ESA MIRADA MILENARIA

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FALLA*

 

para qué me piden

que no hable

si no quieren que grite

es que no saben

acaso

que es una falla en mi sistema

una neurona

afectada por los vínculos

salvajes de la infancia

un cruce

eléctrico

con las tormentas del potrero

una liebre

brutal

algo hubo

en mi vida

             y lo olvidé

pero bendigo

cada vez

el no poder callarme.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

-Mariana nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente vive en City Bell.

Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016)

Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)

El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)

Madura (Sudestada, 2021)

Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)

Patio (elandamio ediciones, 2024)

Poesía reunida (Medusa editores, 2024)

Trinchera (Sudestada, 2025)

Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)

 

 

 


 

 

 

 

 

El Homo prompt*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

Quién no recuerda “El aprendiz de brujo”, la famosa secuencia de Fantasía, la película animada de Walt Disney estrenada en 1940. La historia, inspirada en un poema del mismo nombre escrito por Johann Wolfgang von Goethe, es un recordatorio de los peligros de la magia cuando el practicante no tiene suficiente experiencia. En la película de Disney, el “aprendiz de brujo” es Mickey Mouse, quien aprovecha un descuido de su maestro para apropiarse de su sombrero mágico e, imitándolo, darle vida a escobas y cubetas para que hagan por él el trabajo de limpieza. Sin embargo, el mago improvisado no puede controlar sus poderes y los ayudantes animados por la nigromancia comienzan a hacer un desastre.

La escena me recuerda a algunos temas asociados con la llamada Inteligencia Artificial. En “El aprendiz de brujo”, Mickey Mouse usa la magia para un trabajo rutinario mientras sueña que controla las fuerzas de la naturaleza. De manera similar, pero en sentido inverso, la Inteligencia Artificial es muchas veces utilizada, en los modelos de lenguaje y de generación de imágenes, para la “creación” —si es que se le puede llamar así— y no para los trabajos rutinarios y difíciles que desgastan al ser humano y que, sobre todo, le impiden soñar. Para echar a andar la máquina algorítmica que, en lugar de liberarnos del trabajo, imagina por nosotros, aparece el “prompt” como nuevo hechizo, una invocación para que el caldero mágico nos dé un resultado inmediato. El comando que se le da a la IA se ha vuelto la llave de acceso para llevar a cabo cualquier creación que no queramos hacer —o que, más bien, en la mayor parte de los casos, no tenemos tiempo para hacer o no sabemos cómo—.

Cuando las computadoras empezaron a popularizarse en México, durante la última década del siglo XX, la programación era la clave para entrar al nuevo mundo que aparecía tras las pantallas de las voluminosas computadoras de escritorio que estaban en las escuelas. Había que escribir un código detallado para echar a andar un algoritmo cuyo resultado era un dibujo (como en el programa Basic) o un análisis estadístico básico. Ahora basta con escribir lo que uno desee por medio de un “prompt” para que la IA ofrezca un resultado para muchos irrebatible. El mago moderno, el Homo prompt, no tiene que sortear, como los hechiceros de antaño, ningún rito de iniciación: le basta con teclear algo en una computadora o en un celular para que se materialice.

La paradoja del Homo prompt es que, detrás de esa aparente omnipotencia, se desarrolla una vulnerabilidad creciente. No es sólo la dependencia absoluta de una tecnología llena de sesgos, fallos y costos crecientes. En el mundo de la IA, la labor humana se banaliza y se vuelve desechable. Cualquier persona puede crear un prompt, incluso los más elaborados, y producir con ello una recreación que imite —o más bien plagie— el trabajo humano.

En un mundo hiperburocratizado y que nos hace producir cosas innecesarias, los modelos de lenguaje y de generación de imágenes ofrecen la salida más fácil. El dueño de un medio digital puede llenar su portal de textos generados por IA que pocos leerán, pero que servirán para llenar el espacio y crear la ilusión de realidad. No importa que los algoritmos que echan a andar la ficción tengan como combustible información de baja calidad, pues el mundo virtual es un ecosistema cada vez más contaminado.

Asimismo, resulta paradójico que el Homo prompt se devalúa instrucción tras instrucción: cada orden alimenta una máquina que necesita datos abundantes para sobrevivir y cumplir su destino de simulacro. El objetivo es imitar lo que hacemos ocultando la labor de los millones de personas que entrenan con datos nuevos esta tecnología casi divina o, en el peor de los casos, la de los miles de etiquetadores de imágenes que tienen que mirar escenas espeluznantes para intentar limpiar el estercolero en el que se ha convertido Internet.

El Homo prompt es, por así decirlo, el engranaje que se mueve para echar a andar otros y crear la fantasía de la automatización. Y es que todo se automatiza: no sólo el trabajo, sino incluso las cartas de amor o las despedidas. Hace poco un compañero de trabajo se despidió de todos con un mensaje hecho con IA. Quizás esa semana fue al cine para ver una película cuyo guion fue hecho con IA y, una vez terminada la función, fue a tomar un café. Quizás allí un asistente de IA le recomendó una bebida personalizada y, de regreso a su casa, un chofer de Uber usó la IA para encontrar temas para platicar y agradar a su cliente, como se promueve en estos días. Lo único que hay que hacer es dejarse guiar e ingresar el prompt adecuado. ¿Se habrá preguntado si nos tomamos en serio su despedida?

 

*Fuente: Revista Común.

https://revistacomun.com/blog/el-homo-prompt/?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NUDOS*

 

Raro letargo amor, raro letargo.

Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida.

Amordazan, anudan.

Loco acróbata loco, mi corazón,

Intenta desasir lo imposible.

Los nudos. Allí están. Acechantes. Alertas.

Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical.

La piel oscura de mi padre

y la penumbra- intacta- de mi madre.

Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.

Raro letargo amor, raro letargo.

El agua al alcance de la mano,

El árbol genuflexo, con los brazos cruzados.

A su sombra, descansa, rendida, la muñeca de trapo.

Cabalga la distancia, en sus trenzas de humo

En sus piernitas flacas, gime, anudada

Una pena de nácar.

Raro letargo amor, raro letargo.

Nudos de nácar, nudos, desnudos.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pájaro en una tormenta*

 

Ese día, ese primer día de la naciente primavera

la embriagadora música amaneció sobre los montes.

La risa azul que irradiaba el firmamento

reverdecía las laderas y ensalzaba

los contrastes verdirojos de los prados.

 

Ese día florecieron los años de destierro

reconstruyendo la antigua cúpula dorada

con columnas de esperanza y miradores

que se abrían sobre el valle de la dicha.

 

Así, ciego, con la daga de tu nombre entre mis labios,

creí haber escapado a las fauces del destino,

pero hoy las sombras cenicientas de twin peaks

nuevamente han descendido sobre mí

y no hay una hondonada sin fisuras

donde poder respirar un minuto de sosiego.

 

¿Qué despiadada venganza de los dioses

me condena al arbitrio de las nubes

inquietantes, plomizas, que me cubren?

 

¿Qué oscuro designio ha desencadenado

el furor del vendaval sobre mis alas rotas?

 

Dondequiera que el atardecer me lleve

la faz del firmamento está cerrada.

 

Un granizo triste azota las esquinas

de esta ciudad vencida, saqueada y moribunda

donde hasta los perros vagabundos se estremecen

cuando sus ojos caen en la oquedad del cielo

tapiado por un muro de silencio perpetuo.

 

No hay luna que brille en esta noche aciaga

y hasta el bosque resuena con un murmullo de amenaza

que confunde la vigilia de los búhos

y acalla las canciones de los árboles

como una divinidad incontestable.

 

Los ángeles blanden un estandarte de inclemencia

y el horror se va extendiendo en los zaguanes

como un torrente negro que va desdibujando

las huellas que dejaron nuestros pasos

en la alfombra de asfalto, en las baldosas

blanquinegras que adornan el recuerdo.

 

Todo es una sombra impenetrable,

todo un trueno aterrador que nunca cesa,

un relámpago atroz que incendia la cordura.

 

Y entre el caos volar, volar toda la noche,

toda la infinita noche atravesar los cielos

sabiendo que las tormentas nunca cesan

y que el amanecer es tan sólo una utopía

urdida con los frágiles cristales

del evasivo espejo que jamás se detiene.

 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

QUINTA PARTE.

 

Esa tarde, en mi habitación, cerré las cortinas a pesar de que aún no había oscurecido. Lucrecia se refugió en su cuarto. El viaje la había fatigado o prefería dejarme solo para que elaborara mis teorías. Para ella era demasiado. Mientras sacaba las fotografías, escuché la misma pieza de Chopin emerger del cuarto del posadero. Ahora la escuchaba en las mañanas y las tardes. La rutina del hombre, como había previsto, había acabado con la llegada de Lucrecia y la mía. Ahora, cada una de las funciones del hombre, se hilvanaban en momentos anárquicos y nerviosos. Esa intranquilidad, contraria al sopor que envolvía al hotel, le daba una extraña vitalidad al hombre y por eso, de vez en cuando, sonreía. Aunque también, como en algunas tardes que se repetía hasta más de diez veces la mazurka de Chopin, pensaba en un llamado urgente, la necesidad de adelantar el tiempo, llevarnos a los habitantes del hotel a otra época, como quizás pensaban las personas que habían entrado a la bodega en aquel día perdido. Esparcí todas las fotografías sobre la colcha de lana. Me froté las palmas de las manos para calentarlas. No podía recordar si las Polaroid incluían la fecha y la hora de la toma. En todo caso, en las imágenes recolectadas no había ninguna referencia.

Dejé una fotografía al final de la secuencia. Supuse que podría ser la última que fue tomada. Un viejo, vestido con una camisa de manga corta y pantalones azules, estaba afuera de la bodega. El fotógrafo estaba atrás de él. La posición del viejo permitía ver la silueta de su nariz y la quijada. El brazo derecho lo tenía alzado a media altura y la mano, extendida, señalaba algo con el dedo índice en dirección al exterior, al bosque. Pensé que, quizás, no era la última fotografía. Era probable la existencia de más imágenes, fotografías perdidas por ahí, en algún lugar secreto de la bodega, quizás bajo tierra u ocultas en los matorrales que rodeaban el lugar. Algunas habrían desaparecido o serían inservibles. Traté de alejar mi mente de esos pensamientos para concentrarme en lo que tenía enfrente. Miré más imágenes. Una constante eran los rostros serios: mujeres calentando comida en pequeños anafres. Hombres buscando leña en los alrededores y, después, prendiendo un poco de fuego con la ayuda de algunos encendedores. El contraste era grande: por cómo iban vestidos daban la apariencia de personas de clase media y, sin embargo, estaban amontonados en una bodega que, al parecer, no tenía en ese momento ninguna condición ni equipamiento para recibirlos. Me llamaron la atención sus labios cerrados, como si temieran hablar, dejar algún rastro sonoro que los delatara. Por eso la seriedad y la sensación al mirarlos de que, cualquier palabra dicha por ellos era reflexionada largamente hasta llegar al punto de ser imprescindible. Sus ojos, anunciaban un vago temor mezclado con indolencia, como si estuvieran cansados de huir. El silencio recorría las imágenes, un silencio muerto que llenaba los rostros inmóviles. Por esa razón era difícil hilvanarlas en una secuencia. Todas pertenecían a distintos momentos, instantes separados como islas, navegando en un mismo contexto, un mar inmóvil cuya tranquilidad ocultaba una soterrada agitación.

Prendí la computadora y comencé a elaborar distintas posibilidades para la gente de la bodega. Bosquejé una pequeña lista con posibles amenazas: un grupo distinto que los hubiera perseguido hasta ese lugar; un desastre natural que los cercaba hasta guarecerse. Podía ser cualquier cosa. Escribí “Historia de la bodega” con la intención, acaso demasiado ilusa, de crear un documento que estableciera un lazo fuerte con la realidad y evitar la ficción que, hasta ese momento, había llenado los espacios vacíos encontrados en los documentos que guardaba celosamente en mi mochila. Quería pasar de la imaginación a una reconstrucción pormenorizada, comprobable, que me sirviera de guía para seguir mi viaje por el país. Sin embargo, después de escribir la frase la sentí vacía, sin fuerza o, peor aún, sin manera de poder continuarla, como un callejón ciego que se vuelve, cada segundo, más inexpugnable. Cerré la computadora y busqué la libreta roja. Quizás ahí habría alguna clave, algún elemento para desenredar la madeja. Me acosté en la cama y hojeé las páginas al azar. El autor parecía divagar. El trazo de sus palabras era inseguro, en trechos nervioso. En una de las últimas páginas mencionaba que, en la ciudad, había una memoria escondida. Como si ese pasado estuviera en una zona abisal, profundísima, que pertenecía más al ámbito de lo onírico que de la realidad. El autor mencionaba que, en lugar de recuperar los acontecimientos que habían formado la comunidad, había un olvido sistemático, muchas veces inconsciente, que tenía que como finalidad crear una ciudad atemporal. Con frases vagas aludía a un fenómeno violento que había contaminado a toda la sociedad de la región. ¿Cuál había sido el detonante? ¿Qué relación tenían esas reflexiones con los rastros encontrados en la bodega? Regresé a las fotografías. Miré una que había pasado desapercibida. Eran dos jóvenes. En ese momento se fue la luz. Como si las paredes guardaran un poco de luminiscencia, un resplandor que, en realidad, era un recuerdo que se sumergía en la oscuridad hasta desaparecer por completo. Me cubrí con las sábanas y esperé en silencio hasta quedarme dormido.

Al día siguiente, después del desayuno, salí para despejar mis ideas. Al lado del hotel había una casa de una sola planta. Estaba, como tantas otras, abandonada. Las ventanas, clausuradas con tablas largas y gruesas, parecía la huella de una guerra remota. En la puerta principal había una maceta desierta. Arriba se podía ver un tinaco de asbesto y una herrumbrada antena de televisión. Me acerqué para tratar de descubrir algo más. Cuando estuve cerca de la puerta toqué la madera carcomida y ésta se abrió. Recordé los cuentos infantiles en los que un pequeño héroe se introduce en una casa encantada. Sin embargo, el lugar en el que entraba no tenía visos de magia, ni de una incipiente amenaza. Era una casa normal, abandonada desde hacía mucho. Como sucedía en la ciudad, nadie se había interesado por reclamarla. Tampoco había sido víctima de la rapiña. El interior de la vivienda estaba detenido en el tiempo. Lo único vivo era el polvo que se acumulaba bajo los muebles. Me senté en un sillón para sumirme en la oscuridad y pensar. Los resortes rechinaron. Sentí el devastado terciopelo del respaldo. Desde mi lugar podía escuchar la pieza de Chopin, señal de que esa parte de la casa colindaba con el cuarto del posadero. Seguí las notas, ensimismado. Revisé en la cocina: no había comida y el refrigerador era una bestia silenciosa, guardiana del abandono que rodeaba todo. Pensé que, en cualquier momento, encontraría alguna señal de sus habitantes. Ante la falta de huellas para rastrear, me disponía a salir cuando algo me llamó la atención. En una vitrina que aún conservaba sus estantes y algunos platos de cerámica, encontré una pequeña grabadora. La sombra perenne que ocupaba el lugar la había escondido de mi primera inspección. La saqué con la convicción de que acababa de realizar un descubrimiento maravilloso. Era un aparato pequeño, de plástico negro. Tenía una bocina redonda y los botones para hacerla funcionar. Adentro, había un casete. Abrí el compartimento trasero y miré que tenía pilas. Quizás aún funcionaban. Era un objeto de museo que, milagrosamente, salía a mi encuentro. Oprimí el botón para que avanzara la cinta. El mecanismo, perezoso, comenzó a moverse. Una voz temblorosa de mujer llenó el ámbito. Comencé a escuchar una confesión hecha para sí misma o una cartografía destinada a perderse en el tiempo. La autora, imaginé a una mujer madura, de unos cincuenta años, hablaba de su soledad, del reciente abandono de su hijo mayor. Refería, acaso para no olvidarlo, sus actividades cotidianas: ir a la tienda a comprar comida y, más tarde, asistir a un edificio en el centro de la ciudad en el que atendía llamadas de emergencia de las escasas líneas que aún funcionaban. La mujer contaba de sus horas monótonas y de las cosas que hacía para matar el tiempo: mirar por la ventana, calcular el paso de las horas sin consultar el reloj, limarse las uñas, buscar objetos interesantes en el edificio mientras esperaba el sonido de una llamada. A veces no recibía ninguna comunicación. Cada quince días tenía el pago de su salario. Sin embargo, el dinero metálico y en papel moneda era cada vez menos importante. Los alimentos bajaban de precio porque la producción tenía excedentes gracias al constante despoblamiento. Los suicidios y las muertes por vejez o enfermedad carcomían a la población. La mujer refería que, a veces, se sentía tentada a tomar el delgado fajo de billetes y lanzarlo al viento. Las monedas podría tirarlas en una de las fuentes públicas de la ciudad que ya no funcionaban y cuya agua estancada formaba en la superficie un limo verdoso en el que navegaban hojas secas e insectos muertos. Imaginé las monedas como una especie de tesoro submarino, ignorado durante mucho tiempo. A pesar de esas ideas decía que guardaba el dinero escrupulosamente entre el colchón de su cama y las sábanas. Tenía esperanza, supuse, de que llegarían tiempos mejores, tiempos en los que el dinero pudiera servir para comprar cosas diferentes a la comida o a la ropa. Después mencionó pensamientos que llegaban en oleadas mientras la ciudad se llenaba de silencio y el tablero con los botones apagados parecía una bestia de mil ojos, dispuesta a engullirla o a atormentarla con su presencia interrogante y ambigua. La mujer, con voz titubeante, refería su deseo de que las luces se prendieran y que el cuarto estrecho y alargado en el que trabajaba se llenara de voces. En la última ocasión en la que acudió a trabajar (no especificó el motivo) contó de una llamada, una última comunicación con el exterior, quizás con la última línea telefónica que aún funcionaba o con el aparato solitario que aún era considerado digno de usarse. La llamada, hecha por otra mujer, había empezado con un saludo ocasional, como si fuera el inicio de una plática con una vieja conocida. La mujer decía que del otro lado de la línea llegó un carraspeo y, en lugar de contarle un problema de salud o psicológico, se dedicó a repetir, de manera sistemática, sin variaciones y con voz calma, lo que había hecho hasta ese momento: despertarse muy temprano, tender la cama, preparar un desayuno rápido y vestirse para salir al centro de la ciudad. La mujer refería que esa voz la había llenado de pánico porque, a cada segundo, mientras el tono agudo de su interlocutora se mantenía estable, pensó que estaba hablando con ella misma y que todo –el edificio, el salario que cobraba quincenalmente, sus zapatos de tacones bajos, el tablero de control, el escritorio con el libro en el que firmaba su entrada y salida– era una alucinación y que ella estaba en su casa, que no había salido de ahí desde hacía muchos días y que había tomado el teléfono para hacer una última llamada, una llamada de auxilio para sí misma.

Guardé la grabadora. Esa noche volví a accionar el mecanismo y transcribí la historia de la mujer. Imaginé escuchar una y otra vez su voz hasta que empezara a contar una historia diferente o continuara su narración original. La escuché una vez más hasta que las pilas agotaron la poca energía que les quedaba. Pensé que era la última persona que podría escuchar esa narración. Nadie podría conseguir pilas de repuesto. Dejé el aparato encima del buró. Lo observé largo rato. Me parecía que, cada uno de los habitantes había pasado por una crisis parecida a la de la mujer. Personas que, de pronto, se desconocían frente al espejo, mientras desayunaban o iban a trabajar a los campos, y esa epifanía, ese instante veloz y secreto, enfilaba sus vidas a una demolición paulatina que erosionaba sus pensamientos hasta dejarlos vacíos. El paso siguiente, escribí en uno de mis comentarios al texto transcrito, era buscar una pistola para el final definitivo o cualquier otro método para resolver los días que corrían, sin ninguna esperanza, por sus vidas.

Transcurrió una jornada completa después del descubrimiento de la grabadora. Mientras esperaba que la computadora encendiera (cada vez era más lenta y eso me ocasionaba lapsos de ansiedad) miraba por la ventana y trataba de adivinar, entre el gris andamiaje urbano, el edificio y el piso en específico en el que estaba el cuarto que refería la mujer. Quizás aún estaba el tablero de control, con sus botones y luces apagadas, como un antiguo tótem, un monumento cuyo uso sería desconocido –si no es que ya lo era– para los habitantes más jóvenes de la ciudad. Estaba inmerso en esas ideas cuando Lucrecia tocó a mi puerta.

–¿Qué hay más allá? –preguntó. Parecía que la pregunta iba dirigida a sí misma porque no me miró.

Había un tono diferente en su voz. El foco relampagueó y, luego, se extinguió la luz. La oscuridad era un animal que salía de su letargo y despertaba nuestras respiraciones.

–¿Y si viajamos al sur? –le dije sin pensarlo mucho.

Miramos la oscuridad. De repente parecía que esa casa era la única en el mundo. Ella se acercó a la ventana y descorrió la cortina. Parecía que sopesaba la idea de dejar a su padre. No había melancolía en su rostro, acaso un poco de incertidumbre sobre los siguientes pasos a dar.

–¿Alguien ha ido hacia allá? –le pregunté.

Ella pareció meditar su respuesta. Sus ojos pensaban en muchas cosas: personas extrañas, tribus violentas, una naturaleza impredecible. Yo intuía, por mis escasas investigaciones, que había un vago consenso acerca de personas viviendo al sur. Nadie se había molestado en corroborar esa suposición. Quizás alguien lo había soñado y se lo había contado a otra persona y, así, se había contagiado esa teoría. Lo único real eran las pequeñas luces que se veían en ese territorio. Eran luces frágiles, como las de las velas cuando son asediadas por el viento y que, en cualquier momento, pueden apagarse. Quizás eran un efecto visual que aparecía al anochecer. Para Lucrecia el viaje habría sido un proyecto largamente añorado. Por eso el silencio ante mi pregunta significaba muchas cosas: la posibilidad de huir, el momento en que abandonas el mundo que conoces y te internas en uno sin mapas ni explicaciones. Era como volar.

–¿Qué le dirás a tu padre?

–Nada.

Tal vez ya había intentado viajar en el pasado, sin llegar muy lejos y por eso no se atrevía a contarme los detalles. Por eso miraba el río de otra forma. Soñaba con su flujo lento y constante. Soñaba con las zonas que recorría, con los pedazos de tierra que erosionaba, con la basura plástica que era arrastrada desde muy lejos y que se acumulaba en pequeñas islas, desgajadas después por el contacto con fragmentos más pesados.

–¿De dónde son los cadáveres que dejan en el río?

–Los dejan ahí para ahuyentar su miedo –me dijo mientras metía las manos en los bolsillos de sus pantalones y se sentaba en la cama.

–¿Son muchos?

–Hay días en que hay varias luces en el río. Van muy lentamente por el curso hasta que desaparecen.

Los cadáveres, rodeados de pedazos de plásticos, como sudarios fragmentados que, de alguna manera, ayudaban a caldear el fuego. Por eso duraban tanto. Las luces que se veían a la distancia eran, quizás, señales de la misma combustión y por eso su inestabilidad y temblor.

Esa noche nos quedamos en mi habitación haciendo planes. Lucrecia no le daba importancia a los posibles riesgos y sonreía cuando especulábamos con lo que encontraríamos al sur. Dijo que su padre se acostumbraría a estar sin ella. Además, irnos no significaba, necesariamente, un exilio definitivo. Pensé que anotaría ese pretexto en una nota para él. Ella trajo una hoja de papel y elaboramos un mapa incipiente con la poca información que teníamos. Lucrecia rescataba partes de viejos recuerdos para guiar el bosquejo. Puse, como el punto de inicio, la muralla. La dibujé como una línea horizontal que abarcaba todo el ancho de la hoja. Parecía una frontera inacabable, un punto de contención, una barrera que impedía que una gran nada se volcara sobre el mundo. Después dibujé unas líneas elementales para representar a la ciudad y un camino que seguía hacia el sur, imitando el curso del río. Lucrecia me dijo que, ese camino, en realidad una vereda, era la única guía. Pude añadirle más detalles, pero serían puras imaginaciones. Miramos, una y otra vez, el dibujo. Nos imaginábamos como figuras diminutas, sorteando mil peligros, cruzando ríos tempestuosos, enfrentándonos a desfiladeros impredecibles. Cada peligro hacía más atractivo el viaje. Ese espacio en blanco era, al mismo tiempo, una amenaza y un anzuelo. Mientras contemplábamos el mapa comprendimos que, quedarnos ahí, para los dos, era languidecer hasta acabar en el río. Nuestra exploración sería un trabajo para nadie; mi crónica, un instrumento perdido hasta que alguien, en un futuro improbable, la rescatara. Por eso, la intención del viaje, era la posibilidad de la escritura. Escribir y escribir para contar algo, aunque fuera a mí mismo. Era mi frontera, la única posible de construir, la que me redimiría o acabaría condenándome.

 

(CONTINUARA)

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CELEBRACIONES*

 

Niña. Mujer. Muchacha sin abrir

Razón del territorio de lodo.

Celebremos.

Espejo. Agua de luna.

Arquetipos de suelos que no duermen.

Cae una estrella. Mírala. Pide un deseo.

No mientas. No mires hacia abajo.

 

Celebraciones.

Ora por mí. Ora por ella. Ora por él.

Velas encendidas y olor a cera.

Padre y virgen de yeso. Mujer de los veranos.

Infancia degollada. San Antonio de Bronce.

Apriétame la mano. Nietzsche es solo un hombre.

También Cristo y los cristos terrenales.

 

Celebremos la luz.

La fosforescencia de los huesos.

Los soles incendiados en tu vientre.

Sé pasionaria, violeta de los Alpes, madre selva.

Celebremos la lluvia.

Regreso al valle de los umbríos lechos.

Escucha su sonido, pon tu mano y la mía.

Sé cántaro, alcarraza, ánfora.

Bebe niña, bebe y ofrece la sed al forastero.

 

Celebremos la muerte.

Niña, mujer, muchacha de los sueños de lluvia.

Sí, lo sé, no es fácil definir la muerte.

No es fácil definir la vida.

Sé mariposa. Paloma. Reloj de arena.

Razón del barro. Razón de los cantares.

Haz el amor, eternamente.

Celebra. La muerte solo es un eufemismo

Una ironía de la vida, un rodeo.

Solo un rodeo.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Suspendido

en la luz

el día

deslumbra.

Duele

este brillo ciego

sobre el patio

mojado,

este fulgor

carente

de inocencia

habitando

la tierra del gris.

Hay tanta vida

húmeda

aún sobre la hierba.

Es urgente

someterse a la luz,

salir a vivir.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA RAZÓN DEL TRONCO*

 

En medio

de la serenidad del bosque

el gallardo

don Quijote, sobresale

inmune a las embestidas

de tantos formidables adversarios:

el viento, el hombre, el sol.

Los pájaros. Todos, buscaron

convertirlo en leño

o, en polvo del pasado.

En medio del serenísimo

bosque, la hambrienta

soledad del hombre

lo empuja soñarse árbol.

A pensarse vivo.

 

*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es

Columbus. Ohio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Tenemos dos ojos que miran la superficie y otros dos ojos separados del cuerpo que son capaces de entrar en la mirada de los objetos. Esa mirada milenaria sabe que los objetos tienen un alma escondida, que se ríen muchas veces sin que lo advirtamos y lloran nuestro desamor.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

Reflejo en la niebla*

 

 

*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

 

Yo era un buen tío. Lo que coloquialmente se entiende por un buen tío. Siempre ayudaba a mis amigos. Hacía buenas obras… Ya sabe: Dar limosna, indicaciones a desconocidos para encontrar tal o cual sitio, consejo a quien lo necesitase. Nunca volví la espalda a nadie. Nunca me faltó una sonrisa o una palabra de aliento. Igualmente fui generoso en el esfuerzo. No es por jactarme, pero fui el mejor en lo mío. En mi oficio, quiero decir. Hubo un tiempo en que no dejaba de recibir ofertas para cambiar de empresa. Acepté unas y rechacé otras, siempre en busca de algo mejor, en el más amplio de los sentidos. Pero ocurrió como tantas veces: Llegó el cambio de siglo y mi oficio empezó a desvanecerse. Hoy apenas quedan unas pocas empresas del gremio, en las que, como es natural, importan mucho más los resultados económicos que la calidad del trabajo en sí. Por eso un día amanecí desempleado y pobre. Y, para peor, viejo. Otros venden su cuerpo o venden su alma. Quizá ni siquiera aprecian la diferencia entre una cosa u otra. Pero yo no sirvo para eso. De haber servido, otro hubiera sido sin duda mi destino. Oportunidades no me faltaron. Pero hace falta un talante especial para mirarse en el espejo la mañana siguiente y no arrojarse de cabeza contra el propio reflejo. Sé que usted me comprende. Y sabe que sólo por eso le estoy apuntando con esta pistola, instándole a que me dé su dinero y objetos de valor. No hay nada personal en ello. Son negocios, como suele decirse.

Me cuenta todo esto mientras me mira con unos ojos que no delatan a un criminal, sino, más bien, a una persona atrapada en un pantano o encerrada en una prisión de barrotes invisibles. Así que le doy cuanto me pide (no todo lo que llevo, sino más o menos la mitad, siguiendo sus instrucciones: Un poco de dinero y un reloj de escaso valor) y el tipo me agradece, guarda la pistola, dice que ha sido un placer tratar conmigo, que no me mueva de ahí hasta que él haya desaparecido por la esquina de la plaza.

Miro en la dirección que señala. De allí viene un eco sordo: el estrépito lejano de un tren a poca velocidad, tal vez entrando en la estación, sonido que irremediablemente me recuerda “Bailando en la oscuridad”, la estremecedora película de Lars Von Trier.

Todavía estoy atontado por el sobresalto de verle aparecer frente a mí con el arma en la mano. Quizá por eso me pregunto qué tren, qué estación. No recuerdo que haya una cercana. Él sigue hablando, con la misma calma. Me aconseja no denunciarle. No por posibles represalias suyas, que desde ese momento se compromete a que no las haya en cualquier caso, sino por la conocida inefectividad de la policía. "Perderá usted una mañana entera poniendo la denuncia y no recuperará nada de esto. Y no se le ocurra preguntar por la causa de tanta espera. Si lo hiciera, lo mismo termina usted investigado o algo peor", me dice. Luego se disculpa, hace un gesto que podría significar cualquier cosa y se aleja hacia la estatua medio oculta entre la bruma.

Al principio me sentí enfadado. No mucho, pero lo bastante como para haberle dado un buen mamporro al tipo si no hubiese sido por el contundente detalle de la pistola. Pero mientras lo veía alejarse, me invadió una especie de nostalgia inexplicable y pensé que tal vez, en el fondo, ambos éramos la misma luz descuartizada por el tiempo y las circunstancias. Pensé que, en un país como este, repleto de desempleados y azotado por la injusticia social y la corrupción del poder, casi era una suerte haber topado con este individuo y no con otro más violento, o peor: Una multinacional dispuesta a extraerme hasta la última gota de sangre para venderla en el mercado y después arrojar mi cadáver a las alcantarillas de la miseria.

Comencé a frecuentar el parque todos los días, me habitué al ruido de los trenes -había una estación, después de todo-, me convertí en una presencia habitual, como tantas otras irreconocibles al otro lado de la niebla, acaso esperando repetir el encuentro, tener la oportunidad de explicar con detalle -y ser escuchado- las circunstancias de mi propia deriva, de la resaca que me va llevando, lentamente, hacia lo tenebroso.

 

 

 

-Próxima estación:

GOBERNADOR UDAONDO.  

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

 LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

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