EL PENSAMIENTO ES UN ORDEN QUE JAMÁS OCURRE
*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte
Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160
Espirales de vida*
“…y por fin la materia dejará de existir…”
Trepa sobre tinieblas en asedio
el hambre vertical de la ceniza
devorando muñones insepultos.
Nada queda, excepto este secreto
que horada con sus báculos insomnes
la médula gastada de los mundos.
Pero… aguarda… ¿no escuchas en la noche
un suspiro de germen sedicioso
reptando entre follajes nauseabundos?
¿No es esa gota sucia de rocío
la promesa incesante de la vida
prisionera en oráculos de musgo?
¿No presientes un vuelo, una paloma,
una rama de olivo desgajada
asumiendo estatura de tributo?
¿No adviertes una sombra alucinada,
un vértigo en la orilla del olvido
despeñando otra vez a los espejos
tu linaje de légamo desnudo?
*De Norma
Segades-Manias.
-A su memoria-
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
DUODÉCIMA PARTE
El viajero refería que había llegado,
después de muchos esfuerzos, a esa parte del río. No había una introducción de
su llegada. Decía que había encontrado los restos de una ciudad populosa. Casi
podía escuchar ecos en las calles destrozadas, hechas de piedras densas y
oscuras. Imaginó a vendedores de pescado; frutas de nombres extraños
arracimadas en carros de madera y pieles de animales. No decía cómo había
llegado a esa parte del mundo ni su interés en explorarlo. Podía haber llegado
del norte, a través del río o, como yo, siguiendo una ruta a través del bosque.
No decía nada de su lugar de procedencia. Tampoco mencionaba haber pasado por
los mismos lugares que yo. Era como si hubiera atravesado un desierto estéril,
sin ninguna referencia valiosa para conservar en la memoria. Por un momento
pensé en una voz sin cuerpo, sin identidad, posándose sobre las cosas que le
parecían más interesantes para, inmediatamente después, tratar de reconstruir
su vida anterior. Mientras recorría las ruinas de la ciudad evocaba las calles
que habían sido antes, lugares en donde la gente se trompicaba, intercambiaba
dinero. Casi podía escuchar el sonido de cientos de pisadas. El viajero refirió
que, en una esquina, intentó encontrar –bajo un cobertizo ruinoso– el fugaz
cloqueo de las gallinas, el alboroto de plumas y la estela de los picotazos en
el suelo.
Después, el viajero dejó sus fantasías y
contó que, en medio de las ruinas, descubrió a un rey. No había sorpresa en su
descripción, como si de, antemano, esperara el encuentro. Pensé que, en esa
tierra de nadie, todos los encuentros eran planeados, colisiones inevitables.
De inicio se había referido al hombre como “rey”. Pensé, mientras leía, que él
era el verdadero objetivo del viajero. Dijo que el lugar de encuentro era el centro
de la ciudad, no muy lejos del río. El lugar en el que estaba eran las ruinas
de un gran palacio. Había, aún, piedras apiladas; basamentos de torres
conservaban un precario equilibrio. El viajero comenzó a hablar con el Rey, que
se presentó y le dijo que había gobernado ese lugar del mundo desde hacía
tiempo. No especificaba cómo se había fundado esa ciudad. Vagas palabras
refirieron que los primeros pobladores habían llegado del norte, pero no
quedaba claro si lo habían hecho a través del río o a través de una migración
por el bosque. El Rey, según la descripción del viajero, estaba sentado en un
trono de madera desvencijada, con huellas de fuego, a punto del colapso. Tenía
los ojos rojos, quizás nutridos por el insomnio, por pensar muchas veces las mismas
cosas. No sabía cuánto tiempo había estado sentado en ese lugar. Por un momento
pensó que estaba ante una proyección de la memoria, una especie de imagen
atemporal que estaba programada para aparecer cada vez que alguien entraba a
esa parte del castillo. Sin embargo, cuando el Rey se levantó y dio un pequeño
rodeo por el lugar, comprobó que era real. El viajero le preguntó por las
regiones vecinas del norte. El Rey le respondió que habían estado habitadas,
pero que ahora eran páramos, territorios yermos en los que, acaso, sobrevivían
algunas tumbas. Cuando le preguntó por la razón de ese destino, le dijo que la
gente se va por muchas razones. Quizás se habían muerto por una epidemia o
algún grupo enemigo los había exterminado en una sola noche. Sus nigromantes le
habían dicho que habían desaparecido víctimas del deseo y la imaginación, pero
él desestimaba esas suposiciones. El viajero, en una nota aparte, decía estar
de acuerdo con esa versión. Para él era peligrosa la imaginación. Mientras leía
su crónica intenté establecer vínculos entre lo que creían los nigromantes y lo
que había pensado en el pueblo de la mujer. La gente imaginaba algo, quizás
sólo por un segundo, pero con la suficiente fuerza como para evadirse del mundo
que la rodeaba, y, entonces, desaparecía. Era algo espontáneo, como la chispa
que prende un pastizal en un verano caluroso. No quise distraerme con esa
posibilidad y seguí leyendo.
El viajero decidió quedarse con el Rey. No
tenía otra opción. Había, en la forma de conducirse, en la reticencia con que
narraba algunas cosas, la intención de guardar ese escrito en secreto. No sólo
no confiaba en el rey sino que tenía miedo de que la escritura lo delatara. Por
eso, a partir de la tercera página, encontré grandes espacios en blanco después
de cada párrafo. Dejaba esos lugares, que parecían los grandes claros en un
bosque, para tener una segunda oportunidad, un regreso para seguir contando sus
pensamientos más íntimos una vez que estuviera seguro, que ya no hubiera
peligro. Cuando le preguntó al Rey por la muralla, sentí un colapso en mis
nervios. El rey le dijo que siempre había estado ahí. Nadie, ni siquiera él o
los soberanos que lo habían antecedido, sabían quién era el autor o autores de
la construcción. Era, para ellos, una formación natural. “¿Nadie ha intentado
escalarla para ver qué hay del otro lado?”, preguntó el viajero. El Rey no
contestó a la pregunta y sólo murmuró, como si tuviera miedo de que alguien
saliera de entre las ruinas y lo contradijera: “Podemos intentarlo nosotros”.
Le imaginé una sonrisa después de pronunciar la última palabra. De inmediato
pensé en la palabra “imaginación” y el supuesto destino que adjudicaban los
nigromantes a los que fantaseaban. Comencé a especular con las palabras del Rey
y a bosquejar distintos escenarios. Pero no tenía miedo. Desde el inicio de mi
viaje no había hecho más que imaginar a partir de lo que veía. Quizás, por mi
condición de extranjero, la acción de suponer, crear imágenes a partir de lo
que percibían mis sentidos, me afincaba a la realidad, detenía el tiempo, hacía
más lentas mis respiraciones para que echara raíces en el mundo.
El viajero contó su convivencia con el Rey.
Describió, a grandes rasgos, el paso de los días. El rey le mostraba aspectos
irrelevantes del reino. Decía que muchas noches las pasaba en vela mirando
desde la altura de alguna ruina los espacios que antes habían estado habitados.
También miraba la muralla que se erigía a escasa distancia. Le gustaba pasar
largos minutos observando la parte más alta. Ahí se podían ver franjas de luz
intermitentes. Pensé en algún efecto eléctrico en la atmósfera. El rey buscaba
signos inteligibles en esa composición de luces. Al fracasar en la
interpretación pensaba que las luces eran sólo un efecto inocuo de la
naturaleza. Después, cuando por fin el sueño lo empezaba a rendir, bajaba a uno
de los pocos cuartos que habían resistido la destrucción y el paso del tiempo.
El viajero se estableció en la cámara
principal del palacio destruido, junto al Rey. En las noches prendían fogatas
con pedazos de madera guardados con mucho celo. Sus figuras, seguramente,
parecían una estrella perdida en una zona vacía del universo. El rey escogía
los frutos de los mejores árboles para comer. Para beber usaban el agua de un
pozo que estaba en el círculo más externo de la ciudad. El viajero seguía con
muchas preguntas. En una de las hojas hizo una lista. El primer elemento de
ella era el enigma de la muralla; el segundo, qué había pasado con la gente del
reino. Cuando abordaba esos temas, el Rey cambiaba la conversación. Una de sus
charlas favoritas eran los fragmentos de plástico y objetos diversos que
viajaban en la corriente del río. Cada pieza era única, pero podía clasificarse
por grupos según su material y su forma. Decía que su gente había aprendido a
usar esos pedazos, en apariencia, inservibles. Los consideraban una materia
prima de origen desconocido y que nunca dejaba de llegar. Habían creado
herramientas rudimentarias para amalgamar esos pedazos, deformarlos, hacerles
agujeros, pegarlos. El río seguía con su cauda de plástico y desechos de formas
cambiantes. La basura era infinita.
Un día el Rey, antes de que el crepúsculo
finalizara, le dijo que su gente había construido una escalera para llegar a lo
más alto de la muralla. Parecía una confesión espontánea. El viajero, de
inmediato, pensó que había una intención escondida en las palabras. El Rey lo
conducía por una nueva historia pensando, quizás, en obtener una reacción: la
curiosidad del viajero administrada día a día, para una satisfacción de él. La
letra en el papel entró en una especie de frenesí: la tinta corría veloz en la
superficie blanca; letras quedaban incompletas porque quería capturar, palabra
por palabra, el discurso del Rey. Seguí con manos temblorosas la narración del
viajero. El Rey dijo que fueron meses de grandes esfuerzos. ¿Por qué se habían
decidido? ¿Por qué no habían intentado eso antes, incluso las primeras
generaciones de pobladores llegados a esa región? El Rey dijo, según el
viajero, con gesto grave, que “simplemente había ocurrido”. La frase estaba
subrayada en el texto. Quizás alguien tuvo la idea y ésta se fue difundiendo
entre la población. Alguien había mirado la muralla y le pareció interesante
pensar en lo que había al otro lado. Era absurdo. Yo, sentía, al igual que el
viajero, la misma incredulidad. Y ese absurdo, de alguna manera, me obligaba a
seguir imaginando cosas, buscar que la información encajara aunque, para ello,
tuviera que adaptar los hechos conocidos, quitarles partes, redondear algún
dato, añadir algo que no tuviera ningún sustento en la realidad. El viajero
tenía sus sospechas, seguramente. Él y yo, quizás, en dos tiempos distintos,
elaborábamos nuestras propias reconstrucciones, dependientes de nuestros
deseos, experiencias, miedos. Ninguna de las historias era por completo
verdadera y por eso me sentí, mientras leía esa crónica que estaba a punto de
terminar, doblemente estafado: por la historia del Rey y, después, por la
versión que el viajero había escrito. Pero quería llegar hasta el final antes
de confrontar al viejo a quien identificaba, por las vagas descripciones del
viajero, con el soberano de ese reino perdido.
El viajero dedicó un párrafo entero a
especular con la evolución del pensamiento de la gente de aquella región. Pudo
existir la necesidad de trascendencia entre ellos. Alguien, quizás demasiado
aburrido, mirando una tarde la fila interminable de plástico y desechos que
fluía en el río, miró la alta figura de la muralla y decidió que era momento de
actuar. Un vecino compartió el mismo deseo y, como un efecto en cadena, pronto
todos hablaban de la construcción de una gran escalera para lograr el objetivo.
El Rey le dijo a su ansioso interlocutor que, ante la insistencia de los
pobladores, cedió y dio la orden para realizar el proyecto. Se internaron en el
bosque para recolectar madera maciza, que pudiera resistir el peso de una
persona. Usaron el escaso metal que había para afianzar la estructura y los
peldaños. Hicieron varias pruebas para estar seguros que alcanzaría la altura
total de la muralla. El Rey no hablaba de números, pero el viajero, en sus
notas, especulaba con una estructura de muchos metros de largo. Una vez que
estuvieron seguros, encomendaron la tarea de pasar al otro lado a un muchacho
de unos quince años –huérfano desde temprana edad– que, desde el inicio, se
había ofrecido. Nadie lo contradijo. Pensé que era natural que todos tuvieran
miedo. La curiosidad no había sido suficiente como para superar ese último
límite. Una mañana todos asistieron al pie de la muralla. El muchacho miró a la
gente que se había reunido y que seguía, con ansiedad, cada uno de sus
movimientos y gestos. Imaginé su rostro en el que se evidenciaban la temeridad
y la incertidumbre. El Rey describió, con todo detalle, los pasos inseguros en
cada peldaño. El muchacho miraba, de cuando en cuando, a los que estaban abajo.
Sin embargo, cuando llegó a la primera mitad del avance, fijó la mirada en lo
que hacía: los brazos guiando el avance y los pies en los peldaños. Las patas
de la escalera tenían un ligero temblor que fue controlado por un par de
hombres. Después de un tiempo el muchacho llegó hasta el final del viaje. La
gran escalera, libre al fin de su peso, pareció más volátil y se tambaleó. La
gente no pudo resistir más y, desde abajo, lo acosó con preguntas. Uno preguntó
sobre lo que había al otro lado de la muralla. Alguien le dijo que cruzara de
una vez por todas. Otro supuso que había una gran nada del otro lado y lo
conminó a que regresara lo más pronto posible. El joven los miró desde la altura.
Había sido un largo trayecto del piso hasta ese lugar en el que apenas se
distinguía su rostro. Era una figura que se confundía con los pedazos de rocas
que coronaban la muralla. Yo había visto esas terminaciones desde mi llegada y
esas formas me recordaban los dientes destrozados de un gigante. El viajero,
por su parte, comenzó a dudar sobre la posibilidad de construir esa escalera.
Quizás, en algún punto, la estructura no resistiría. No quiso seguir
especulando y siguió con el registro de lo que decía el Rey: el muchacho, desde
la lejanía, pareció ejecutar un saludo, dejó el último peldaño de la escalera,
se apoyó de una piedra que sobresalía y que le daba a esa parte de la
construcción la vaga apariencia de un torreón medieval. Pareció disfrutar el momento
y se irguió por completo. Desde ahí, quizás, podía ver todo. Imaginé que, esa
visión, abarcaba el pueblo de la mujer e, incluso, el pueblo de Lucrecia. Era
una lástima que el ascenso no se hubiera realizado durante el crepúsculo, justo
cuando las máquinas comenzaban, trabajosas, a generar electricidad y la ciudad,
poco a poco, como un animal saliendo de su letargo, se anunciaba con sus luces
inseguras y parpadeantes. El muchacho, al ver esas luces, acabaría por
convencerse de la utilidad de su aventura. Sabría que no estaba solo y que,
quizás, era el primero en contemplar, al mismo tiempo, los tres lugares
habitados que yo había recorrido.
El Rey contó que el muchacho, después de
ese momento de transición, echó el cuerpo para el otro lado y comenzó a descender
–al menos esa versión fue la más extendida entre la gente– como si, del otro
lado, hubiera una escalera con la misma altura, colocada exactamente en el
mismo lugar. La gente, en el relato que abundaba cada vez más en detalles,
comenzó a discutir. Los gritos se estrellaban en la muralla. Pasaron varios
minutos sin noticias del muchacho. La gente lo llamó a grandes voces. Hubo
varios que se quedaron esperando a los pies de la muralla, muy cerca de las
grandes piedras, como si a través de las fisuras se filtrara alguna señal de lo
que había más allá. Al ver que no había respuesta, el Rey contó que hubo
inconformidad y más discusiones. Muchos dijeron que era un error. Un grupo dijo
que, haber superado la muralla, traería grandes desgracias al reino. Así como
se había detonado la curiosidad por el origen y lo que había más allá de la
muralla, comenzó la violencia. Varios hombres iniciaron una pelea. Los
puñetazos surgieron. Algunos aventaron piedras. En medio de confusión, una
mujer empezó a subir por la escalera. Alguien empujó la base de la estructura.
Nunca se supo si fue un accidente o algo hecho a propósito por alguien que
quería sabotear cualquier nuevo intento por alcanzar la parte más alta de la
muralla. Tampoco se supieron las intenciones de la mujer. La escalera, con ella
a medio camino, se estremeció como una bandera agitada por el viento. El perfil
de la mujer se sumergió en un vaivén cada vez más fuerte hasta que una parte de
la madera crujió y ella cayó, como si hubiera sido tocada por un rayo. Su
cadáver, lleno de sangre, fue ignorado por la gente.
El Rey dijo que, a partir de ese conflicto,
prohibió que se hablara de la muralla. No habría más intentos para cruzarla. El
objetivo era impedir, a toda costa, que hubiera más desgracias. Había penas
severas para quien desobedeciera esa orden que se proclamaba al amanecer y al
anochecer. Una parte de la población, sometida por el miedo, dejó de hablar en
público de la muralla. Pero adentro de sus casas seguían conversando sobre esa
frontera. En las noches se contaban historias referentes al muchacho y a lo que
creían que había del otro lado. Según la versión del Rey, la otra parte de la
población conjuró para desobedecer la prohibición. Era cuestión de tiempo para
que construyeran una nueva escalera. El Rey, antes de tomar otras medidas,
difundió historias falsas. Esparció entre la población el rumor de que había
enemigos al otro lado. Para hacer más real la historia añadía detalles. Los
hombres del otro lado tenían largas escaleras, muy parecidas a la que habían
hecho, pero más resistentes. Con seguridad podía soportar el peso de varios
guerreros al mismo tiempo. Habían estado ahí, atentos, buscando el momento
propicio para atacar. Quizás habían esperado por años hasta fortalecerse y
obtener una victoria fácil. El miedo se extendió. Los que tenían miedo
llegaron, por quién sabe cuáles vericuetos, a una historia diferente.
Coincidían en la versión de seres extraños al otro lado, pero, a diferencia de
los otros, estos desconocían la existencia del reino. El error de ellos había
sido, precisamente, mandar al muchacho. Él los había despertado de su letargo.
Seguramente ya les había compartido información valiosa: cuántas personas eran,
cómo estaban organizados, qué tipo de armas tenían.
El viajero, en su crónica, mencionó que el
Rey –haciendo una acotación en su historia– le confesó que la mentira detonó
escenarios que se salieron de control. El miedo, entre la gente, había motivado
conductas desesperadas. Grupos de hombres se reunieron para fabricar armas y defenderse
de los extranjeros. Algunos, pese a la prohibición de intentar, de nueva
cuenta, un asalto a la muralla, comenzaron a construir las partes de una
escalera. La noticia llegó a los oídos del Rey y vinieron las primeras
ejecuciones. Los cuerpos oscilaban en el crepúsculo, con los cuellos quebrados
y la mirada enterrada en el suelo, como si estuvieran arrepentidos de la última
decisión de su vida. Esa medida que, aparentemente, disuadiría otras
desobediencias, generó nuevas conjuras que, a su vez, al ser descubiertas,
terminaron en cuerpos colgando de los árboles del bosque. El Rey recordaba, con
imágenes muy vívidas, a los cuerpos pendiendo de las cuerdas, arracimados como
los frutos extraños de un territorio corrupto. Se advirtió a la gente que era mejor
olvidar la muralla, que no tenía sentido causar más muertes. El viajero, en
esta parte del relato, quizás aprovechando que el Rey tomaba un respiro antes
de continuar, escribió que, quizás la gente no buscaba huir o confrontar a los
habitantes del otro lado de la muralla. Lo que querían era someterse al
castigo, terminar colgando de los árboles. Esta suposición cobró realidad
cuando el Rey describió a sus guardias entrando a las casas, mirando, sobre las
mesas en las que se reunía la familia para comer, las herramientas para
serruchar la madera, medir el tamaño de cada una de sus piezas. Los guardias
decían que la gente aceptaba todos los cargos y no oponía ninguna resistencia.
Ellos querían ser descubiertos, querían morir pero no por mano propia. Pensé en
un rebaño enloquecido sin causa aparente, corriendo en despoblado, enfilando,
sin ninguna duda, con total determinación, a un gran cuerpo de agua. Una vez
ahí los animales empujan con el cuerpo hasta que las pezuñas dejan de tocar el
suelo para flotar un momento, como bestias voladoras y, después, ejecutan un
salto al vacío, caen a lo profundo, hasta que la mirada se inmoviliza porque
comprende que ha llegado al límite de la muerte.
La población menguó hasta que las calles
quedaron silenciosas. Pocas casas estaban habitadas. Los guardias estaban
resignados a seguir con las ejecuciones, aunque algunos desertaron. Poco
después encontraron sus cuerpos abandonados en el bosque. Se contaba que uno
había llegado al río para dejarse arrastrar por la corriente en la parte más
impetuosa. El puñado de habitantes se conducía, de forma monótona, en sus
casas. Estaban, al parecer, demasiado cansados como para establecer nuevas
conjuras que los llevaran a la muerte. El Rey miraba, desde la altura de su
palacio, las escasas luces en las ventanas. Suponía que, en ese momento, los
habitantes miraban la espesura del bosque para tratar de imaginar, en la
oscuridad, los cuerpos de los colgados. Las ramas de los árboles, algunas
quebradas porque el guardia no había calculado bien el peso del condenado,
formaban laberintos aéreos. En ese punto la escritura del viajero se
desinteresó por los detalles, como el espectador que busca, en la distancia, un
significado general de lo que está viviendo, un entendimiento mayor.
El Rey, al ver la ruina de su territorio,
propuso a los últimos que quedaban, construir una gran escalera para escalar la
muralla y llegar al otro lado. La prohibición no tenía sentido para una
población que, de un momento a otro, iba a buscar su propio exterminio. Le
confesó al viajero que, más allá de la muralla, encontraría la gloria que había
perdido. En ese lugar podría recomenzar. El viajero, menos apegado al orgullo,
pensaba que, al otro lado, había un mundo con leyes físicas diferentes; una
realidad que corría, paralela, a la de ellos. Ese mundo ya no estaría cercado
por murallas. El puñado de habitantes, con los guardias incluidos, emprendió
una mañana la recolección de madera para la nueva estructura. El Rey suponía
que, con la experiencia anterior, sería más fácil construirla. Los miró
convencidos, trabajando en equipo, olvidando, por un momento, a sus muertos.
Sin embargo, después de las primeras dos jornadas, decidieron no seguir más.
Habitantes y guardias, de común acuerdo, tomaron el camino a las tierras del
norte. El Rey, sin poder oponerse por la fuerza, había intentado una vaga
defensa de su idea. Pero ellos apenas lo escucharon y sólo pudo ver, mientras
la mañana avanzaba, a un grupo compacto caminar por el único sendero que
conectaba al reino con el bosque. No tenían mapas, ni instrumentos para
orientarse. Caminarían hasta las últimas consecuencias. Para ellos, eso era
mejor que seguir habitando entre ruinas, acosados por la memoria de tantos
cuerpos colgados, inmersos en un proyecto absurdo que los entregaría, de
cualquier forma, a la muerte. A partir de entonces el Rey los imaginaba
abandonados en el camino, con las bocas abiertas, las manos tiesas, los blancos
esqueletos entre la hierba. Imaginaba el destino particular de cada uno de
ellos mientras, para entretener el ocio, revisaba sus casas vacías. Contemplaba
las camas revueltas, granos humedeciéndose en la sombra, instrumentos de cocina
fuera de sus cajones; las puertas entreabiertas, como si los habitantes
hubieran salido un solo momento y su retorno fuera inminente. Los pájaros
negros habían llenado los tejados. Algunos planeaban, majestuosos, hasta el
suelo y, ahí, abrevaban de algún charco, conscientes de que no corrían peligro.
El Rey pasaba largas horas, conversando con los animales de ojos pequeños e
inteligentes, mientras miraba el lustre de las plumas, las patas afiladas y
nerviosas.
Esa fue la última anotación del viajero.
Más allá, en el espacio sin escritura de la hoja, había una sensación de vacío.
No pude con las hojas que seguían. Algunas líneas sugerían que había intentado
trazar un dibujo. Quizás quería retratar a los muertos apilándose en las
esquinas, colgando como lentos péndulos de los árboles, asediados por las
moscas. Miré al Rey viejo que, con un gesto solemne, mirando con orgullo las
piedras y árboles que nos rodeaban, trataba de encajar en el papel que había
leído en la crónica del viajero.
–¿Qué pasó con él?
El viejo guardó silencio. El poder que
había ejercido antes, la petulancia inherente a su cargo, ya no existían.
–¿Qué pasó con el viajero? –insistí.
–Es una historia que tiene muchas
posibilidades– me dijo mientras raspaba la suela de sus botas de plástico con
una rama caída.
Guardé la libreta en mi mochila. Tenía
ganas de sujetarlo por el cuello y obligarlo a decirme la verdad.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
MUNDO DE NOVENO CÍRCULO*
Un mundo de cristales
de hielo al costado de un cuadro.
O hielos masticados
con furia entre sorbos de whisky,
un cigarrillo y un
narcótico,
mientras: el
rectángulo de la pared se traga las últimas estrellas,
y las últimas bestias
corren entre luces encendidas,
mientras: hay olor a
despedida,
a cocheras con
automóviles dormidos y sin dueño,
a soledad de una
pastilla,
para suprimir el
universo.
Mientras: lo que tiene
que pasar, pasa, en el claro del pueblo, en el
claro de la ciudad, en
el claro del mundo,
mientras: el mundo se
separa del ojo.
Mientras: el
pensamiento es un orden que jamás ocurre
y las playas ladran
cada noche, apenas.
Mientras: en los
zaguanes los insectos corren veloces debajo de puertas
y ventanas.
Mientras: alguien pregunta
la hora como si fuera posible saber algo.
Mentira.
No es un mundo.
Y aunque parezca
suceder
nada sucede.
Las tijeras se comen
cada lugar secreto,
cada nombre.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
(Del libro CAZADORES EN LA NIEVE, La letra Eme, Buenos Aires 2014)
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Carlos Onetti y Augusto Roa Bastos.
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El
animal metafísico*
*Por Juan
Forn
Ahora que el calor zumba en el cielo como
una gran cigarra invisible y en la demencia dorada todo tiembla, quiero hablar
del hombre que describió así el verano en la gran ciudad. Sus padres lo
llamaron Thomas Moro Simpson. Me topé con su nombre el otro día, en esas listas
negras de la dictadura que aparecieron en un sótano del Ministerio de Defensa:
artistas y científicos catalogados de peligro marxista por los milicos. Simpson
figura en ellas, pero como “pintor”. Tiene cierta lógica el asunto, porque otra
dictadura, la de Onganía, ya le había negado entidad como investigador
filosófico. La historia es así: en 1965, Simpson se convirtió en el primer
investigador del Conicet que no era científico, ni había pasado por la
universidad siquiera; el único diploma que tenía era el de la escuela primaria,
pero a los 35 años escribió él solito con su cabeza un libro llamado Formas
lógicas, realidad y significado. Lo mandó a la Eudeba de Boris Spivacow. “No
publicamos monografías”, le contestaron. Simpson se lo acercó a Gregorio
Klimovsky entonces, y Klimovsky fue a ver a Spivacow: “No hay un libro así en
nuestro idioma. No digo en Argentina, digo en toda la lengua. Hay que
publicarlo”. Así se convirtió en investigador del Conicet. Su padre era un
relojero de barrio que se negaba a tener negocio a la calle para no alardear,
pero sabía hacer funcionar cualquier máquina rota que le pusieran en la mano:
Simpson cree que de ahí le viene la mente analítica. Para que nos entendamos,
la epistemología es ese filo donde la matemática se encuentra con la filosofía,
la pureza de lo abstracto en su máximo rigor. Pero eran tiempos de Onganía, y
después vinieron tiempos peores. Al menos tres generaciones de estudiantes no
supieron nada de Simpson, ni de él ni de su circunstancia, entendiendo por
circunstancia no sólo su obra formal (dijo el Colegio de México hace poco:
“Casi cincuenta años después, Formas lógicas... sigue siendo un texto eléctrico
y corcoveante, al que el tiempo no ha herido”), sino también su obra informal,
que Simpson había empezado por la misma época en forma de columnas ocasionales,
primero en el diario El Mundo y después en la revista Primera Plana, con el
título de “Investigaciones de un hombre curioso”, que luego mutó a “Diario de
un ciudadano curioso”.
La combinación de ciudadano y curioso a mí
me hace pensar enseguida en un porteño caminando por la calle o, para precisar
un poco, en un porteño capaz de decir de repente: “En el siglo cuatro antes de
Cristo, cuando los tigres paseaban por Florida y Corrientes...”, y considerar
al café con leche en un bar un sagrado manjar y un premio. Yo creo que, cuando
Simpson dice curioso, lo dice como sinónimo o complemento de distraído. Murena
escribió en un poema: “Sólo atento no hay que estar: / preparado”. El gran
Heine le preguntó una vez a su cochero: “¿Qué son las ideas?”. A lo que el
cochero contestó: “Ideas son esas cosas que se le meten a uno en la cabeza”.
Sólo atento no hay que estar: preparado para las ideas que a uno se le meten en
la cabeza, vengan de los libros o de la propia calle. Así encaró Simpson la
continuación de sus investigaciones filosóficas, que reunió en un librito
hermoso al que sus fieles llaman El mamboretá. Su título completo es Dios, el
mamboretá y la mosca, y cada diez o quince años hace una nueva edición,
aumentada o alivianada según su parecer del momento. Yo tengo la del ’99, y
hacia ese estante de mi biblioteca me mandó el nombre de Simpson cuando lo vi
en las listas que publicó Página/12 el otro día, y después de mirar mis
subrayados y descubrir lo que subrayaría ahora, y proceder a continuación a
hacerlo, mientras aprovechaba para releer entero el libro, de repente fui a las
páginas en blanco de adelante, que suelo usar para anotar cosas, y me encontré
con el número de teléfono de Simpson en mi propia letra, con una cifra menos en
la característica (a fines de los ’90 no existía todavía el cuatro).
Asombrosamente seguía siendo el número de Simpson, y al rato tuve el gusto de
oír al propio confirmando de lo más pancho que sigue vivo y entero y que está a
punto de publicar un librito más atrevido todavía que El mamboretá: un libro
todo de poemas. Pensando igual, pero en verso. Con métrica y rima y todo. Qué
alegrón me dio.
“A veces me domina el animal metafísico, el
mono enfermo que, entre una banana y un maní, empieza a preguntarse por el cómo
y el porqué de las cosas”, dice Simpson en El mamboretá. Lo de enfermo es una
referencia a Freud, que dijo famosamente: “Si alguien se pregunta por el
sentido y valor de la vida es señal de que está enfermo, pues objetivamente ni
lo uno ni lo otro existen”. Lo de mono es una referencia al chimpancé de
laboratorio al que Ernst Mayr dio un terrón de azúcar y vio cómo el animal
corría hasta la fuente de la que manaba agua y lo lavaba vigorosamente hasta
que el terrón se le deshizo por completo entre los dedos. La sed de absoluto,
llama Simpson a esa estampa.
En 1967, Simpson conoció en California al
gran Rudolf Carnap, que por entonces tenía setenta y seis años, “el cuerpo en
derrota, pero la mente apasionada y lúcida”. El médico le había prohibido que
hablara de filosofía después de las seis de la tarde porque le resultaba
imposible interrumpir la corriente de su pensamiento y no dormía y terminaba
descompensado. Carnap había estudiado con Frege, que tenía sólo tres alumnos:
Carnap, un mayor retirado y un amigo aficionado a la matemática. Frege daba
toda la clase mirando al pizarrón, estuviera escribiendo en él o no. Se lo
consideraba el mayor lógico desde Aristóteles. Carnap le contó esa tarde a
Simpson que mientras estudiaba con Frege escribió este texto: “Hay un hombre,
se reduce de tamaño, se vuelve más y más pequeño, se convierte en pájaro, el
pájaro se convierte en mil pájaros, que vuelan al cielo mientras las nubes
conversan entre sí acerca de lo que ha sucedido. Ese es un mundo posible”.
Yo creo que Simpson fue a ver a Carnap por
la misma razón que Carnap a Frege, pero él seguro diría: “Vaya un poco a la
sombra a tomar aire y deje de tocar la lira”. Porque Simpson ha vivido su vida
convencido de que es básicamente un hombre sensato que se ha limitado a cumplir
con su deber, según aquella frase de Aníbal Ponce: “No se puede abdicar de los
deberes de la inteligencia”. Por suerte, de tanto en tanto lo domina el animal
metafísico y nos lleva con él en sus derivas, como aquella vez que estaba en
una tienda de pájaros embalsamados y afuera llovía. Anochecía, además, y no
amainaba, y de pronto entró una mujer con el pelo empapado, pero se quedó en la
puerta. “Quiero un pájaro alegre”, dijo en un hilo de voz. El vendedor sacó un
petirrojo de una jaula, pero mientras tanto la mujer se arrepintió: “Me he
equivocado”, murmuró con la mano en el picaporte. “No se vaya”, dijo el
vendedor. “Escuche. La muerte fue piadosa con ellos. Quédese y los escuchará.”
Y en ese preciso momento el petirrojo inundó la tienda con su canto, pero la
mujer ya había dejado la puerta abierta y se había perdido en la lluvia
mientras caía la noche en la ciudad.
-Publicado el Viernes, 20 de diciembre de
2013 .
*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-236063-2013-12-20.html
LEEREMOS KAFKA*
Saldrás con alpargatas de suela de yute, es
totalmente necesario que tus pies se aplanen contra el suelo, que la tierra
debajo del cemento debajo de las baldosas, que la tierra se comunique con tus
plantas traspasando cemento, baldosas, porosa suela de yute.
Yo llevaré los brazos descubiertos, el sol
se reflejará en mi piel y nos iluminará los rostros. Con luz rosada con luz
amarillenta nuestros rostros brillarán en medio de las cabelleras despeinadas.
Por un momento seremos de luz.
Caminaremos juntos de la mano. Sólo
caminaremos de la mano por las gastadas veredas; y miraremos los mismos árboles
floridos que tiñen el césped de violeta, repitiendo con exactitud la forma de
la copa con el color sutil que luego barrerá el viento.
Llegaremos a un parque y nos detendremos a
señalar los claveles del aire sobre las ramas. Nos preguntaremos los nombres
vegetales, y los desconoceremos minuciosamente, uno por uno. Puede que un perro
nos mire de lejos, y sabremos que nuestra imagen se formará quién sabe de qué
misteriosa manera en su incognoscible universo.
Nos sentaremos a permitir que una vaquita
de San Antonio busque altura sobre nuestros brazos. Recordaremos algo sobre
insectos y territorios, superponiendo otredades sobre esta vaquita que aquí
ahora y tan ella misma nos escala.
El delgado libro pasará de una a otra mano,
y finalmente yo tomaré el oficio de médium.
Leeré morosamente un cuento de Kafka,
oscuro y complejo bajo el cielo brillante, tan espesas las palabras en una
atmósfera tan diáfana. Mi voz modulará los sonidos y guiará las evoluciones de
otra voz que dijo en otra lengua las perplejidades que nos agobian.
El lapso mágico del cuento desaparecerá el
alrededor, apenas un ladrido o voces infantiles penetrarán débilmente el
círculo que nos contenga.
Te quedarás en silencio. No hablaré.
Miraremos el humo de Praga permanecer unos
instantes, temblar y desvanecerse, dejando un aroma a encierro que durará
apenas el segundo anterior al que me des un beso.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-noviembre del 2005.
TERRITORIO
DE LAS PEQUEÑAS COSAS*
Buen día. ¿Cómo estás? ¿Has tenido un buen
día?
¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el
lamento?
¿Qué te dice el territorio de las pequeñas
cosas?
¿La plancha, la mesa, la taza con café?
¿La alegría descansa esperando en tu silla?
¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras?
¿Has descubierto el sortilegio del pan, el
canto de las letras?
¿Puedes entender que la vida da pequeñas
treguas?
¿Qué mar no se detiene, ni el carrusel ni
los planetas?
Llevamos un blanco infalible en el pecho
Un blanco color escarapela y allí apuntan,
certeramente.
Pero hay un exorcismo de hierbas.
Podemos sembrar peces, trenes, veleros.
El beso aguarda, como aguarda el valle de
tu lámpara clara.
No importa la cosecha, si, la siembra
Espera en los andenes.
El tren que ha de llegar puede ser el
último... o el primero.
El primero. Amor de viento, reloj, fatigado
viajero. Niño.
*De Amelia
Arellano.
San Luis.
*
Todo es casi nada y
tal vez eso sea, precisamente, una forma de la maravilla.
*De Liliana
Díaz Mindurry.
-De julio a noviembre 2026 Haré seminarios
de lectura de la cuentística de Juan
Carlos Onetti y Augusto Roa Bastos.
Los grupos son los miércoles de 13 a 14:30 hora argentina o bien los sábados de
11 a 12:30 hora argentina. Los cursos son virtuales por google meet.
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“Estación
Udaondo” *
Había llegado: la estación del tren estaba
ahí, el tanque de agua, el galpón, el pequeño pueblo… Tantos significados
implicados en ese letrero. Parecía ser la única persona que llegaba este día.
Salí de la estación con rumbo hacia la pequeña glorieta: cinco calles convergen
ahí, las bancas, el pasto: sobre todo el pasto
—me sorprendí con alegría —.
Había poca gente en las calles. Los restos
del baile que se había organizado, la cabalgata, el dulce de leche… La gente
parecía haber hallado la manera de dedicarse a una vida creativa con pequeños
quehaceres cotidianos. Los trabajos desgastantes, aquellos que fatigan y
exponen los cuerpos al deterioro, parecían que se realizaban sin marcas en los
habitantes de Udaondo. Noté varias estructuras de metal que tejían una especie
de telaraña sobre extensas áreas del pueblo: tensores, engranes, pistones,
tenazas y demás herramientas mecánicas armonizadas como una especie de gran
maquinaria de reloj.
Pregunté a una pareja de ancianos que
disfrutaban del atardecer frente al pequeño templo —que parecía abandonado
desde hacía tiempo—, acerca de la naturaleza de aquella maquinaria. “Se trataba
de una tecnología alienígena” —esperaba ese tipo de respuesta, o más bien me
divertía con la posibilidad de escuchar esa explicación—. En realidad, me
confiaron que no sabían: que había sido el proyecto de unos estudiantes de
ciencias que se habían ido a la Universidad en la capital, y regresaron con esa
idea, pero ellos, la pareja de ancianos, no entendían bien de qué se trataba,
pero me hablaron de algo sobrenatural: algo que respira cerca de la vieja
estación de tren.
Aquella afirmación inflamó en mi mente una
intriga que pronto invadió todo mi cuerpo: tenía que conocer de qué se trataba.
Naturalmente me despedí de la pareja de ancianos deseándoles una linda tarde y
deambulé por el pueblo preguntando a los habitantes por “aquello que respira”.
Había quienes me aseguraban no saber de qué les hablaba y se despedían
rápidamente. Otros, amablemente me decían que yo estaba en un error: que
aquello que respira, y que yo buscaba con curiosidad, no existía realmente: que
lo que yo buscaba era algo mágico, intangible, metafísico… Que escapaba a las
estrellas y sus lejanos sistemas planetarios: me hablaron de una energía
cósmica, universal, que había decidido habitar en el pueblo. Pero todos,
indudablemente todos, me dirigían a la vieja estación, a donde yo había llegado
por la mañana. Recordé que, en efecto, cuando bajé de ese tren, la temperatura
era menor a la del resto de Udaondo. Recordé también ese sonido como de un ser
que respiraba: la sangre me heló el cuerpo… Ya no sabía si quería ir a
investigar.
Una muchacha rió a mi lado, y me dijo que
no tenía de qué preocuparme: que podía ir a mirar, mientras se quitaba su casco
y me miraba con unos ojos que me indicaban que yo le inspiraba una especie de
gracia y curiosidad. Su semblante y su recomendación, me dieron la confianza de
seguir. Llegué a la estación, pero no hallé indicios de algo que respira, ni de
energías cósmicas o sobrenaturales… Lo que sí sentí fue un ambiente muy
agradable: no hacía frío, no hacía calor… La oficina con el correo seguía como
si el tiempo no pasara: el paquete de la muchacha que nunca recogió, las
tarjetas de ahorro, el mapa de los ramales de ferrocarril, las paredes blancas
con los marcos verdes…
Estaba disfrutando de mi visita cuando
claramente escuché la exhalación de un aire tibio que en seguida fue absorbido
por algo… O alguien… Provenía del tanque de agua. Salí con pasos trémulos que
no podía controlar: yo no quería asomarme, no quería averiguar, no quería
saber… Pero seguía caminando, como si mi andar estuviera fuera de mi control.
Llegué al tanque de agua, subí y hallé en
lo alto, sentada en la banquita de madera, a una niña que dibujaba una especie
de criatura que cantaba, mientras me recibía con una sonrisa. Noté que tenía
puesto un casco similar al de la muchacha que me había animado a venir, de un
material rugoso, como de arcilla.
Enseguida la niña me dijo: “El ser que
estás buscando, no existe, pues no es él quien respira… Ahora que la energía
cósmica, tu única esperanza en estos momentos, pues… Entra por tu propio pie y
mira”.
Noté que había una compuerta, la cual
estaba abierta: bajé y conforme lo hacía, la oscuridad se desvanecía: cada
peldaño era claro, las paredes a mi alrededor y la ausencia de algo más…
Escuché con nitidez la respiración tibia y cómo esta era sorbida de inmediato.
Comencé a darme cuenta de que el tanque de agua estaba hecho de la misma
arcilla que el par de cascos que tuve la oportunidad de ver. El temor me había
abandonado, pero ahora se apoderaba de mí un profundo vértigo: llegué al final
de las escaleras y era innegable la presencia de una respiración tibia y
húmeda.
Miré los engranes y la maquinaria que
descansaba al interior del receptáculo en el que me hallaba: tampoco había duda
de que ese era el centro de control de todo el mecanismo que vi en el pueblo.
Seguí con la mirada las conexiones y descubrí una caldera que en un periodo
regular liberaba la presión del vapor de agua, accionando el engranaje como si
se tratara de una red nerviosa: a cada presión liberada, un vaho tibio llenaba
las paredes dentro del “tanque” y apenas sucedía, cuando los muros arcillosos
absorbían el calor desprendido generando una contracción de la estructura que
me recordó a las vibraciones de las redes atómicas, aquellas que, según se
explica, liberan al entorno la energía cuantificada en cada expansión y
contracción de la materia. Cuando ocurría eso al interior del tanque, las
paredes brillaban, todo era claro y podía percibir el canto de la niña…
Entonces escuché también la voz de la muchacha diciéndome:
“el mundo natural es
más interesante que tus fantasías: deja las explicaciones metafísicas para la
gente que es incapaz de sorprenderse con lo cotidiano, con el pasto, con el
aire, con los animales... Como ocurre aquí en Udaondo: las personas viven su
asombro cotidiano sin buscar explicaciones sobre la complejidad del mundo o las
lógicas del Universo”
El vapor se liberó de nuevo.
No hubo sobresalto esta vez.
Observé el ciclo completo: la presión
acumulándose, la válvula cediendo, el flujo caliente expandiéndose por la
estructura… y la respuesta inmediata de las paredes. La arcilla absorbía el
calor y, con ello, algo más se propagaba a través del sistema.
No era una presencia.
No era una entidad.
Era un proceso.
El canto de la niña apareció otra vez, pero
ya no como algo externo. Reconocí el patrón: no era sonido transmitido por el
aire, sino una forma de señal que encontraba en mi mente un modo de
organización.
—No escuchas —dijo—. Interpretas.
La frase no llegó como voz. Llegó ya
comprendida.
Miré de nuevo la maquinaria. Nada oculto.
Ninguna voluntad detrás. Solo transferencia, transformación, acoplamientos
entre materia y energía física operando.
Subí las escaleras. La luz de la tarde caía
sobre la glorieta. Varias personas estaban sentadas en las bancas, traían sus
cascos: la pareja de ancianos, la muchacha, la niña y otros más. Nadie parecía
estar hablando. Sin embargo, algo circulaba entre ellos.
No había gestos ni palabras, pero era
evidente la coordinación: sonreían en momentos precisos, alguien negaba con la
cabeza antes de que otro cambiara de postura, una risa se propagó sin sonido,
expandiéndose como una onda breve y contenida.
Me senté en la banca sobre el tanque de
agua. Durante unos segundos no ocurrió algo. Luego, sin transición clara, una
idea que no era mía tomó forma:
—Siempre llegan pensando lo mismo.
Otra respuesta, distinta en tono:
—Es normal. Les enseñaron a buscar misterio
donde hay mecanismo.
La muchacha me miró, apenas divertida.
—¿Y ahora?
No movió los labios.
Miré el pasto, las estructuras metálicas a
lo lejos.
No había nada que descifrar: habían hallado
la manera de convertir la energía liberada en forma de calor, en una señal
absorbida por ese material de arcilla que la convertía —transducía, según me
corrigió la niña dentro de mis pensamientos— en información propagada por la
arcilla hacia estímulos eléctricos que podían volver a ser transducidos en la
corteza cerebral: habían desarrollado una telepatía arcillosa —rieron en el
pueblo ante mi nomenclatura— alimentada por la entropía termodinámica.
—Ahora ya no —respondí.
La conversación continuó sin palabras,
integrada al ritmo cotidiano del pueblo, tan natural como el viento entre las
hojas o el calor que aún se disipaba lentamente en los diafragmas de arcilla.
*por hugo
ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com.
Coyoacán. México.
-Próxima estación:
LOMA
VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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