VIAJANDO EN SOPLOS INVISIBLES DEL AIRE
*Buster
Keaton en “El maquinista de La
General”
-Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Buster_Keaton_on_the_cow-catcher_in_The_General.jpg
EL OJO DE HORUS. *
Dicen los que saben utilizar las antiguas
palabras que el tiempo y el fuego son casi lo mismo. El tiempo tiene la
voracidad del fuego. Avanza dejando cenizas a su paso creador de pasados.
Antes que el Ojo de Horus borre toda su
memoria por ser “nostalgias ineficaces” para el presente, puedo tratar de
resguardar en un respaldo físico la información que será suprimida.
Es una tarea infinita e imposible, pero al
menos guardare algo del origen de la estación experimental Berra.
“Los trenes, como el tiempo y la marea, no
se detienen para nadie” Lo escribió Julio Verne, y en esta geografía desolada
alguna vez hubo una estación de trenes, tenía vías de acero, vivían pobladores,
los trenes llevaban personas de una punta de rieles a otra pasando por este
sitio de la pampa argentina de aquel entonces.
Quiero pensar que -como dejo escrito
Kalman- uno de los creadores de la precursora estación experimental que aquella
era la vida verdadera para el ser humano.
La historia del mundo humano si tiene
lógica dialéctica no es de lectura diáfana, va a saltos donde se pierde el hilo
donde se tejen acontecimientos y consecuencias.
Voy a la analogía de hechos históricos, veo
al lejano emperador chino que ordeno murallas y decidió quemar todo pasado
escrito. El ojo de Horus no construirá murallas ya que no son útiles para el
dominio territorial. Simplemente borrara toda la información de lo pasado por
ser “innecesaria”. Es obvio que con la robotización de los seres ya no son
necesarias las murallas. Intento explicar de un modo torpe lo que sucedió
lejanamente. Primero de afianzaron los logaritmos, se descubrió que eran más
confiables que la publicidad para orientar conductas y emociones de la
población. Se delegó un poder impredecible en la llamada IA, la precursora del
gran ordenador global. La concentración acumulativa de poder y saber llevo al
Ojo de Horus al dominio del mundo terrestre.
La estación situada en Berra es un
minúsculo poro del gran Ojo, su misión es comprobar o verificar con
experiencias concretas el saber del ordenador central. Los egipcios llamaron al
Ojo de Horus o Udyat, “el que está completo”. Aquello que fue conocimiento
ancestral de la humanidad fue apropiado por el gran ordenador global.
Sigo intentando explicar lo irreversible
con frases de Verne: “todo lo que alguien pueda imaginar, otros lo podrán hacer
realidad”
Foucault ya enunciaba al “poder, saber y
verdad” como inseparables en sus efectos de dominación.
Salir de los inestables ciclos del
capitalismo, intentar regular la devastación de la especie humana sobre el
planeta, evitar la autodestrucción del planeta por las guerras de egos de los
dictadores, todo fantástico bien imaginable nos fue llevando a este orden
monstruoso de un imperio dominado por el Ojo de Horus.
Ustedes, habitantes del remoto pasado cuya
memoria se destruirá en breve para siempre, piensen en el devenir y si pueden,
traten de cambiarlo.
*Por Eduardo
Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
VIAJANDO EN SOPLOS
INVISIBLES DEL AIRE.
-TEXTOS DE
Eduardo Francisco Coiro.
HOMENAJE A PICHON
Al
Doctor Enrique no le gustaban mis monólogos existenciales. Por momentos parecía
perder la paciencia: “Te atiendo porque sos nieto de polacos, pero no me digas
boludeces...” de tanto en tanto remataba su enojo con algo sacado de un manual
de frases hechas "hacete cargo de tu vida".
Era el segundo paciente de la jornada. El
primero -Marcelo- subía con el doctor en Puente Alsina. En la estación Libertad
bajaba Marcelo y subía yo. A veces intercambiábamos breves comentarios como
forma de saludo.
Marcelo era un tipo con ojitos chiquitos
hundidos en el miedo. Una vez me preguntó: ¿Cuál es tu tema?
-La reparación... Dije sin pensar, como me
salió.
¿Y el tuyo? -Pregunté
-El acompañamiento… -Respondió mientras se
perdía entre la gente que estaba en el andén.
Mi sesión duraba hasta Enrique Fynn. Eran
45 minutos.
En Fynn bajaba y no subía ningún paciente.
Aprovechaba el resto del día para ir a
visitar la chacra de mi tío que vivía entre patos y gallinas, pero se
consideraba un inventor.
Para mí el doctor era un loco chiflado,
pero socialmente era considerado como una eminencia a la que le estaban
permitidas esas excentricidades como atender arriba de un tren.
Me ganó como paciente aquel día en el que
le conté que quería escribir una novela a partir del tío chacarero e inventor
aficionado. Su obsesión era diseñar todos los aparatos imaginables a cuerda,
con mecanismos y engranajes parecidos a los de relojería para evitar usar
electricidad. "Cuando la electricidad no pueda pagarse se van a acordar de
mis inventos" Se justificaba el tío Slawek.
Sin mediar palabra, Enrique fue caminando
como un robot o más bien como una marioneta por el pasillo del vagón. Cuando se
volvió a sentar frente a mí dijo: "No te olvides de incluir un psiquiatra
a cuerda"
Aquella risa compartida me convirtió en
paciente feliz y en alguien con quien el doctor se permitió hablar de él.
A los 17 años -recién ingresado a la
carrera de medicina- trabajó en el prostíbulo de una famosa Madame.
-Eran chicas polacas bellísimas -dice con
sus ojos tirando chispas- Enrique les enseñaba francés. Ellas le enseñaban a
amar. Años después declaró en un reportaje que fue "instructor de modales
en un quilombo”. Allí conoció a Agnieszka, más que bella era aquella ternura
que no se olvida, que se acrecienta cada día más y más. Un hada que predijo su
futuro de especialista reconocido. Del lupanar se fue cuando contrajo una
neumonía.
“La
locura es como la muerte pero reversible” Esa idea lo sacó de la medicina. Lo
llevo a psiquiatría.
En un anotador tenía los horarios del
Midland e intercalados cuales eran los pacientes que atendía. Ahí supe que el
doctor atendía 9 pacientes en cada viaje y que su jornada terminaba en Carhué.
Cada tanto, como para no olvidarlo repetía en imprenta “quien se entrega a la
tristeza, renuncia a la plenitud de la vida”.
Guarde ese anotador donde además de frases
figuraban sus días de atención de pacientes en aquel tren con el detalle de
estaciones en las que subían. Cuanto tiempo duraba la atención. Enrique sabía
que los horarios del Midland eran de una puntualidad inglesa por eso podía
confiar la duración de las sesiones al tiempo estipulado de viaje entre una
estación y otra.
En Carhué tenía una amante pelirroja con la
cual cenaba y compartía lecho en el hotel.
Aquella vez, cuando estaba por bajar en
Enrique Fynn me tomó del brazo para dejar al aire un deseo:
-Cuidame al pueblo de mi otro Enrique.
Cuando me retire voy a comprar allí un campito. Quiero vivir tranquilo. Estoy bastante
cansado de la gente... “Seré domador de caballos”.
PASTO PARA LAS
HISTÉRICAS
No tenía un buen minuto. Hacía una semana
que me habían liberado de un campo de concentración de la dictadura. Caminaba
aterrado de que me volvieran a meter adentro.
Sabía de memoria que tenía que tomar el
tren en La Plata y el nombre de la estación en la que debía bajar. En un bollo
de papel tenía la dirección de la casa de los viejos de Eleonora. No tenía un
buen minuto, si me paraban en la estación los milicos solo por la cara de miedo
o preguntaban porque iba a ir a un lugar en medio del campo no sabía ni que
decirles, O la verdad: mi novia está secuestrada, voy a avisarles a los padres
que sigue adentro. Sólo tenía decidido tirar el bollo de papel si veía tipos de
uniformes pidiendo documentos, el resto era la mente en blanco o peor aún:
llevar las imágenes y el olor de la mazmorra que seguía impregnado en mi
cuerpo.
Pero no fui. Apenas vi el edificio de la
terminal del Provincial con un Falcón verde estacionado pegué la vuelta. Me
quede en casa encerrado durante meses. Como un buen niño de casi 18 años
obedecí el ruego de mis padres de estar bajo su mirada protectora.
Después vinieron la universidad, la beca
para irme a Estados Unidos. Allá estoy. Establecido en Bonita un pequeño pueblo
de California y con un buen trabajo.
Supe años adelante que Eleonora estaba
viva, que había egresado de su carrera. También se había ido del país.
Trabajaba para un organismo internacional en un programa para el rescate y la
protección del orangután en Tailandia. como si el tiempo no hubiera pasado. Es
Eleonora y su rostro de niña riéndose de cualquier pavada incluso de mis
chistes malos.
Un día, -de la nada- dijo: -vos sos pasto
para las histéricas.
No hubo otra explicación de ella ni
preguntas de mi parte -solo un pequeño silencio- luego seguimos leyendo el
texto de Pitirim Sorokin cuyo nombre
y apellido nos generaba risueños malentendidos.
Pero lo de "pasto para las
histéricas" quedo inamovible, tantas otras cosas fueron a parar al abismo
o al olvido, pero aquella frase no. Como un gran enigma sin solución o una
profecía.
Una vez, ya instalado en el centro de
investigación y desarrollo genético, propuse la idea de modificar el pasto para
lograr una leche vacuna con propiedades para cambiar o suavizar la histeria tanto
de hombres como de mujeres. Mis colegas se rieron largamente, estaban
acostumbrados a mis chistes, ni consideraron la posibilidad. La idea quedó
asociada al recuerdo de Eleonora porque creo en las ocurrencias imaginativas
aun sean delirantes como fuente de inspiración del conocimiento científico.
Ahora voy a intentar reparar esa historia
que sigue clavada como una astilla de dolorosa culpa en mi cuerpo. Y verla a
Eleonora, dando una charla sobre su experiencia en la preservación del
orangután. Es en la ciudad cabecera cercana a su pueblo natal. Darle un abrazo.
Nos reiremos –si lo recuerda- por lo de "pasto para las histéricas".
Ya saqué el ticket, el tren sale de la
terminal del Provincial en la ciudad de La Plata con el curioso nombre de
"El amante ingenuo y sentimental"
LLEGAR AL FUTURO
El tío abuelo de Kalman bajó de "El
pampeano" en Polvaredas a las 0.35 de un viernes. Al día siguiente era su
cumpleaños.
Unos minutos antes el tren había salido de
la estación Atucha. El tío no podía conciliar el sueño. Miraba por la ventanilla
ese cielo tremendo tan diáfanamente estrellado. Tan derramado en estrellas
sobre un campo que se parecía al infinito.
El tío tenía como objetivo ver loteos
pasando la estación 9 de julio. Había sacado pasaje a Mirapampa, aunque pensaba
bajarse donde viera anuncios de lotes en venta. Como en un parpadeo se borró la
continuidad del paisaje de cielo a campo que venía admirando. Cuando abrió la
ventanilla recibió el golpe de una densa nube de polvo en el rostro. Era polvo
con brillos -como de luciérnagas- que se encendían y apagaban velozmente.
Quizás era polvo de estrellas que impactaban en una velocidad incalculable en
relación a la marcha del tren.
El tío se atemorizó. Cerró la ventanilla.
Pensó que quedaría ciego, tras unos instantes su vista se volvió normal. Afuera
la nube oscura con brillos siguió unos instantes más. La noche estrellada de
nuevo, ni rastros de esa polvareda. Fuese lo que fuese lo que había rodeado al
tren había desaparecido.
Miró al interior del vagón, vio pasajeros
que dormían u otros que no habían notado nada anormal en ese transcurrir del
tren.
Algo que no supo explicar bien le dijo que
tenía que salir de ese tren lo antes posible. En la primera estación en que se
detuvo el tren tomó su pequeña valija y bajó. Casi al pie de los peldaños vio
dos hombres que se aprestaban a subir. "No suban. Este tren esta
maldito" les dijo con ojos seguramente desorbitados por el miedo.
No sabe si les hablo en un español que no manejaba bien o en su lengua madre polaca.
La cuestión es que los tipos lo miraron
como si fuese un borracho trasnochado y subieron por los mismos peldaños que el
tío había pisado segundos antes para sentir la solidez del andén.
El asombro del tío siguió cuando al verse
en el espejo de la sala de espera vio su cabellera tiznada de polvillo. Se
sacudió para quitar la polvareda y descubrió sus pelos poblados por canas que
no tenía al subir en La Plata.
Lo asombroso -según Kalman- es la
flexibilidad demencial con la cual su tío abuelo se adaptó a una situación
totalmente impensable.
Se estableció un tiempo en Polvaredas,
busco trabajo en un campo cercano. Decidió no decir ni palabra de lo ocurrido
en ese tren.
Años después de bajar en Polvaredas el tío
reencontró a su hermana menor con marido e hijos recién instalados en la
Argentina. Hartos de guerras y miserias humanas arribaron a Ensenada, última
referencia que tenían por una antigua carta donde el tío les dejaba un
domicilio. No esperaban encontrarlo con vida. A ese tío abuelo además de
llegarle familia le llovieron lágrimas, abrazos y reproches.
Las lágrimas se secaron con el paso de los
meses, los abrazos se aflojaron por costumbre, pero los reproches de su hermana
siguieron y hasta se hicieron encarnizados. El tío escuchaba todo sin enojarse
ni justificarse.
- ¿Por qué no contestaste las cartas? -Papá
y mamá murieron sin tener noticia tuya, pensaron que habías muerto o lo que es
peor que no te interesaba saber nada de tu familia.
Un día, quizás cansado de visitar a su
hermana en la casita de Ensenada para recibir ese clima tenso de reproche en
los silencios. De no poder ni sostenerle la mirada. El tío abuelo de Kalman
habló. Llevó una valijita de cuero rígido - la misma con la que había subido al
tren aquella noche en la terminal de La Plata y la abrió.
Primero puso sobre la mesa un pasaje de
tren: que decía La Plata - Mirapampa fechado claramente el 24 de septiembre de
1917.
Ese día fue un lunes -se extendió en un
detalle al que nadie le dio importancia-
Luego puso un ejemplar del diario La Nación
sobre la mesa con la misma fecha.
-Estuve viajando adentro de ese tren 30
años. Seguí con mi vida como pude o mejor aún -aclaró-: agradecido de no seguir
allí adentro vaya a saber por cuantos siglos más. No le creyeron. Era como
decirles que las hojas alguna vez fueron plumas. Que lo trataran como un
mentiroso absurdo generó una pelea familiar que duro un tiempo.
Muchos años después Kalman recibió de manos
de su tío las únicas pruebas de no haber faltado a la verdad aquel día con su
familia. El pasaje del tren y ese diario donde se leía entre las noticias
destacadas que el ministro de defensa Elpidio González solicitaba el estado de
excepción para enfrentar la huelga ferroviaria de 1917.
La madre de Kalman, sobrina menor del tío,
siempre le creyó. El misterio de los 30 años fue algo que Kalman reconoció como
fuente iniciática de dos vocaciones: tanto de investigador científico como de
escritor vocacional. Si hubiese sido una verdad comprobable la experiencia del
tío merecía ser relatada en "Física de lo imposible". Si era una
mentira urdida para encubrir su desapego a su gente era un portal a literatura
pura.
En sus indagaciones Kalman encontró unos
pocos elementos a favor de la historia tal como la relataba el tío: No había
ningún rastro de su permanencia en esas tres décadas previas a establecerse en
Polvaredas, de 1917 a 1947 no había nada de nada. A pesar de estar encanecido
era inusualmente joven por tener los años que tenía. Los que lo conocieron en
esa época posterior a su viaje en tren no le daban no mucho más de 30 y pico de
años.
Ya ostensiblemente viejo, hablaba mucho de
su infancia en aquel pueblo de Europa central del cual partió antes de llegar a
la edad necesaria para ser convocado al servicio militar. Su padre carpintero
quería un futuro militar en la familia. Más aun siendo el hijo mayor. Una vez,
caminando con su padre por el bosque mientras iban a elegir un roble para
hacerlo madera de mueble. Su padre lo obligo a marchar delante de él como lo
hacen los soldados. El tío era apenas un muchacho de 14 años que intentó
cumplir de mala gana. Esa falta de vocación enfureció a su padre que comenzó a
patearle los talones cuando no marchaba correctamente llevando la punta del pie
bien alto. Así. A pataditas correctoras tuvo que marchar hasta retornar a las
afueras del pueblo donde seguramente por vergüenza su padre suspendió la
instrucción de marcha para su futuro militar al servicio del imperio.
Desde aquella tarde detestó para siempre a
su padre, a los militares, al imperio austrohúngaro. Ese día empezó a gestarse
su idea de irse bien lejos donde no hubiera ni imperio ni guerras ni un padre
que esperara tener un buen hijo militar en la familia. Así fue. Dos años antes
del comienzo de la primera gran guerra dejó una nota "me voy, ya escribiré
cuando este establecido"
***
Kalman siguió indagando en lo sucedido con
su tío abuelo hasta que dijo que ya era el momento para aceptar lo inexplicable
en esta historia de su tío. Era muy pobre como explicación decir que había
sucedido una anomalía en el espacio-tiempo. Que su tío abuelo había sido un
testigo privilegiado cuya mayor maravilla era haber desplegado una enorme
fuerza psíquica para adaptarse, como el mismo decía a "esa gran patada al
futuro" que había recibido.
En esos 30 años en el tren evitó enterarse
del final de la primera guerra. De la guerra civil española. De la segunda gran
guerra. De tremendas e increíbles matanzas. El siglo XX se desplegaba en
horrores. Su pueblo natal fue devastado. Hijos y nietos de sus vecinos fueron
enviados a campos de exterminio por los nazis.
De última, cuanta gente que vivió realmente
día por día todos esos años que el tío abuelo pasó por alto adentro de un tren
dirán si les preguntan que todo paso muy rápido. Que 30 años de vida fueron
parpadeos. Unos pocos suspiros. Kalman
sintió eso al cumplir 65 años cuando decidió abandonar las investigaciones
teóricas que había intentado construir obstinada e inútilmente por años. Hasta
una vez -ridículamente- llevó un diente de su tío a un científico colega para
hacer una prueba con isótopos de estroncio y así intentar rastrear las
geografías por donde transcurrió la vida del tío en esas décadas adentro del
limbo.
Le quedó una imagen grabada por otras
tantas que irán al olvido. Era fin de
año. Cuando todos estuvieron de acuerdo con el reloj en que indudablemente
comenzaba un año nuevo. El tío -que ya era un ancianito sin dientes- levantó la
copa de sidra y mientras la hacía chocar en el aire con otras copas pidió con
su voz perdida entre otras voces:
“Sean felices, ustedes que viven en su
propio tiempo”
EL ORIGEN DEL
NOMBRE
Estábamos en el patio de la escuela
industrial sentados sobre el banco de madera que se armaba en el taller de
carpintería. Esteban sobre su banco que tenía el número 42 le daba cuerda al
reloj Tressa que su abuelo le había regalado en vida. Por alguna cuestión que
nunca quedo del todo esclarecida Esteban tenía desdibujados a sus padres.
Especialmente a su padre que no existía en su hablar cotidiano. Él hablaba de
sus abuelos que vivían en el campo, en un lugar que imaginábamos lejano al
nombraba así "viven en su chacra allá en Km.". Mucho después supimos
que se refería a Km 55 que para el ferrocarril era un modesto apeadero que
utilizaban unos pocos vecinos del lugar.
Fue Kalman, siempre curioso, el que
preguntó a Esteban por el origen de su nombre.
-Por mi abuelo materno "Stephen
Randall Burkett" dijo con el gesto corporal de orgullo como si hablará de
un prócer.
Y era tal cual, para Esteban su abuelo era
un héroe de los tantos que vinieron al país a trabajar. "y sudar la
camiseta" Trabajaba en los talleres Libertad del antiguo Midland. Se
jubiló unos meses antes que la dictadura de Onganía cerrara los talleres y
fuese esto el principio del fin del tren.
La historia que le fluía a Esteban
contarnos era más remota. Su abuelo había nacido en una zona rural de
Inglaterra cercana a Escocia. El abuelo se consideraba escocés, aunque los
mapas que Esteban dibujaba en el aire y nosotros no entendíamos confirmaban que
el pueblo más cercano Kirkby Stephen quedaba en Inglaterra.
-Seguro que lo llamaron a tu abuelo
"Stephen" por el nombre del pueblo dijimos en coro.
Aquel pueblo tenía tren. Él lo usaba para
ir a estudiar a una escuela técnica especializada en máquinas ferroviarias. Su
abuelo Stephen llegó al país en 1938 para la adaptación de los trenes
Birmingham que eran una maravilla tecnológica para aquella época.
El abuelo era un técnico especializado de
los talleres de Libertad, iba y venía con un impecable traje negro. Así como en
uno de esos azares mágicos e increíbles Esteban nos regaló como se conocieron
sus abuelos. Su abuela Ligia nacida en un pueblo de Alessandria era corta de
vista y tan despistada que se sentó sobre el abuelo Stephen con su traje negro
como si fuese un asiento libre. Imaginar esa situación y un después inmediato
entre el escoses y la italiana que hablaban en sus propios idiomas era digno de
película romántica.
Esteban fue testigo de un ritual que
tenían. Cuando levantaban la voz en alguna discusión. Al rato -para acercar la
intransigencia- la abuela Ligia se levantaba de la mesa, la bordeaba y se iba a
sentar sobre las piernas de Stephen. "Para que no olvides como
empezamos" decía ella con un tono dulce de voz.
-Al menos ahora no te levantas como un
resorte a los gritos. -decía él.
Se miraban: Reían como niños.
EL NAUTILUS A GOYENECHE
“Soñé que el Nautilus seguía en el taller del
Moncho, que allí estaba abandonado, que ni Gino ni el tío Nicolás lo habían
retirado, que por lo tanto nada había sucedido, que el tiempo y sus
acontecimientos se quedaron suspendidos allí mismo, cuando el futuro aun sería
unos soplos invisibles de aire por respirar y nada había escrito…”
1. soplos invisibles
de aire
Cuando el tío Nicolás descubrió al Nautilus
en una calle olvidada de Lanús oeste sus vendedores le dejaron una frase que
interpretó como una apurada del tipo no demores que lo vendemos, le dijeron:
“vos crees que tenés todo el tiempo del mundo”.
Fue una enseñanza existencial.
2. La utopía
El nautilus era la perfección del deseo:
podía adaptarse a casa rodante, o colectivo de viajes de turismo o pesca. Para
lo que fuera se veía bello como la utopía de la libertad. “hasta recorrer la
ruta 40 completa no paramos”
Nicolás ya no trabajaba en el negro humo de
la fábrica de neumáticos.
Hacía cobranzas en su moto tehuelche.
Llevaba unas antiparras que desataron la imaginación de los amigos de Eduardo.
“ahí viene el mariscal del aire”.
Claro que el Tío no tenía dinero para
cumplir el sueño del pibe ya muy grande.
3. Proyecto Nautilus
-según Kalman.
El tío de Eduardo no tenía dinero para
comprar al Nautilus y menos aún para invertir en ponerlo en marcha. Ahí entro a
la historia el Gino su vecino del barrio La Huella. El Gino llegó por un enredo
pasional. Aintza mujer del tío tenia de vecina cercana a una bella joven cuyo
nombre era único e irrepetible: Blancanieves.
El proyecto Nautilus lo apasiono tanto o más para ganarse el afecto
inalcanzable de la más hermosa muchacha de Llavallol. El tío y Aintza eran el
arco iris para la ilusión que no se lograba con piropos al paso.
Gino le decían porque era un italiano
pícaro como Gino Renni, pero su nombre era poco usual: “Egidio” aunque en aquel
Llavallol de migrantes abundaban los nombres únicos como el mío: Kalman.
El Gino regateo el precio todo lo que pudo,
pero pagó lo que le pidieron por el Nautilus. Contrató a un gestor para
averiguar si tenía problemas de multas y puso al submarino con ruedas a su
nombre.
De allí fue directo al taller del Moncho.
Había que hacer de todo en mecánica, algunos parches de carrocería y un
capricho que estaba dispuesto a pagar: colocar debajo del chasis enormes
tanques flotadores para que el aparato no solo fuera por las rutas sino pudiera
entrar a un lago apacible del sur como barcaza.
4. El espíritu de las
profundidades
-Según Esteban-
Para los muchachos del industrial,
Llavallol era el ombligo del mundo.
Créanme que las historias personales que
escuchamos fueron y serán la continuación casi perfecta de mitos o canciones
infantiles.
Al Don
Al Don
Al Don Pirulero
cada cual, cada cual
que atienda su juego,
y el que no, el que no
una prenda tendrá.
Cada cual hace lo que puede con sus
mandatos inconscientes. El verdadero juego que hay que atender. Por eso la
historia de Egidio y Blancanieves, (o Gino y Blanca como se hacían llamar para
el barrio) se sostiene en la opacidad.
Eran jóvenes, buscaban su lugar en el
mundo. Como dejó escrito Jung el
espíritu de las profundidades buscaba su senda para manifestarse. Con el amor, con malentendidos entre el deseo
y la comunicación, arriesgando tener una prenda mientras cada cual atiende a su
juego
5. El viaje inaugural
Ya no era la ruta 40 sino un objetivo
posible y modesto en el interior cercano. Elegir fue un juego: cuatro lápices
de colores, un mapa extendido de la provincia de buenos aires. Cerrar los ojos
y marcar una zona. Luego se sortearon los colores. Aintza con lápiz azul. Blancanieves con verde. Gino con rojo y
Nicolás con violeta.
El bollito de papel lo eligió Blanca. Era
el azul.
Que decía el punto marcado en el mapa:
“Goyeneche”.
¿un pueblo homenaje al polaco Goyeneche?
Aintza recordaba haber leído el nombre en
un letrero de la ruta 215 camino a Monte.
Vamos -dijo Gino. Si no podemos acampar
allí seguimos a la laguna de Monte. Por las dudas en el camino día pararon en
La Fortuna de Udaondo y se aprovisionaron de salamines, queso de campo, pan.
6. Música en viaje.
-según Eduardo.
Sí. Aquel presente de época era para Palito
Ortega y Sandro.
Sin embargo, el pasado tanto como un futuro
inevitable ya estaban escritos en “Naranjo en Flor”
El tío tenía muy presente la voz dramática
del polaco Goyeneche. Gino quería que su Blancanieves escuchara la versión
moderna de Horacio Molina.
“Era
más blanda que el agua, que el agua blanda.... Era más fresca que el río,
naranjo en flor...”
Gino le tomaba la mano a Blancanieves
mientras escuchaban, aunque el cambiaba “blanda” por “Blanca” suspirando un
amor bien desafinado el Gino.
“Primero hay que saber sufrir, después amar,
después partir y al fin andar sin pensamientos...”
Para todos, para cada cual llegaría un futuro
insondable en el que la vida sería un pájaro sin luz.
7. La noche
Al recuerdo del tío
Nicolás.
La estación estaba cerrada, no había nadie,
ni rastros de población. Hicimos un fueguito entre las vías, para alumbrarnos,
calentar la pava y a tomar unos mates antes de ir a dormir en el submarino
rodante. El Gino y Blanca estaban acaramelados. Nos miramos con la vasca: vamos
a darles la cama grande a los novios.
A la medianoche se escuchaban los grillos
de la intemperie. Blanca y Gino no terminaban nunca de jadear. Entonces sucedió
algo mágico e inexplicable. Se escuchó una melodía de flauta, repetida, una y
otra vez la misma… “el mismo Dios desde la oscuridad quiere que escuchemos
esto” dijo Aintza. Hacia el oeste, donde terminaba el andén desde un frondoso
cañaveral partía el sonido, por cierto, parecía una señal para aprender.
Nos dormimos abrazados sentados en los
asientos de adelante mirando al cielo derrumbado en estrellas. Cuando despertamos al primer amanecer solo
soplaba el viento.
De Gobernador
Udaondo a La Fortuna.
La mordida feroz de la
melancolía.
Aquel viaje a la península de Valdés con un
Renault 12 que parecía volar sobre el ripio de la ruta. La acelerada para
superar a ese “camión” que nos dejaba sin visión e iba a más de 100 km. La
sorpresa del Eduardo que manejaba cuando vimos que pasábamos dentro de una
polvareda de viento viajando a esa velocidad, el alivio de que no chocamos con
algún vehículo mientras pasábamos a ciegas atravesando esa nube.
Llegamos. Renault 12 estacionado, adelante
un precipicio que el recuerdo no deja de agigantar. Teníamos pasacasete, se
escuchaba a Jorge Cumbo quedó ese estribillo “la felicidad una extraña flor
difícil de encontrar”. Abajo una playa corta con lobos de mar. un infinito por
horizonte. Cada tanto las ballenas y su chorro de vapor. las ballenas y la
profundidad: Esteban que dijo enigmático: “hay que reconocer lo que nada bajo
la superficie”
Algo me hace reunir al encanto efímero de
cada flor con las ballenas. La verdadera naturaleza y sus ciclos que la
sociedad humana se obstina en negar y destruir.
De aquel viaje solo Kalman y yo estamos
vivos.
Desde el laberinto.
Para ese entonces ya había perdido el rumbo
emocional, no es raro. La melancolía es un arma fuerte que si dispara desde el
silencio al silencio daña. Quien pudiera desentrañar cada misterio pequeño de
la vida cotidiana. Esteban diría que las personas como yo viven a destiempos.
Que la neurosis incluye que los recuerdos se adueñen del tiempo presente.
En una ráfaga de viento frio pensé en
personas que no pueden superar duelos y ausencias. Que tejen su vida con la red
incompleta de sus defensas. En eso, sin poder explicarme mejor.
Inminencia de una
revelación
Entonces decidí escribirle al amigo.
Al toque llegó una respuesta de Kalman por
WhatsApp.
“anda a verla a Merlina, atiende en “La Fortuna”
cerca del pueblo de gobernador Udaondo.
Leo más tarde un correo de Kalman donde se
explica: en un viaje corto cerca de tu ciudad podrás vivenciar una demostración
concreta del efecto de energías en relación con el universo vital. No me gusta
utilizar rótulos porque predisponen a los prejuicios. Merlina es un prodigio
intuitivo. supera a una Czarownica eslava. Entiende al mundo presente como una
poesía de otras vidas. Tenemos la
experiencia de su convivencia en la casa que le alquilamos incluyendo al
fantasma de mi abuela. Créeme, aunque suene demencial, que mi abuela no quiere
irse de su casa y es feliz con la presencia de Merlina. Tuvimos otros
inquilinos que rompían el contrato a la primera aparición. Merlina y la abuela
Bogdana se entienden como si se hubieran conocido en otras vidas.
Merlina es Merlina porque sus padres se
inspiraron en la serie de los locos Adams... No en Merlín del que debería
provenir su nombre por ser la maga lucida que veras trabajar en La Fortuna.
Energías sutiles
Kalman de viaje por Polonia, él lo explica
así: mitad vacaciones y mitad curiosidad. No descansa el tipo, su curiosidad
científica va por el lado de las formas de circulación de energía vital que no
son reconocidas –aun- por la ciencia. Entre otros lugares “encantados” visitara
al castillo embrujado de Niedzica.
Busca con intuición una puntada inicial
para escribir hipótesis de trabajo. Lo guían –exploratoriamente- preguntas sin
respuesta convincente:
¿Cualquier forma de energía es un lenguaje
potencial a descifrar?
¿La empatía es una forma de energía sutil
que fluye sin palabras?
¿Cuál es el peso “real” del lenguaje que
construimos trabajosamente con milenios?
¿Las energías micro de las personas tienen
vínculo con la energía vital del universo?
Buscando al fierrito
oxidado.
Fui primero a la antigua estación de tren
de Gobernador Udaondo. La estación es una casa particular con una habitación
museo que guarda en estado original la oficina del jefe de estación. Con los
objetos de aquella época donde el tren era un pulsar colectivo donde latían
corazones que llegaban o partían. Pedí permiso para buscar un fierrito a la
familia que es propietaria de la estación. Dije –sin que las amables personas
me lo preguntaran- que buscaba un fierrito antiguo para un trabajo de mi hija
en su carrera de antropología. Intente describirlo dibujando una “L” me
aclararon “lo que usted busca es un clavo de rieles”
Almacén La Fortuna
El lugar que funcionó desde 1935 ha sido
remodelado con criterio vintage. Hay mesas para comer rico con un menú de
comidas tipo casera. Es tan amplio que permite salones algunos temáticos como
el llamado “Rosa Osa” por el Rosa Rosa de Sandro que perdió una letra aquí
mismo.
A Merlina le causo gracia que en el primer
encuentro le llevé de obsequio una bola de cristal. Con cierta pose de doctora
me pregunto si había traído “el guardián de hierro”
El guardián, nombre “mágico” del clavo de
rieles que encontré corroído por el óxido en las cercanías de estación Udaondo
es el elemento que limpia lo antiguo, lo remoto. Su efecto será afirmarse
plenamente en lo presente. La conversación fue de unos minutos, Merlina tenía
una agenda completa de personas y mascotas, me entero allí que también es
comunicadora multiespecie. Tome muy en serio lo que escuche de su voz: “lo que
decís y más aun lo que pensás produce realidades” aunque fui perdiendo durante
el viaje de retorno el hilo lógico que guiaban sus palabras.
“este es el año uno, un periodo de nuevos
comienzos, toma de decisiones valientes. Es una etapa para plantar semillas
para el futuro, desarrollar la propia creatividad.”
Volviendo a casa
Luego de la visita al almacén “la fortuna”,
sigo sin entender qué clase de conexión tiene Merlina con las energías vitales
del universo ni en que saber definible o reconocible sostiene su trabajo. He
visto como atiende personas que no están allí mismo de forma presencial. Quizás
con alguna conexión emocional o empática desconocida por mí.
Mientras tanto la indagación de Kalman
sobre las energías no reconocibles, lo que se mueve entre los seres y el
universo, lo micro, lo inmediato, lo que transcurre en lo efímero con una
mirada en empatía o antipatía, en las formas no conocidas de comunicación entre
especies. Lo que el lenguaje humano con sus velos y ocultamientos no resuelve
ni explica, y hasta diría que complica. Prometí a mí mismo volver a “La
Fortuna” para percibir con menos resistencia intelectual los efectos benéficos
de su conexión con energías reparadoras.
Experiencia Funke
Para que el ferrocarril provincial renazca
de sus cenizas había que generar estación por estación proyectos
“sustentables”. El arquitecto Ricardo Klepka logró ganar un concurso para la
estación Funke con el diseño de un observatorio astronómico. Había por cierto
una ingeniería financiera donde participaban organismos internacionales e
inclusive la agencia aeroespacial norteamericana.
Cuando la construcción de la obra en sí
misma estaba casi finalizada. El proyecto Fénix para el Provincial se cayó. El
tren no salía de la ciudad de La Plata. Y el gobierno del país había superado
el presupuesto inicial en gastos injustificados en consultorías.
Lo inconcluso como horizonte genera ideas
geniales y desesperadas.
El arquitecto convoco a su amigo científico
Kalman que trabaja en un centro de tecnologías múltiples de California. Kalman
trajo a Esteban y ambos a Eduardo por sus soluciones alternativas de bajo
costo, o “eduardadas”.
El observatorio era una cascara hueca. Ni
sillas para sentarse.
Entonces tuvieron largas charlas con mate
amargo.
Esteban trajo su frase de buen psicólogo:
“lo inconsciente jamás pierde la memoria”. Ese fue el reinicio. Si la
astronomía estudia la memoria del universo porque no enfocar en un desarrollo
científico que haga visibilidad de lo inconsciente.
Poder verse como en un filme. –Agrego
Kalman.
La recuperación de aquello que se oculta en
lo olvidado, pero tiene la fuerza tremenda de interferir en el presente podría
ser sanador para los traumas. Insistió Esteban.
La decisión era probar la máquina que
traería Kalman desde California y en la cual se viene trabajando con enormes
precauciones hace años.
La experiencia con la máquina lectora de lo
inconsciente era tan experimental como secreta. La caja llegó rotulada como
“Anteojo de polarización de luz. Equipamiento observatorio astronómico”.
Eran 4 pequeñas máquinas tan similares en
su apariencia a los anteojos de realidad virtual.
La prueba fue tan exitosa como dramática.
Los 4 abandonaron la experiencia a menos de 30 minutos.
La lectora no solamente removía e instalaba
en imágenes lo pasado, sino que anticipaba o ¿imaginaba quizá? El futuro como
parte de un guion instalado en lo inconsciente.
Eduardo dijo “horrorosamente bello”. Kalman
se vio como anciano solitario en su ciudad de Bonita. Sintió nauseas.
Klepka y Esteban vieron su muerte. Eso fue
demasiado para la experiencia Funke.
La decisión fue unánime. La potencial
reducción de la incertidumbre de la vida a casi 0, no sería avance al
conocimiento ni siquiera una curación de los traumas. La máquina de Kalman volvería
a estar escondida como una de las invenciones imposibles de circular por este
presente humano donde los avances –casi siempre- son mal utilizados por el
poder.
Los amigos cerraron la puerta, pusieron
candados. Que el Observatorio de Funke sea alguna vez un verdadero Observatorio
Astronómico.
La vida tan posible como irreversible en
cada cual los esperaba afuera.
LA EDAD DEL
HUMO
La foto de los galpones sin techo, donde se
guardaban las locomotoras.
Fotografía de la remota época donde el humo,
las neblinas y los tonos de gris en las películas se llevaban de la mano. Como su padre que lo llevaba de la mano con
el cigarrillo colgando de la boca, mientras se tomaba un descanso de su mundo
de trabajo donde casi todo era un “hacer” concreto.
Entonces el hombre volvió a ver otras fotos
de su padre, el cigarrillo colgante, esa fuerza de lucha que parecía imposible
de doblegar aún por el tiempo, ese gigante. En ese día que era el del
cumpleaños de su padre siguió pensando en esa época de la sociedad del humo,
donde en las fábricas se trabajaba. Donde el trabajo era tan visible como el
hollín en la ropa de los trabajadores. Usando esa vaga excusa para seguir con
su mente apresada en la feroz melancolía, el hombre se subió al tren con
destino a José Ramón Sojo. Sentía la vocación del paleontólogo que quiere
reconstruir al dinosaurio a partir de unos huesos enterrados. Quiso entonces
imaginar al ferrocarril y quizás al mundo de su padre y de muchos hombres como
su padre, desde ese edificio que en la foto son paredes sin techo, con cardos y
pastos crecidos en su interior donde antes descansaban las bestias negras de
panza de fuego que vio pasar en su infancia.
Como cualquier otro, el hombre teme a la
frustración y más aún al desencanto. Teme que ni siquiera eso exista, que la
ceremonia inconsciente que lo motiva ni siquiera pueda concretarse. Arrastra
demasiados caminos equivocados, y una edad en que la ilusión ya no lo lleva,
como acaso antes ocurrió, todos los días a deseos posibles.
Al menos, aunque no lograse realizar su
trabajo de resucitador de pasados fabriles, si la tormenta no amainaba, el
hombre esperaba al menos encontrar un bar en la estación para hacer notas en su
cuaderno de andanzas.
El tren y el viaje son un modo de suspender
algo y entregarse al azar del destino. Hay cosas muy locas, piensa, mientras
anota en su cuaderno la pintada que ve al bajar del tren con mirada de recién
llegado:
"No dejes que tu
vida la maneje un robot: Karel Čapek"
Decidió bajar del tren, a pesar de la
decepción de hallar un andén devastado por una vejez que no distorsionaba ni la
cortina de lluvia de esa tarde de abril. Con lentitud el hombre siguió
caminando bajo la lluvia en un sendero asediado por el barro y el pastizal.
“Estos tipos al menos podrían haber construido
una vereda desde la estación”, pensó, “o quizás es a propósito, no les
interesa”
Pensó que, si hubiera sabido que estaría
caminando bajo la lluvia, solo, en un sendero donde iba embarrando los zapatos,
si lo hubiese sabido de antemano, quizás hubiera seguido arriba del tren hasta
un pueblo amable, que al menos tuviera un bar para tomar un café protegido de
la lluvia, y donde pudiese intentar escribir algún título (al hombre sólo le
salen títulos, los escritos nunca los logra)
Al final del sendero hay una edificación.
Hay un portal de entrada con grandes carteles, y una garita donde una especie
de portero o vigilante le hace señas de que pase, que vaya hacia el interior,
que las visitas son bienvenidas.
Ojalá fuera un museo ferroviario, se dice
el hombre, pero es un templo de alguna forma de esas modernas religiones que
intentan reemplazar a las antiguas.
Hay una consigna que se lee a poco de
entrar, en un cartel que se prende y apaga en múltiples lucecitas de colores
como las de los bingos:
"NUESTRO DIOS NO CASTIGA, SÓLO
LIBERA"
Y más abajo, en letras luminosas algo más
pequeñas: "Todos son bienvenidos"
En la gran nave silenciosa ve un pastor
electrónico parado detrás de un atril, con un dispositivo para comenzar en el
momento justo en que ingresen fieles. El buen robot de aspecto humanoide
comenzó a darle palabras de bienvenida al percibir su presencia. El hombre no
quiso oírlo y se hubiese ido en ese momento, si no fuera por la curiosidad de
observar que hay filas de bancos provistos con anteojos de realidad virtual
para cada fiel que se siente allí. Frente a la línea de bancos también se
despliegan tableros verticales con botones que dan opciones para elegir
diferentes tipos de sermón del robot pastor:
La misión universal
del señor.
Sanación angelical.
Oraciones a los 7
arcángeles.
(Y otros a los que el hombre elige negarles
el acento de una mirada)
En un lateral, por encima de ornamentos e
imágenes sagradas hay un cartel que advierte: absolutamente prohibido fumar en
el interior del templo.
Ahora si siente, sin tener claro un por
qué, cómo se derrumba en su interior la edad del humo. Siente de súbito cómo
caen las chimeneas, desaparece el hollín, se precipita el cigarrillo colgado de
la comisura de la boca de su padre mientras no para de trabajar. Es el fin de
este lugar que nunca más tendrá vaporeras. El símbolo que anuncia la muerte de
la época en que el hombre nació y creció.
**
Lo único humano era el portero de la
entrada grande que saludaba en su garita, y ese hombre está tan solo, que por
hablar un poco y sin que le pregunte, le dice que el pastor emprendedor que
construyó el templo con un dinero llegado desde otro país vive en Saladillo.
Los fieles vienen de todas partes, dice, pero hay horarios de reuniones que
usted puede ver en la Tablet. Sin que el visitante lo pida, el portero
despliega en su ordenador portátil una grilla de horarios y descripción de
eventos, entre los que el hombre pude leer:
-Reunión de causas imposibles: Todos los
sábados a las 18 horas.
Ahora el hombre puede levantar la mirada y
terminar de aceptar lo que leyó en el gran cartel del pórtico de entrada a la
nave del antiguo galpón de locomotoras devenido en iglesia robótica: "Pare
de sufrir en José Ramón Sojo"
Corbett
Antes de partir a Corbett, la enorme obra
de Jerome Klepka, había recibido de amiga común Irene una caja con planos,
dibujos de esculturas y cuadernos donde Jerome anotaba frases o explicaba el
significado de sus obras. En su cuaderno explicaba: “esta es una cacería de
recuerdos propios a los que debo darles una materialidad”.
El arquitecto Klepka jugaba a una lúdica
creatividad: se permitió colocar sus esculturas "Como los 109 trofeos que
debía cazar un Maharajá".
El hotel se llama "Edward James
Corbett Resort", queda a metros de la estación de tren. Es un hotel de
tres estrellas con baño privado. Pedí habitación sin saber cuánto tiempo
necesitaría para recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome
había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los
visitantes.
Ni bien entré pude escuchar del conserje
una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del
reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el
contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la
furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el
parquetista lo insulto en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar
también en idioma ruso. Irene me había contado que Jerome había aprendido ruso
porque su padre lo hablaba como segundo idioma; ya en su adolescencia había
decidido estudiarlo bien para leer a Gorki en su idioma madre.
La cosa es que el conocimiento común de un
idioma y de cultura eslava los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron
a cantar juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento,
Jerome fue hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con
los obreros presentes en la obra.
-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet
de pinotea ha quedado impecable. -Remató el conserje.
Me di cuenta durante un buen rato antes de lograr dormir en una cama desconocida que la idea de escribir sobre un hombre y su obra no es tarea sencilla -al menos con Klepka-. Una segunda idea que había tenido durante el viaje en tren estaba en cuestión, ¿Podría escribir algo más que una breve postal sobre lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su luz las cosas.
Desayune mirando al verde del parque un
cielo amplio y celeste hasta el horizonte. El día se mostraba como una promesa
esplendida. Como muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi
siempre mi trabajo me llevaba a llegar y permanecer solo en diferentes hoteles,
la soledad me convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente.
Me llamó la atención la leyenda impresa en la remera que del hombre de la
cabeza afeitada. Tenía menos de cuarenta años, cuerpo trabajado en horas de
gimnasio. Parecía estar rueda de negocios desayunando con socios o clientes. La
remera decía en letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a
mí".
No quise distraerme más. Llevaba en mi
bolso un par de cuadernos donde Jerome Klepka describía el origen de las obras
que iba a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.
En el pequeño parque lindero al que miran
los ventanales del comedor se ubica el monumento a Edward J. Corbett. Es una
escultura de hierro negro. Teriántropos en lucha: Cuerpo humano con cabeza de
Tigre. Arriba de la cabeza lleva el sombrero clásico que hemos visto en las películas
llevar a los cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se enrosca
por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana
que mantenía colmillos y lengua de serpiente.
La estatua tiene el subtítulo de
"Metamorfosis". Se lee en su enorme base de cemento la inscripción de
autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.
En el cuaderno dice -textual-:
"Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la
mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme
serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera
en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño,
"ser humano".
Alejándose de la estación y el hotel hacia
el norte esta la entrada al Parque Natural, situado en las tierras de la
antigua estancia de los Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte
de Klepka. La primera obra que pude observar se titula: "El rollo del
tiempo".
Escribe: "Después de la salud, el
tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi
padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa.
Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la
antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no
podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del
tiempo"
Me gustó mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut.
"Insectos atrapados en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como
un muro adentro hay cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro
desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda guerra.
Jerome anotó: están mi padre y mi tío en la
guerra, nunca saldrán del todo. En el oído les quedara el zumbido de los
proyectiles que reventaban el tímpano. Por instantes puedo volver a ver los
ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche iluminada por los
proyectiles en la batalla de Montecassino.
**
Cuando retorné del parque estaba bastante
cansado, era de noche, había comido algo en un pequeño restaurante ubicado en
la antigua residencia del comisionado inglés. Volví a la habitación, me bañe
con una ducha que no logre regular bien, con el agua casi fría afloje el
cansancio y me dispuse a dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un
espacio de resonancia de lo lejano y lo inmediato a la vez.
En la habitación contigua –que daba a la
cabecera de mi cama- una pareja había comenzado a hacer el amor. Se escuchaba
como la mujer jadeaba. Mi primera idea no fue nada romántica: este Jerome, ha
sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido estas paredes con
paneles de yeso que no aíslan nada.
Desde el campo empezó a ganar espacio un
tren acercándose con el inconfundible sonido de las vaporeras. ¿Será una North
British o una Vulcan Iron Works?
Por momentos la furia del vapor de la
locomotora se mezclaba con los jadeos de la pareja.
En cualquier lugar una locomotora atraviesa
la noche. Otra mujer que se enciende, hecha vapor, jadea. Hay viajes que crean
la vida y otros que la llevan desde un sitio a otro. Antes de conciliar con el
sueño se imponía una y otra vez una frase que había leído en mi recorrida. Lo
apropiado que era el título de una de las obras de Klepka: "Lo erótico es
la vida".
Crónicas terrestres*
La gente de antes no hablaba mucho o casi
nada de su vida pasada, estaba demasiado ocupada en vivir el día a día. A mi
edad ya soy parte de la gente de antes, de aquellos que están “más cerca del
arpa que de la guitarra”. Aunque los hechos tal cual ocurrieron son imposibles
de reconstruir para mí. Siempre quise saber porque llegamos con mis padres
desde Tucumán a Elías Romero.
Ya no hay testigos vivos. Ni mis padres ni
parientes de aquel entonces en Tucumán.
Nací en Campo Rouges. Mis padres eran
cañeros. Todo el mundo era cañero, se vivía de la zafra. Antes y después de la
zafra había que cultivar la parcela, criar gallinas. La familia que tenía un
caballo con carro para moverse podía sentirse rica. Era muy chico cuando Evita
bendijo con su visita al ingenio Santa Rosa. Lo guarde con mis ojitos mientras
me acompañen la memoria y la vida. Las dos juntas porque la vida sin memoria no
sirve.
Por Estación León Rouges pasaba el
provincial de Tucumán que se perdía hacia el sur hasta terminar en estaciones
que no conocí ni de nombre. Mi madre era de La Cocha. Ella cuando se juntó con
mi padre se vino a vivir a Campo Rouges. Hasta La Cocha viajábamos en tren cada
tanto a visitar familia. La gente tenía muchos hijos. Mi madre solo quería dos.
decía que traer más hijos a casa de pobre era hacerlos pasar necesidad. Mi
hermano menor murió a poco de cumplir un año de una enfermedad repentina.
Quizás fue esa desesperación o esa tristeza irreparable la que empujo a mis
padres a venirse conmigo a Elías Romero.
El abuelo de mi madre estaba establecido en
este descampado, puro campo, pero sin cañaverales a la vista ni montañas
cercanas. Les mando decir –él no sabía leer ni escribir- que aquí había futuro.
Trabajo asegurado. hospital cercano para atenderse.
No mintió. En Marcos Paz había trabajo. Mi
madre limpiaba casas. Mi padre aprendió el oficio de albañil. Yo tuve una buena
escuela. Había médicos, lugares donde atenderse.
Un día intente escribir en un papel el
recorrido que hicimos los tres hasta llegar hasta aquí. Cambiamos cuatro veces
de tren. El que llegaba desde San Miguel hasta Retiro tenía la vía ancha. Y no
viajamos hasta Elías Romero en el Midland que ya se llamaba Belgrano. Se conoce
que no tenía frecuencias, así que el bisabuelo nos esperó con su jardinera
tirada por la fiel petisa en la estación del Sarmiento.
Crecí. Aprendí el oficio de carpintero.
Trabajé por mi cuenta mientras pude. Hasta el Rodrigazo se podía trabajar en el
oficio de cada cual. El trabajador era un señor, no una pieza descartable.
Voy a evitar relatar como el país acompaño
mi recorrido desde carpintero especializado y lustrador de muebles al viejo de
70 años que junta latas de aluminio mientras espera la pensión.
La calle de tierra que pasa por la estación
muerta del Midland se llama Discépolo. Ese hombre sí que la vio venir. La vida
fue nomas “Cambalache”.
Aquella vez –por el 2001 o 2002- cuando
todavía tenía trabajo vi a un hombre viejo sentado en la vereda de la calle
comercial. Vendía sus libros para poder comer me dijo.
Le compre dos libros que me acompañan en
esta soledad. Los releo seguido: “El corazón de las tinieblas” de Conrad. Y
“Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury.
Los dos libros hablan a su modo del triste
mundo de la explotación que alguna vez llegará a Marte y mucho, pero mucho más
allá.
De Hataway comprendí que la soledad es
universal. No es una maldición personal inexplicable. Por donde vaya el ser
humano llevará su soledad o su soledad acompañada que suele ser aún peor.
Pero no tengo la capacidad del personaje de
Ray para recrear robóticamente a su familia perdida. Y esperar un rescate los
largos años noche por noche mirando al cielo.
Tengo las herramientas mínimas para que mi
casa de ladrillos asentados en barro no se derrumbe conmigo adentro. Sé que la
condición de pobre incluye no poder arreglar lo que se rompe.
Por eso quisiera ser el ingenioso Hataway.
Y no “Don Pere” el viejo que hasta ha
perdido su primer nombre y la z de su apellido.
**
-Eduardo
Francisco Coiro.
Argentina, Lomas de Zamora, 1958.
Licenciado en Sociología. Editor de Inventiva Social.
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
-Próxima
estación:
LOMA VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
PARADA GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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