LA VIDA TREPANDO POR LA GRIETA
*Foto de Noelia Ceballos @noe_ce_arte
*
Cuando decline la luz,
cuando sepamos que los
finales
se han acercado.
Cuando notemos que
quizás
la mañana no vea
nuestros ojos.
Entonces, como cuando
mi madre
se iba despidiendo,
no lloraremos por los otros
caminantes
destinados, como
nosotros, al olvido.
Lloraremos por los
gazapos
destrozados por las
trilladoras,
por los bosques
incendiados,
por las islas de
plástico a la deriva
en mares agonizantes.
Lloraremos por los
dodos
y los ríos desiertos
de peces.
Lloraremos por lo que
hemos desmontado
y no tiene remedio.
Cuando llegue la noche
haremos duelo por la
tierra,
por el cielo,
por el Paraíso que
mancillamos,
y nos iremos, uno por
uno,
con vergüenza.
*Por Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-enero 2026-
Paraíso*
El mundo, como siempre, aún bien derecho,
perdía partes, formas, ideas, la decencia,
esas cosas subjetivas, subordinadas todas
a la extrema razón de la materia.
Para colmo
ya se agrietaban las utopías construidas
de apuro en falsa escuadra.
Pero también
hubo el amor, y nosotros dos adentro suyo,
habitantes de otro mundo: irreconocibles,
casi obscenos de alegría.
Como extraterrestres
que desconocían el protocolo
y la etiqueta del gran baile.
*De Horacio
Rodio. horaciorodio@hotmail.com
Stranger
Things: la serie y el culto a los años ochenta*
*Por Alejandro
Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
Este artículo estudia
desde el punto de vista sociológico y cultural la famosa serie cuya ficción
ocurre en los años ochenta del siglo pasado, al borde de los grandes cambios
que la tecnología digital, las redes sociales y la Inteligencia Artificial han
generado, y apunta: “Stranger Things busca mercantilizar la nostalgia por una
época que aparece, en el imaginario colectivo, como una etapa en la cual las
personas convivían lejos de las redes sociales y había la sensación de que los
adolescentes aún podían decidir su futuro.”
Es 1983 y en el pueblo ficticio de Hawkins,
Indiana, un grupo de adolescentes juega Calabozos
y dragones. Las aventuras que vivirán a partir de la desaparición de uno de
ellos –Will Byers interpretado por el actor Noah Schnapp– se extenderán casi
toda la década. Stranger Things,
serie narrada en cinco temporadas y cuarenta y un episodios, ha sido un éxito
de audiencia y, sobre todo, un fenómeno cultural quizás comparable con otros
productos como Game of Thrones. La
historia mezcla distintos tópicos del género fantástico y de aventuras. La
pandilla de amigos que intentan resolver un misterio mientras enfrentan
diferentes retos propios de su edad es, desde hace décadas, un recurso usado
muchas veces en el cine de Hollywood. Pactos de lealtad, el dilema del primer
amor, el mal que se alimenta de los demonios internos, el miedo a madurar, el
enfrentamiento con un enemigo formidable que puede controlar tu mente y, por
supuesto, el exterminio del mundo, forman parte de una receta usada
innumerables veces al grado de agotar la sorpresa. De hecho, algunos capítulos
de la última temporada parecen una suerte de reciclaje de las temporadas
anteriores exceptuando, por supuesto, la necesidad por lograr una explicación
final y atar todos los cabos sueltos. Stranger
Things sigue, en rasgos generales, el camino del héroe propuesto por el
mitólogo Joseph Campbell: los personajes más importantes trascienden el mundo
ordinario, cruzan varios umbrales, renacen de diferentes maneras y, al final,
superan sus pruebas para obtener el conocimiento. La narrativa de la serie no
apuesta –más allá de algunas actualizaciones– por romper los estereotipos de la
ficción establecida, particularmente, por el cine convencional. Incluso, como
suele pasar, lo sobrenatural es un empaque que sólo le da espectacularidad a un
rito de iniciación que, a final de cuentas, es lo que vuelve humanos a los
personajes y, de esta manera, conectan con la audiencia.
La idealización
reconfortante
Gran parte del éxito de Stranger Things radica, también, en la
reconstrucción audiovisual de los años ochenta y la nostalgia que es capaz de
cautivar no sólo a las generaciones que vivieron en esa década sino a las
posteriores. La esencia retro de la obra de los hermanos Duffer se condensa en
la introducción de cada capítulo que usa una melodía producida con
sintetizadores analógicos y una tipografía que imita la estética de las series
de terror de la época. El espectador percibe una sociedad que aún no estaba
dominada por la tecnología digital, aunque estaba a punto de dar el salto, en
especial en Estados Unidos. Ya existía, por supuesto, la cultura de consumo
representada por el centro comercial; sin embargo, las relaciones humanas, el
trabajo, la vida cotidiana y el entretenimiento estaban ligados aún a lo
material, a la imaginación libre y a lo orgánico. Stranger Things se esfuerza en la recreación minuciosa –una moda en
muchas películas y series que apuestan por una hiperrealidad en la pantalla– no
sólo para generar una credibilidad histórica en el espectador sino para lograr
lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llamó “retrotopía”, una visión
reconfortante –en algunos momentos idealizada– del pasado ante un futuro
amenazante. Si el primer cuarto del siglo XXI da la impresión de un futuro que
adelantó sus peores pronósticos, tenemos como refugio la calidez hogareña de
las familias de Stranger Things. Ya
en 2022 algunos portales de interiorismo como Decotherapy elogiaban la
“estética ochentera” de la serie reflejada en colores vivos, tapiz en las
paredes, letreros neón y, sobre todo, la sensación de habitar espacios
personalizados, lejos de la uniformidad minimalista de las casas prefabricadas
que ofrecen un mismo paisaje vital para el ciudadano de la era global.
Mercantilización de la
nostalgia
La fiebre por el pasado que explotan
hábilmente productos de entretenimiento como Stranger Things busca mercantilizar la nostalgia por una época que
aparece, en el imaginario colectivo, como una etapa en la cual las personas
convivían lejos de las redes sociales y había –más allá del clima de temor
propio de los últimos años de la Guerra Fría– la sensación de que los
adolescentes aún podían decidir su futuro, justo como se muestra en el epílogo
de la serie. En términos culturales, Stranger
Things y la fiebre por décadas como la de los ochenta son síntomas de una
crisis que hunde sus raíces en un agotamiento creativo propio de la era de los
algoritmos y la llamada Inteligencia Artificial que erosiona, recicla, licua
imágenes y contenidos. El siglo XX estuvo marcado por diferentes expresiones en
la música, el cine y el arte que definieron el espíritu y temperamento de un
puñado de generaciones. Cada etapa era distinta a la otra. No había, por así
decirlo, un “reseteo” que buscara lo antiguo para exorcizar un futuro
atemorizante. No es, necesariamente, que la inventiva y la creatividad en la
cultura se hayan secado, sino que la tecnología digital ha convertido la
expresión artística en productos casi instantáneos en busca de volverse
virales.
La instagramización
del mundo
El periodista Kyle Chayka publicó, en 2024,
el libro Mundofiltro. Cómo los algoritmos
han aplanado la cultura. El autor argumenta que la selección y la
competencia por lo más popular han creado una suerte de estética vacía de
contenido. El diseño del ficticio pueblo de Hawkins recrea la idílica vida de
Estados Unidos en los ochenta, un espacio al servicio de la sociedad de
consumo, pero que aún estaba lejos de la homogeneización estética no sólo de
las cadenas comerciales omnipresentes en la actualidad sino de su estilo, una
suerte de “instagramización”, término que usa Chayka para describir el estilo
genérico de muchos espacios públicos y privados alrededor del mundo. Ese
estilo, ahora llevado a una nueva etapa con la Inteligencia Artificial
generativa, uniforma el paisaje visual de los lugares que contemplamos en las
pantallas y que contamina nuestra vida cotidiana. En este ecosistema, lo no
popular, lo no “instagrameable” no es recomendado por las redes sociales y se
diluye en la ingente cantidad de información y datos que se generan todos los
días.
En Stranger
Things hay una paradoja curiosa: la especulación científica con la creación
del “otro lado” (The other side),
propia de la ciencia ficción, se enmarca en el contexto nostálgico de los
ochenta. Las diferentes realidades sobrenaturales que se conectan en el pueblo
de Hawkins contrastan, también, con una de las anclas materiales de la serie:
el juego de Calabozos y dragones al
cual son aficionados los niños protagonistas y al cual vuelven, años después,
cuando cierran la historia. Para las nuevas generaciones, nacidas y educadas en
la era de las pantallas, debe ser difícil imaginar a un grupo de amigos en un
sótano alrededor de un juego de mesa con fichas, figuras de plástico, mapas y,
sobre todo, textos de diferentes tipos que narran diferentes posibilidades para
la historia que están construyendo en conjunto. También debe ser no sólo
extraño sino incluso reconfortante –en medio de un entorno sometido a lo
digital– observar toda la parafernalia material de la época: transmisores de
radio, discos de vinilo, teléfonos fijos, máquinas de escribir.
La explotación del
miedo
La música de Stranger Things es parte importante del fenómeno “revival” que
inició con el cambio de siglo y que no se limita, en la actualidad, al regreso
de artistas de los ochenta o de años anteriores, sino a la imitación del pasado
por parte de las bandas actuales. Los foros de internet y cuentas en redes
sociales especializadas en los llamados gadgets
de antes parecen un intento desesperado por aferrarse a un punto fijo en la
memoria, un período en el cual la historia avanzaba en lugar de permanecer fija
y saqueando el pasado. Es lo que hacen los protagonistas de la serie: avanzan a
un futuro que sí existe, lejos del mal encarnado por Vecna y el Mind Flayer
(traducido como el Azotamentes), cuyo mayor poder consiste en explotar los
miedos de los adolescentes, aislarlos, dividirlos y modificar su conducta. No
deja de ser inquietante que las armas de los antagonistas de Stranger Things
sean parecidas a los efectos que causan las redes sociales en las nuevas
generaciones.
*Fuente: La jornada.
https://semanal.jornada.com.mx/2026/01/24/stranger-things-la-serie-y-el-culto-a-los-anos-ochenta-9654.html?
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
*
Fue de tanto escuchar con un solo oído
que me quedé
sorda del otro oído
y si bien es difícil saber cómo ocurrió
esta adaptación darwiniana
hay una pista:
lo que considero ironía
es en verdad literal
lo que considero honesto,
un revestimiento de palabras.
Me hablan de viento y digo agua
confundo
el miedo con el estoicismo.
Si le dejo
el análisis de la metáfora a un lacaniano
en cambio digo,
la infancia es implacable
a veces aparece y nos deja
desamparados para siempre
escuchando, con el oído puesto en un vaso
el mundo adulto
del otro lado de la puerta.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
-Autora de los libros Grow a lover y La
gota en la piedra. Colaboradora en Revista Ñ. Escribo poesía, narrativa y
ensayo. Soy magíster en gestión cultural. Algunos de mis trabajos periodísticos
pueden leerse aquí: https://www.clarin.com/autor/mercedes-alvarez.html
Imparto talleres de escritura grupales e
individuales y tengo una amplia trayectoria en el ámbito de la cooperación y el
desarrollo de programas y actividades en el marco de las relaciones bilaterales.
El
futuro silencioso*
*Por Juan
Forn.
(Contratapa
del 4 de mayo del 2012)
El nene de Simon Reynolds descubre, en un
viaje en colectivo, que en los colectivos de Nueva York hay una gaveta con
mapas gratis de los distintos barrios de la ciudad. Se trae uno de cada viaje
que hace, y le pide al padre ir en colectivo a cualquier parte. Cuando no
encuentra uno de los que le faltan, no se lleva ningún mapa. En uno de esos
viajes, al ver la cara de decepción de su hijo, Reynolds le propone ir hasta la
terminal y traérselos todos. Reynolds, para definirlo mal, es un periodista de
rock inglés, pero ya hablaremos de eso. Alcance con decir por ahora que
Reynolds es lo que es porque un día de muy chico empezó a devorar música y no
paró nunca más. Esa es su segunda piel. Por eso, su primera reacción es
proponerle al hijo ir a la terminal y traerse todos los mapas. Pero el hijo le
contesta que no quiere ir a la terminal; lo que quiere es ir juntando los mapas
de a uno.
Reynolds tiene entonces una epifanía.
Piensa que su hijo es hijo de tigre. Recuerda sus primeros tiempos en la
música, cuando juntaba moneda a moneda durante la semana para poder comprarse
un disco cada viernes y se le hacía tripas el corazón si lo que escuchaba, al
llegar corriendo a su casa, no le gustaba, pero seguía escuchándolo febrilmente
hasta encontrar algo que justificara la compra. Reynolds recuerda cuando todo
era espera, la llegada de un disco, la ocasional aparición en la tele de alguno
de sus ídolos (y si uno se lo perdía, no lo veía más, porque nunca se repetía,
y casi nunca ponían en la tele a sus ídolos). Reynolds recuerda aquella espera
y entiende que ése fue el combustible acumulado que lo detonó después a una
vida de escucha ávida, cada vez más multifacética y enfermita, hasta saber
quién toca en cada disco, en qué momento preciso ocurrió cada avance del rock y
cómo se multiplicó en mil esquirlas.
Reynolds tiene algo que a mí me encanta: no
cree que está escribiendo sólo de música cuando escribe, y abre el espectro en
muchas direcciones, todas inteligentísimas, pero a mí lo que me pierden son sus
exabruptos confesionales. Reynolds dice, por ejemplo, que ha invertido todos
sus esfuerzos, desde la adolescencia, para paliar el estigma de nacimiento de
su generación: haber llegado tarde a los ’60 y al punk. Reynolds es el gran
crítico musical del momento, de Londres se fue a vivir a Nueva York, le
publican todo lo que escribe y le piden más, pero algo lo está perturbando
últimamente: la curiosa y cada vez más evidente lentitud con que avanza la
primera década del siglo. De hecho ya ha terminado y Reynolds descubre que nada
de lo que sonó en los 2000 no sonaba ya en los ’90.
El hijo podría tranquilizarlo: “No pasa
nada, sos mi papá igual, sólo te estás viniendo viejo”, para no decirle que hay
un momento en que uno va dejando de vivir en su época y empezando a vivir en su
mundo. A algunos les pasa a los cincuenta, a otros a los cuarenta, a otros les
empezó a pasar a los treinta o incluso antes (y así quedaron: demasiado poco
tiempo en su época para alcanzar a construirse un buen mundo donde irse a vivir
después). Reynolds ronda los cincuenta. Pero como está tan acostumbrado a su
inteligencia, a procesar fructíferamente la demencial data que acumula día a
día, año a año, suma la frase de su hijo al total de lo que tiene en las mil
pantallas prendidas en su cerebro y elabora toda una teoría, que bautiza
“Retromanía”, y que viene a ser el saqueo del pasado en busca de novedades.
Dice Reynolds que las mujeres jóvenes de hoy a quienes les importa la ropa
llaman a su ropero el archivo: eligen por década su vestuario (vintage o copias
actuales retro). Y dice que los músicos hacen igual: eligen su sonido, lo arman
como quien abre el ropero, y dice “guitarra Hendrix con base drum’n’bass etíope,
caños y cuerdas balcánicos y encima una voz de francesita jadeando”. Dice
Reynolds una cosa muy divertida: que antes los buenos periodistas de rock
sabían más que los músicos de rock (yo fui testigo del día en que Fresán sentó
a Calamaro a escuchar a Dylan en una época en que nadie escuchaba a Dylan:
mediados de los ’80); y ahora, en cambio, los músicos saben de discos como
buenos periodistas, como estudiosos. Y que esa música hecha por voraces
coleccionistas de discos, escuchas enfermos de toda música que alguna vez buscó
cambiarlo todo, es el opuesto exacto de la música de la que se nutren: ensambla
perfecto, pero no cambia a nadie. Por eso la década sigue quieta, aunque los
dígitos cambien.
“Recuerdo la adrenalina del futuro”, dice Reynolds: una sensación pura y dura, la sensación de que estabas oyendo el sonido de mañana, de que estabas ahí cuando el presente se movía. El que lo pone en pasado soy yo; Reynolds la describe en tiempo presente, porque no puede ser infiel a esa electricidad, él quiere seguir siendo moderno hasta el fin, por eso agrega: “Todavía creo que el futuro está ahí afuera”. Como diciendo: no hagan mucho caso a los exabruptos confesionales en un libro que es una máquina de cruzar data y sacar conclusiones. Pero yo no podía evitar oír ese agónico clamor generacional mientras leía: hubo un tiempo en que el presente se movía. Ya dije que Reynolds lo supo de oídas: en los ’60 no estaba; en el punk tampoco. Pero vivió toda su vida con la adrenalina del futuro en la cabeza. Le puso letra a esa canción. Hubo un tiempo en que periodistas a quienes el rock les había abierto la cabeza les abrían a su vez la cabeza a esos músicos que veneraban, y la música que salía de ahí abría más cabezas todavía, y el presente se movía. Y de pronto, a fines de 2010, en un micro neoyorquino, juntando mapas gratis con su hijo, sintió: qué lenta viene esta última década, por qué será.
Me traje de Buenos Aires el libro de
Reynolds en mi último viaje, además de traerme a mi madre a vivir conmigo;
quizá viene de ahí esta conciencia un poco exacerbada de los ciclos de la vida.
Quizá venga también de algo que en ese mismo viaje me mostró mi amigo Ciro,
algo que está escribiendo. Ciro tiene veinte años. “El 5 de marzo murió mi
abuela. La última de los siete hermanos Etchegaray nacidos a principios del
novecientos. Con ella se fue para mí la historia del siglo XX y la posibilidad
de hablar con alguien que había ido a un concierto de Gardel, alguien que
escuchó a Evita por la radio, alguien que nació cuando aún no había terminado
la Primera Guerra Mundial y se refería a la Segunda como si hubiese ocurrido la
semana pasada. Quise explicarle a un amigo lo que significaba para mí la ancha
vida de mi abuela y le dije eso, le dije que ella estaba viva mientras se
escribían buena parte de los libros que más nos marcaron. Cuando Joyce publicó
el Ulises, Maruca tenía seis años. Y hasta que no tuvo treinta y dos no existía
en el mundo el Adán Buenosayres de Marechal, que fue publicado en 1948”, y así
sigue, maravillosamente. A diferencia de Reynolds, yo hace tiempo que ya no
vivo en mi época sino en mi mundo, pero también creo en el futuro. Cuando leo
cosas así, escritas por alguien de veinte, creo en el futuro.
-Fuente:
https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-193237-2012-05-04.html
*
No es culpa de nadie.
En toda grieta
que el tiempo talla
contra un muro
es natural
que el polvo
sedimente.
Traída por el viento,
por la suerte,
cualquier semilla
estalla.
No fue culpa de nadie.
Es un descuido
del ojo hastiado
de mirar el muro
eternamente azul.
¿Por qué debería
sorprendernos
la vida trepando por
la grieta,
deslumbrada de verde
en su avidez de luz?
*De Mariana
Finochietto. mares.finochietto@gmail.com
-Mariana
nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente
vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)
Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú,
2015)
La hija del pescador (La Magdalena, 2016)
Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)
El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)
Madura (Sudestada, 2021)
Quiero sacar la cabeza
por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)
Patio (elandamio ediciones, 2024)
Poesía reunida (Medusa editores, 2024)
Trinchera (Sudestada, 2025)
Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)
HECHIZO
DE MADRE*
El hombre sostiene la siesta con el amor
cerrándole los ojos.
El humo del cigarro envuelve al niño.
Comarca de su sangre
Doy testimonio. Lo vi. Desprenderse de su
cuerpo y volar.
El niño de pantalones cortos era un galope
de cerrojos
Escuchaba de rodillas su voz que era la
mía. Voz de silencio y sierpe.
Cuantas preguntas quietas de días y de
noches.
Que hechizo de madre entre los pedregullos.
Cuantos sabores. Olores. Multiplicadas
noches de respuestas.
Te hubiera congelado el mundo en ese
instante.
Pero hay zozobras bajo tierra que acechan
esta Patria de barro.
Y vinieron cuchillos, lenguas, flechas.
Sanguijuelas voraces.
Y el hombre parte y el niño queda. Queda.
Se mira las huellas de sus manos. Las besa.
Las lame.
Se agita. Lagarto en pajonales libertarios
Compite con la muerte, con el viento, con
el hambre y los piojos.
Grandes costurones. Quemaduras. No será
piedra entre las ratas.
Expresión entrañable. Parajes. Perennidad
en la sangre.
Amorosos fantasmas que lo esperan. Lo
habitan. Lo moran.
Como llenarte amor, amor. Si estas pleno de
niño.
Como llenarte, amor, amor, si soy
prolongación de tus manos.
Y las beso. Las lamo. Las tiemblo. Ay, amor
el río entre las piedras.
El río entre las piedras, ay.
*De Amelia
Arellano.
San Luis.
*
La poesía logra
sacarnos de esa enfermedad que tenemos de ser un mecanismo, un zombie, un robot
de respuestas automáticas hecho de mandatos, lugares comunes, repeticiones que
decimos sin siquiera pensar qué estamos diciendo, por qué, para qué. La gran
poesía, claro. Esas cosas "símil poesía" es posible que nos hundan
más en nuestra enfermedad robótica y nos quiten las últimas esperanzas.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/2026/01/casbas.html?
Casbas*
*Por Mónica
Russomanno.
En una historia de Ray Bradbury, un hombre
de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás
no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el
bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.
En la historia de Ray Bradbury, el hombre
vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento
a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él
como para tantos, un expreso de medianoche.
Esto ocurre en un cuento, por lo tanto
ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el
faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo,
la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche
para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.
Aquí, lejos de Illinois, en la estación
Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la
mujer se obstina en ese andén sin trenes.
Me dirán que la mujer espera el amor que
partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aún. Todavía hace
falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos
velos.
En un banco de madera y hierro la mujer se
mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a
poco esta mujer que ahora sé que no espera un tren que venga a llevársela. Se
desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.
La mujer no espera la muerte, ni el amor.
Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar.
Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí.
No necesita transporte
para escapar hacia adentro.
-Próxima
estación:
GOBERNADOR
UDAONDO.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
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-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
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