a prepararlo pese a
no estar en el menú. En esa época aún no se habían puesto de moda los restaurantes
de comida étnica judía. Por supuesto que cuando salía conmigo ya estaba cenado.
En el geriátrico la mesa se ponía temprano, pero comía igual sin quejarse. La
comida no se despreciaba, lo sabía desde joven. Pero lo más importante es que
podíamos conversar con tranquilidad, por primera vez en la vida. Una tarde se
me ocurrió ir a la casa de fotografía a sacarnos una instantánea. Él estaba tan
contento que salió muy bien reflejado. Sonriendo salió. El dueño, que me
conocía por ser cliente de mi local de computación, no aceptó cobrarnos, tanta
fue la emoción que le produjo. Él se quedó con la foto y la puso al lado de la
lámpara en su mesa de luz. Si cierro los ojos aún puedo verla. Cuando comenzó a
estar mejor, que fue poco antes de morir, pasaron más cosas. Por ejemplo, hacía
las compras para la cocina de la institución. Era simpático y tenía fuerza para
traer las bolsas. Y eso lo mantenía ocupado. En esa época mi hermano se había
mudado al departamento donde antes vivía mi padre, que quedaba cerca del geriátrico.
Un día se le ocurrió la mala idea de llevarlo para pasar un rato juntos al
departamento en cuestión. Mi hermano estaba orgulloso porque había tirado ya
todas las cosas que quedaron abandonadas, sucias e inútiles. Entre ellas había
un par de heladeras muy viejas que no funcionaban, pero servían para almacenar
billetes fuera de circulación envueltos en papel de diario. Los diarios eran de
la época en que los billetes tenían verdadero valor. Por cosas que me dijo
antes de morir, él creía que había guardado dinero extranjero. Es una prueba de
que su deterioro comenzó mucho antes de lo que imaginábamos, o tal vez era tan
solo un negador y prefirió cerrar los ojos y oídos a la constante devaluación.
Pero esas cosas inservibles eran sus cosas y cuando volvió al geriátrico se
puso incontrolable. No podían creer el cambio para peor que se había producido.
Mi padre comenzó a golpear a los otros enfermos, a romper todo lo que tenía a
su alcance. Me pidieron que lo llevara a una institución para enfermos mentales.
Un médico de PAMI avalaba esta decisión. Pero a los pocos días mi padre tuvo la
delicadeza de morirse. Lo agradecí porque me evitó el mal trago de internarlo
en un lugar aún más deprimente. Cuando volví al geriátrico a agradecer la
atención brindada, le pedí la foto que nos sacamos juntos a quien con tanto
esmero lo cuidó esos pocos meses de internación. Me enteré de que en un ataque
de ira mi padre la había destrozado como a tantas otras cosas. No guardaron los
pedazos y yo no tenía otra copia. Eran épocas donde los celulares no tenían
cámaras. Tampoco los fragmentos me hubieran servido porque hay cosas que se
rompen y nada las puede reparar.
*De Jorge
Santkovsky. jsantkovsky@go.org.ar
https://otrascriaturas.blogspot.com/2026/06/la-foto-perdida-con-mi-padre-extracto.html?
*
Siempre recuerdo
lugares donde supongo que nunca estuve y vuelven a mis sueños. Me resultan más
familiares que los lugares conocidos. Llega un momento en que ya no se sabe qué
es recuerdo y qué es imaginación y si lo real no es más frágil que lo
inventado.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
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De
Gobernador Udaondo a La Fortuna. *
La mordida feroz de la
melancolía.
Aquel viaje a la península de Valdés con un
Renault 12 que volaba sobre el ripio de la ruta. La acelerada para superar a
ese “camión” que nos dejaba sin visión e iba a más de 100 km. La sorpresa del
Eduardo que manejaba cuando vimos que atravesábamos una polvareda de viento
viajando a esa velocidad, el alivio de que no chocamos con algún vehículo
mientras pasábamos a ciegas.
Llegamos. Renault 12 estacionado, adelante
un precipicio que el recuerdo no deja de agigantar. Teníamos pasacasete, se
escuchaba a Jorge Cumbo quedó ese estribillo “la felicidad una extraña flor
difícil de encontrar”. Abajo una playa corta con lobos de mar. un infinito por
horizonte. Cada tanto las ballenas y su chorro de vapor. las ballenas y la
profundidad: Esteban que dijo enigmático: “hay que reconocer lo que nada bajo
la superficie”
Algo me hace reunir al encanto efímero de
cada flor con las ballenas. La verdadera naturaleza y sus ciclos que la
sociedad humana se obstina en negar y destruir.
De aquel viaje solo Kalman y yo estamos
vivos.
Desde el laberinto.
Para ese entonces ya había perdido el rumbo
emocional, no es raro. La melancolía es un arma fuerte que si dispara desde el
silencio al silencio daña. Quien pudiera desentrañar cada misterio pequeño de
la vida cotidiana. Esteban diría que las personas como yo viven a destiempos.
Que la neurosis incluye que los recuerdos se adueñen del tiempo presente.
En una ráfaga de viento frio pensé en
personas que no pueden superar duelos y ausencias. Que tejen su vida con la red
incompleta de sus defensas. En eso, sin poder explicarme mejor.
Inminencia de una
revelación
Entonces
decidí escribirle al amigo.
Al toque llegó una respuesta de Kalman por
WhatsApp.
“anda
a verla a Merlina, atiende en “La Fortuna” cerca del pueblo de gobernador
Udaondo.
Leo más tarde un correo de Kalman donde se
explica: en un viaje cerca de tu ciudad podrás vivenciar una demostración
concreta del efecto de energías en relación con el universo vital. No me gusta
utilizar rótulos porque predisponen a los prejuicios. Merlina es un prodigio
intuitivo. supera a una Czarownica eslava. Entiende al mundo presente como una
poesía de otras vidas. Tenemos la
experiencia de su convivencia en la casa que le alquilamos con el fantasma de mi
abuela.
Créeme, aunque suene demencial, que mi
abuela no quiere irse de su casa y es feliz con la presencia de Merlina.
Tuvimos otros inquilinos que rompían el contrato a la primera aparición.
Merlina y la abuela Bogdana se entienden como si se hubieran conocido en otras
vidas.
Merlina es Merlina porque sus padres se
inspiraron en la serie de los locos Adams... No en Merlín del que debería
provenir su nombre por ser la maga lúcida e intensa que veras trabajar en La
Fortuna.
Energías no
reconocidas
Kalman de viaje por Polonia, él lo explica
así: mitad vacaciones y mitad curiosidad. No descansa el tipo, su curiosidad
científica va por el lado de las formas de circulación de energía vital que no
son reconocidas –aun- por la ciencia. Entre otros lugares “encantados” visitara
al castillo embrujado de Niedzica.
Busca con intuición una puntada inicial
para escribir hipótesis de trabajo. Lo guían –exploratoriamente- preguntas sin
respuesta convincente:
¿Cualquier forma de energía es un lenguaje
potencial a descifrar?
¿Cómo entender lo sutil que fluye sin
palabras?
¿Cuál es el peso “real” del lenguaje que
construimos trabajosamente con milenios?
¿Cómo se relaciona la fuerza vital de las
personas con la energía del universo?
Buscando un clavo de
rieles.
Fui a la antigua estación de tren de
Gobernador Udaondo. La estación es una casa particular con una habitación museo
que guarda en estado original la oficina del jefe de estación. Con los objetos
de aquella época donde el tren era un pulsar colectivo donde latían corazones
que llegaban o partían. Pedí permiso para buscar un fierrito a la familia que
es propietaria de la estación. Dije –sin que las amables personas me lo
preguntaran- que buscaba un fierrito antiguo para un trabajo de mi hija en su
carrera de antropología. Intente describirlo dibujando una “L” me aclararon “lo
que usted busca es un clavo de rieles”
Almacén La Fortuna
El lugar que funcionó desde 1935 ha sido
remodelado con criterio vintage. Hay mesas para comer rico con un menú de
comidas caseras. Es tan amplio que permite salones temáticos como el llamado
“Rosa Osa” por el Rosa Rosa de Sandro que perdió una letra aquí mismo.
A Merlina le causo gracia que en el primer
encuentro le llevé de obsequio una bola de cristal. Con pose de doctora me
pregunto si había traído “el guardián de hierro”
El guardián, nombre “mágico” del clavo de
rieles que encontré corroído por el óxido en las cercanías de estación Udaondo
es el elemento que limpia lo antiguo, lo remoto. Su efecto será afirmarse
plenamente en lo presente. La conversación fue de unos minutos, Merlina tenía
una agenda completa de personas y mascotas, me entero allí que también es
comunicadora multiespecie. Tome muy en serio lo que escuche de su voz: “lo que
decís y más aun lo que pensás produce realidades” aunque fui perdiendo durante
el viaje de retorno el hilo lógico que guiaban sus palabras.
“este
es el año uno, un periodo de nuevos comienzos, toma de decisiones valientes. Es
una etapa para plantar semillas, para desarrollar la propia creatividad.”
Volviendo a casa
Luego de la visita al almacén “la fortuna”,
sigo sin comprender qué clase de conexión tiene Merlina con las energías del
universo ni en que saber definible sostiene su trabajo. He visto como atiende
personas que no están allí mismo de forma presencial. Quizás con una conexión
emocional desconocida por mí.
Mientras, sigo atento a la indagación de
Kalman sobre las energías no reconocibles, lo que se mueve entre los seres y el
universo, lo efímero. Lo inmediato que acontece en una mirada en empatía o
antipatía. En las formas no conocidas de comunicación entre especies. Lo que el
lenguaje humano con sus velos y ocultamientos no resuelve ni explica, y hasta complica.
Prometí a mí mismo volver a ver a Merlina en “La Fortuna” para percibir con
emoción y menos resistencia intelectual los efectos benéficos de su conexión
con energías reparadoras.
*De Eduardo
Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
Témperley. Buenos Aires
-Próxima
estación:
LOMA
VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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