AL REINO DE LOS SUEÑOS
*Dibujo de Erika Kuhn.
https://obraerikakuhn.blogspot.com/
*
¿Te gusta vivir?
¿Te gusta el resplandor del sol,
la mano abierta debajo del agua?
¿Pensás en Calcuta
abandonada a su suerte
las fachadas de la muerte
y el cuervo en el horizonte?
Puede que veas el cielo en un orgasmo
o que ahogues la pena con químicos.
¿Te gusta sentirte fuerte
bajo la cascada en verano
cortar troncos
dilapidar la vida, hacer cenas,
cocinar para los amigos?
¿Qué opinás de todos esos libros leídos
de la mente puesta en el esfuerzo
que se irá con vos a la tierra,
señalado momento?
También, quizás, pienses en tu padre
y en cómo la infancia se fue rápido
entre juegos con los hermanos
y en todas aquellas tardes en la plaza
la mente en blanco
a la hora de decir la lección.
¿Te gusta vivir? ¿Sería
mejor estar muerto?
¿Te gusta
la lluvia contra el vidrio, la diversidad
humana
dar limosna al pobre
ver las canas poblar tu cabeza
una arruga más
en el entrecejo?
Y todos esos viajes, a las ciudades que
imaginaste
¿valieron la pena?
No lo pienses tanto
no hay señales del destino.
Hay alguien, en medio de la habitación
peinando la noche a su suerte.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
OCTAVA PARTE.
Despertamos justo antes de que amaneciera.
El fuego casi se había extinguido. El frío no era tan intenso. Desde nuestra
salida el ambiente se percibía un poco más cálido. A ratos creía ver el primer
filo del sol en el horizonte. Lo único vivo era el siseo de algunos insectos. A
veces creía ver la luminiscencia fosforescente, la marea de luz que llena el
cielo antes del amanecer. De cualquier forma siempre estaban las nubes. Hacia
el sur, el cielo parecía una sólo formación nubosa, una mancha oscura que absorbía
cualquier forma y que combatía la luz del sol. Lucrecia abrió nuevos frascos de
conservas. Volvimos al camino de buen ánimo.
Después de un rato de marcha, quizás a
media mañana, encontramos que el sendero se bifurcaba. Teníamos que tomar la
primera decisión importante del viaje. No podíamos ver más allá de las veredas
porque la espesura del bosque y la vegetación silvestre lo impedían. Pensé, con
temor, que replicábamos la ruta de los que habían huido. Por eso estaba atento
a algún objeto, huellas que demostraran el paso de muchas personas: piedras
amontonadas, restos de fuego, ramas cortadas, intentos de refugios. Al no
encontrar ninguna señal que nos ayudara a decidir, estuvimos balbuceando
razones. Después de un rato, llegamos a la conclusión de que sería mejor seguir
el camino del oeste porque parecía la ruta principal. La otra, que se internaba
al este, era una derivación. Emprendimos la marcha con la sensación de que el
azar había sido, en realidad, el responsable de la decisión.
Hicimos, tal vez, un par de horas de camino
con sus correspondientes pausas. Después de superar un pequeño valle vimos, a
la distancia, entre los árboles, una cabaña. Quizás era el inicio de una zona
poblada. Mientras nos acercábamos comprobamos que, en efecto, había otras
construcciones cerca, todas de madera y con el mismo diseño que la primera.
Esperábamos encontrar rastros de personas, alguna silueta lejana, voces.
Conforme acortamos la distancia percibimos el abandono del lugar. Era, podría
decirse, una escenografía. Quizás habíamos distinguido fachadas huecas,
cascarones vacíos dejados como señuelos por alguien que deseaba jugar con
nosotros. A pesar del temor, seguimos avanzando hasta llegar a las cercanías de
la primera cabaña que habíamos visto. El lugar tenía el techo medio derrumbado.
Había una pequeña voluta de humo que salía de una estrecha chimenea. Se sentía
humedad en el ambiente. Quizás en poco tiempo llovería. Miré a Lucrecia
buscando, en sus movimientos, alguna seguridad, una confirmación para
acercarnos aún más a la entrada. Recordé los cuentos infantiles en los que los
héroes se internan en un bosque desconocido y en los que siempre aparece, como
una especie de anzuelo macabro, una cabaña en apariencia abandonada. Lucrecia,
seguramente, no había leído esos cuentos, pero tenía la misma actitud que
alguno de sus personajes. Miraba el suelo y a mí, sin saber qué hacer. Respiré
el aire frío y le dije:
–Vamos.
Ella confió, instintivamente, en mi voz.
Pensé que, hasta ese momento, era mi voz la única certeza, el sonido que
confirmaba nuestra existencia. Nos acercamos poco a poco, como si fuéramos
asaltantes. A un costado de la cabaña estaba una bicicleta herrumbrada. Una
ventana, cuarteada y redonda, parecía el ojo deteriorado de una bestia. No
distinguí ningún ruido. Me asomé por la ventana y pude ver una mesa redonda de
madera, la silueta de una chimenea en la que ardía el fuego.
Iba a tocar la puerta cuando alguien la
abrió.
–Pasen –dijo una voz de mujer.
Una mujer de unos sesenta años nos dio la
bienvenida. Tenía abundantes canas, aunque aún destacaban varios mechones
negros en su cabellera. Sus ojos, oscuros, parecían destellar en la tarde. El
dorso de sus manos, de venas abultadas, estaba medio oculto en los bolsillos de
un delantal de cuadros. Estaba vestida con un suéter deshilachado de un azul
indeciso. También vestía un pantalón de pana. No había ninguna señal que nos
permitiera ubicarla en el tiempo. La mujer podía venir de un pasado remoto o
ser reciente en el mundo, al igual que nosotros.
–Los vi allá afuera. Supuse que era
cuestión de tiempo para que se acercaran.
Miré el interior de la casa iluminado por
la bocanada de la tarde. La luz descubría pocas cosas más: un par de cazuelas
de barro, algunas virutas de madera en el piso, la sensación de estar adentro
de un sueño. En una esquina, junto a la chimenea, pude ver una pequeña hacha.
Que la mujer estuviera lejos del alcance de ella me dio una sensación de calma.
Ella, adivinando mi sospecha, intentó un gesto amable y abrió por completo la
puerta.
–Pasen.
Nos sentamos en unas sillas. En una
esquina, adentro del semicírculo de una chimenea, ardía el fuego alimentado por
algunos leños. Me di cuenta que, en estantes improvisados, algunos a punto del
derrumbe, había objetos de plástico. Una muñeca, decolorada pero aún con
rastros de amarillo en su falda, miraba en dirección a la ventana redonda.
También había anuncios de refresco, pequeños moldes, una bocina inservible y
llena de moho. También había algunos envases de vidrio, una caja de cartón que estaba
a punto de disolver sus costuras. Me pregunté, mientras entrábamos, si esos
objetos habían sido recogidos en el río. No sabía qué tan lejos estábamos de
él. Yo suponía que nos habíamos alejado de su curso, pero quizás mis cálculos
estaban errados. Sin brújula, ni algún otro instrumento de orientación, sin más
guía que el sendero, era fácil llegar a conclusiones muy alejadas de la
realidad.
–Venimos del norte –dijo Lucrecia para
detonar la plática.
–Se fueron todos… –alcanzó a murmurar la
mujer –ya no están.
Miramos de nuevo su gesto vacío y el leve
alboroto de su cabello. Sus palabras echaban raíces en el silencio, se
estancaban y navegaban entre nosotros como preguntas insolubles, objetos
depositados en un pantano, hundiéndose sin poder hacer algo al respecto.
La mujer se llevó las manos a la cabeza.
Por instantes parecía que acababa de despertar después de un largo sueño.
–¿Quiénes se fueron? – pregunté.
La mujer me miró como si fuera un extraño,
como si los segundos anteriores no hubieran existido. Después, con un veloz
parpadeo, regresó a la realidad.
–Todos.
La casa, húmeda, olía a papeles mojados, a
tierra reblandecida como si hubiera llovido durante muchos días. Pensé,
mientras veía a Lucrecia tomar la mano de la mujer y colocarla entre las suyas,
que en esa zona del país llovía todos los días y que esa aparente ventaja,
comparándola con las partes más desérticas, era una especie de maldición que
degradaba lentamente el paisaje. La lluvia sometía a los granos comestibles, la
escasa fruta, la ropa y los cimientos de las casas, a una acelerada pudrición.
A lo lejos sonó el canto de un pájaro. Lamenté no poder salir en ese instante y
comparar, con algún dibujo del artículo que había encontrado por primera vez,
si era alguna de las especies descritas. Quizás era una variante de los pájaros
negros del norte, los únicos que había visto hasta ese momento.
–Primero fueron los vecinos de las partes
más alejadas del pueblo. Después parecía que el fenómeno ocurría al azar.
Hombres y mujeres, no había distinción.
Pensé que la mujer se refería a un pueblo
lejano, abandonado ahora. Después, por la forma en que la mujer miraba la
ventana, el breve temblor en los labios, comprendí que se refería al entorno de
la cabaña, a las demás construcciones de madera que estaban salpicadas entre
los árboles. La naturaleza reclamaba las zonas que habían sido invadidas. Ahí,
según su historia, en el lugar recuperado a medias por árboles de ramas
tupidas, matorrales abundantes, hierbas salvajes que se extendían y reptaban
por todos lados, se había establecido un pueblo. Alucinada, la mujer empezó a
confiar en nosotros. Quizás era porque ni Lucrecia ni yo, hambrientos de
certezas, mostramos escepticismo.
–¿De dónde vienen? –preguntó ella.
–Del norte –repetí.
Sus ojos se agrandaron. Nos miró,
incrédula. Parecía que en su mundo no existía el norte ni otra posible
coordenada. Para ella el único lugar que podía existir era esa cabaña, la
fogata cuyas breves llamas apenas se levantaban unos centímetros y los escasos
enseres sobre la mesa.
–¿Conoce el norte? –preguntó Lucrecia.
–No hay nada allá. Eso siempre lo supimos.
Una leve sombra de locura se asomó en el
semblante de la mujer. Sus ojos enfocaron la ventana redonda. Por un momento
pensé que rectificaría y que nos contaría toda la historia. Tal vez necesitaba
un acicate, otra prueba que confirmara nuestra procedencia. Lucrecia se acercó
a la mesa. La mujer la miró con una mezcla de ternura y curiosidad. La locura,
por un instante, se había alejado. Pronto, sobre la madera vieja, entre una
vela consumida y una cuchara de metal opaco, se acercaron las sombras de las
dos. Las manos de la mujer, ante la cercanía de Lucrecia, fueron a la cuchara,
como si fuera su último tesoro, el último objeto para vender o intercambiar.
–Mire, traemos fotografías. Son de dónde
venimos.
Pensé que era prematuro enseñar las
imágenes. Podrían ser, como en un juego de azar, nuestra última carta. Pero
Lucrecia tenía necesidad de encauzar la charla, renovar la confianza hasta que
llegaran más palabras.
Comenzamos a extender sobre la mesa las
fotografías. La mujer tocó con dedos lentos las imágenes. Aparecieron los
personajes encerrados en la bodega. Las había visto tantas veces que parecían
fotografías de familiares. Era un álbum lejano y cercano al mismo tiempo. Los
hombres y mujeres, de tanto verlos, parecían cambiar de expresión. Algunos
rostros parecían haber cambiado desde que los había visto por primera vez.
Imaginé una migración fantástica y secreta: personas extendiendo su vida en el
reducido límite de una imagen, sin poder escapar del marco blanco de una
polaroid antigua. Tal vez por eso, mi expresión, encontraba vínculos con la de
la mujer. Ambos, por un momento, éramos seres ajenos a nuestro entorno
inmediato, mirando cosas extrañas, lenguajes para los cuales no estábamos
preparados.
Después de unos minutos, las fotografías
parecieron detonar la memoria de la mujer, sacar del letargo emociones, pasajes
ocultos por la soledad y la locura. Ella se internaba, como en los pasajes subterráneos
de una ciudad, por callejones antiguos, pasos clausurados desde hacía muchos
años. La mujer, con palabras balbuceantes, nos dijo que esa zona del país, a la
que habíamos llegado, había estado habitada por mucho tiempo y que la vida de
sus habitantes se desarrollaba sin más contratiempos que las veleidades del
clima que afectaba, de vez en cuando, a las cosechas. Enderezó la espalda y
continuó:
–El clima comenzó a cambiar. Tal vez fue la
primera señal que no advertimos o no supimos interpretar. Miren las nubes
–señaló con un dedo tembloroso el techo, como si las maderas devastadas
semejaran un cielo ruinoso y aglomerado– de repente llegaron y luego ya no se
fueron. Es como si estuvieran a punto de caer, ¿no es cierto? A veces siento
que van a bajar tanto que se meterán aquí y me volverán loca.
Imaginé las nubes como bestias vigilantes,
acercándose cada vez más a la tierra. Primero, la parte más alta de los cerros
y después moviéndose como una bocanada entre los árboles. La mujer esbozó una
media sonrisa. Sus labios, un poco temblorosos, removieron los demás escombros
de la historia.
–Las nubes nunca se fueron, pero la lluvia
no llegaba. Era como si Dios se estuviera burlando de nosotros. Entonces,
cuando era ya demasiado tarde, comenzó a llover. Pasaron semanas y la lluvia no
se detenía.
Lucrecia le ofreció una mirada dulce. Las
palabras de la mujer, a pesar de los miedos que convocaban, fluían con mayor
rapidez. Era el nervio vivo, el movimiento más rápido de los labios, los que
despertaban antiguos terrores, fantasmas. Nos dijo que la lluvia había empezado
a pudrir las cosechas. No había a dónde ir. Sólo se podía ver al agua abriendo
grietas, erosionando la superficie de la tierra. Algunas casas sucumbieron a
los derrumbes. Otras, construidas en terreno más firme, resistieron, estoicas,
a pesar de que el lodo se iba haciendo cada vez menos espeso e invadía los
espacios entre las tablas de madera, los quicios de las puertas y las ventanas.
Lucrecia seguía, maravillada, la historia,
como si estuviera escuchando un cuento infantil.
–Entonces, cuando creíamos que la
aniquilación estaba a punto de ocurrir, cuando la comida se pudría y la cosecha
ya se había perdido, se detuvo la lluvia. Todos salimos a observar el cielo.
¿Saben? Era como si el tiempo se hubiera detenido. No había viento. Tenía que
mirar a los otros, asirme al movimiento de sus ojos, los gestos, el nervio al
señalar el horizonte o el cielo, para comprobar que seguía viva, que las cosas
seguían transcurriendo. Lo más extraño eran las nubes. No se habían ido. La luz
seguía siendo gris y el sol no se veía. Era una alfombra de nubes inmóviles.
Como pueden comprobar, nunca se fueron.
Recordé las nubes. Desde mi llegada a esa
parte del mundo parecían los lomos de bestias aglomeradas, sin espacio para
moverse y que sólo pueden observar el paisaje que tienen abajo.
–¿Pudieron reorganizar sus vidas? –preguntó
Lucrecia.
–Intentamos hacer cuentas de lo poco que
quedaba. Aun así, no alcanzaría nuestras reservas para mucho.
–Regresamos a nuestras casas dispuestos a
reorganizar nuestras vidas. Unos días después, no recuerdo, cuántos, una joven
dijo que su padre había desaparecido.
–¿Se perdió en el bosque? –pregunté.
–No lo sé. Una noche no llegó a dormir.
Ella y su madre pensaron en un accidente o en un extravío. Incluso, ante la
ausencia prolongada, creyeron que había huido con alguien. Era difícil ir muy
lejos.
Me asombró encontrar la misma displicencia,
el desinterés que había percibido en la ciudad del norte. Todos los habitantes
creían que no había nada más allá de lo que podía abarcar la mirada y por eso
no intentaban nada. Esa certeza, sólida, irrebatible, era una muralla que
impedía que alguien quisiera ir muy lejos. Por esta razón tenía que estar en
las cercanías. La mujer contó que se organizaron algunos grupos de hombres que
comenzaron a recorrer el bosque. Sin embargo, después de dos o tres breves
expediciones, regresaron sin noticias y sin señales del hombre. Su familia se
acostumbró a estar sin él.
La mujer pasó un trago de saliva.
–Los veíamos en las calles, silenciosos,
mirando el suelo, buscando, al parecer, las huellas de su padre entre los
rastros de las demás personas. No sospechaba que yo estaría, muy pronto, en la
misma situación.
Lucrecia se llevó las manos a los cabellos.
Para no abordar el tema, contemplé la muñeca en la repisa. Su mirada ciega era
un objeto de otro mundo. Ella había llegado a esa cabaña como yo, por
accidente. La mujer continuó:
–No sabíamos si la desaparición del hombre
era un hecho aislado. Quizás muchos pensamos que no habría un caso similar. Por
eso nos dedicamos a salvar la comida y a reconstruir las casas que estaban
mutiladas por los derrumbes y la pudrición de la humedad. Poco tiempo después
ocurrió una nueva desaparición. Una niña no había regresado a su casa después
de visitar a unos vecinos. Los padres, angustiados, trataron de reconstruir la
ruta que había tomado su hija. El trayecto era muy breve y no había razones
para que la niña decidiera alejarse del camino. Fueron con cada uno de los
habitantes del pueblo. Aún recuerdo la urgencia de la voz cuando me preguntaron
por ella. La sorpresa había sustituido, al menos momentáneamente, a la
tragedia. Era como si no pudieran entender que ella no estaría más con ellos.
Después, con el paso del tiempo, mientras los veía tratando de retomar sus
actividades diarias, comprendí que era más fuerte la necesidad de una
explicación que el dolor sordo de la muerte. Así, esa segunda desaparición, fue
el prólogo de otras. Las calles dejaron de tener tantas huellas. Varias casas
que estaban en proceso de reparación quedaron abandonadas. La línea terminaba
cuando el último familiar desaparecía también. Entonces quedaba una especie de
hueco entre nosotros, un espacio que amenazaba con succionarnos, llevarnos
lejos.
–¿No vieron gente extraña en los
alrededores? –preguntó Lucrecia.
–Pensamos, por supuesto, en forajidos, en
gente de otra parte del mundo. Pero no había huellas de ellos. Nadie atestiguó
nada extraño. Lo único que decían los familiares era que habían percibido una
extraña tranquilidad en las personas antes de su desaparición. Era, podría ser,
una conformidad inconsciente.
Miré la fogata y vino, a mis pensamientos,
la imagen de animales yendo, con absurda tranquilidad, al sacrificio.
–Nadie volvió –dijo la mujer.
Permanecimos unos segundos callados. La
mujer no estaba segura de continuar la historia. Yo, quise salir, motivado más
por la curiosidad que por el ansia de desentrañar el misterio, a revisar casa
por casa. Eran casi todas iguales, con ventanas redondas, como los ojos de
criaturas que se nutrían del suelo blando, que persistían a pesar de sus
entrañas de madera podrida, del asedio constante de los voraces insectos. Con
el paso de los años, serían bestias descuartizadas, materia orgánica disolviéndose
con paciencia, borrando voces, vidas, recuerdos.
Traté de comprender lo que decía la mujer.
Casi podía ver la escena: un hombre llegaba de fuera, después de una larga
jornada de trabajo, y encontraba la mesa puesta, quizás una magra cena preparada,
ya fría. Entonces comenzaba a llamar a la mujer, a sus hijos, a buscarlos en
los cuartos, en la cocina, en el dormitorio. Al inicio las suposiciones eran
las mismas: habían salido por un imprevisto, quizás se habían accidentado en
alguno de los caminos cercanos o estaban de visita con algún vecino. Sin
embargo, con el transcurrir de los minutos, se hacía cada vez más patente que
ellos no regresarían. Entonces, el deudo caminaba en círculos, revolvía
papeles, se aferraba a cualquier retrato o huella reciente de los
desaparecidos.
–Allá, un poco más lejos, están las cruces
que dejaron los familiares.
Imaginé la necesidad constante de tener un
cuerpo, restos para enterrar, para asegurarse que la persona estaba muerta. Sin
esa prueba, no habría un solo día sin pensar en el sitio en el que estaban los
restos degradándose, expuestos al homenaje de alguna flor cercana o al
constante merodeo de los insectos. Algunos habitantes, quizás, aseguraban que
los desaparecidos estaban en otra parte, en una órbita muy lejana, maltrechos
pero vivos. Para los demás, los que asumían la muerte de sus familiares,
tendrían todos los días, como una tarea inútil pero constante, tratar de
adivinar los últimos pensamientos de sus seres queridos antes de morir, la
última imagen capturada por sus ojos, el significado de la última respiración
que se diluyó en el ambiente.
–Para muchos la opción era quedarse en su
casa, en su habitación, esperando que alguien entrara para llevarte –finalizó
la mujer.
La noche ya había ocupado esa parte del
mundo. Escuchamos el siseo de los grillos y el crujido que emergía de la
chimenea. La mujer renqueó hasta una esquina y destapó un frasco de cerámica.
Echó unas hojas en una pequeña bolsa de tela y la sumergió en una tetera llena
de agua. La mujer sacó tres tazas de barro y colocó la tetera entre las brasas.
El agua empezó a calentarse. Oíamos el burbujeo. Pensé en diminutos mundos en
perpetua colisión, en un diálogo frenético y asombrado.
–Hubo algo que comenzó a aterrarme –dijo,
mientras su mirada se alumbraba por el brillo de la tetera –, la idea de
desaparecer sin enterarte de la verdad. Si desapareces en la completa
ignorancia o si mueres aún con la duda. Imaginen estar, para siempre, con
tantas preguntas.
Traté de encontrar una respuesta que
rebatiera esas suposiciones. Quería demostrarle, con urgencia, que estaba loca,
que nada de lo que nos había contado era factible. Seguramente sus palabras
eran parte de una historia nutrida por el cielo inmóvil, por la humedad que
había quedado de los días de lluvia y que impregnaba todo, que se metía en los
pulmones y te erosionaba lentamente. Sin embargo, entrampado en los ojos de
Lucrecia, en su gesto escondido y lleno de silencio, sabía que todo era verdad
y que se vinculaba, por caminos apenas vislumbrados, con lo que sabíamos, con
lo que habíamos vivido hasta ese momento.
La mujer sacó la tetera del fuego y sirvió
el líquido en las tazas. Percibí una esencia a romero y menta. Tal vez eran
plantas desconocidas que se daban en las inmediaciones del bosque, cobijadas
por las sombras de los innumerables árboles. La mujer, tomó un par de sorbos, y
continuó:
–Entonces, una noche, yo y mi esposo,
escuchamos una discusión en la calle entre dos hombres. El inicio del
desacuerdo tenía que ver con una mujer que había desaparecido el día anterior.
Como era usual la habían buscado en las casas vecinas. Después, intentaron en
áreas más lejanas. Uno de ellos, al parecer la pareja de la mujer, le decía al
otro que había agotado todas las posibilidades, que sólo le faltaba levantar
las piedras. El otro, al menos desde lo que alcanzábamos a escuchar, respondía
con monosílabos. Parece que esa indiferencia, el no compartir la ansiedad del
otro, empezaba a tensar las cosas. El primero seguía contando las cosas que
había hecho para encontrarla. Era un discurso alucinado que usaba como pretexto
la desaparición de la mujer para extenderse a otras frustraciones de su vida.
Decía, por ejemplo, que su padre había estado a punto de morir cuando la lluvia
no se detenía y la comida empezaba a menguar. Después, el viejo había perdido
la razón al grado de desconocer a su familia. En un par de jornadas también
desaparecería. Repetía varias veces las frases, como si no estuviera seguro de
su peso y tuviera que regresar a ellas para, finalmente, estar convencido de su
realidad. El otro, después de los monosílabos, se había animado y ahora contaba
sus desgracias. También había desaparecido su mujer en esa fecha. Su padre
también había perdido la razón antes de disolverse en el paisaje boscoso. Las
palabras diferían un poco pero, en esencia, formaban parte de una historia
común. Por un momento pensé que espiábamos a un hombre duplicado, reclamándose
a sí mismo los infortunios de su vida, los hechos que pudo haber modificado,
las cosas que quedaron por hacer. Incluso, cuando nos asomamos un poco
temerosos, por la ventana, vimos a dos hombres de la misma complexión, con los
cabellos revueltos y calzados con botas.
La mujer hizo una pausa. Parecía un poco
exhausta. Asumí que era desgastante enlazar ese discurso, en medio de la nada,
con nosotros como único público, mientras la noche y el exterior parecían
cerrarse como una mano inmensa que contrae sus dedos hasta acabar con todo. La
mujer pasó la lengua por los labios y continuó:
–Sí, estábamos en esta ventana –señaló con
el dedo índice, tembloroso, como si la escena completa estuviera ocurriendo de
nuevo –y los vimos a los dos, forcejeando. Uno de ellos, después de un par de
intentos, logró derribar al otro. Quizás había más vecinos asomados en sus
ventanas, sin saber qué hacer. Vimos la figura del otro, en el suelo. El que
estaba de pie lo tomó de la camisa y le empezó a dar puñetazos. La luna había
encontrado un hueco entre la cortina de nubes e iluminaba más que de costumbre.
Por eso pudimos ver el puño apretado y la descarga en el cuerpo del otro que
extendía los brazos para defenderse. Sin embargo, el primero no se detenía.
¿Saben? Es como cuando se extiende el fuego. Cualquier cosa que hagas
intentando detener su paso lo alimenta más. Vimos, una y otra vez, los
puñetazos al rostro del caído. Escuchábamos el sonido seco de los puños, el contacto
con el hueso de la mandíbula. El otro apenas se quejaba y se seguía
defendiendo. Pero su defensa era inútil y los brazos apenas tenían fuerza. Tal
vez sabía que no había nada que hacer ante el embate del otro, pero, aun así,
el instinto le hacía extender los brazos a pesar de que su intención provocara
más golpes de su enemigo. No quisimos seguir en la ventana. Más tarde, mientras
intentábamos dormir, creíamos escuchar los gemidos del hombre derrotado,
seguramente moribundo. Apreté los puños y mordí las sábanas.
Cuando la mujer terminó de hablar pensé que
tendría mucho por escribir. Quizás las desapariciones serían un fenómeno que
estaba por ocurrir en la ciudad del norte. Tal vez sabía algo de esto la gente
encerrada en la bodega o, simplemente, era una amenaza desconocida, aunque
quizás la llegaron a presentir. Cuando las nubes se acercarán al norte el
invierno se detendría y la lluvia comenzaría a degradar, muy lentamente, a la
ciudad. Después el norte repetiría la historia del pueblo de la mujer. Imaginé
a la gente que había visto en las calles de la ciudad, hombres y mujeres
silenciosos, mirando por sus ventanas cómo el agua se acumulaba en las
banquetas, cómo la lluvia formaba charcos cada vez más grandes y profundos.
Miré a Lucrecia tratando de adivinar si
había seguido mi pensamiento. Pero ella, con la luz de que emergía de la
chimenea en su rostro, estaba lejos de ahí, en una imaginación que no podía
adivinar, un mundo diferente. Por eso sólo pude seguir pensando en el destino
de la gente del norte. Después de la lluvia vendría la inmovilidad del cielo y,
después, las desapariciones. ¿Cómo enfrentarían el fenómeno? ¿Se resignarían a
perder a sus familiares? ¿Se acostumbrarían poco a poco, pensando que las
desapariciones serían un evento pasajero? ¿Se fabricarían miles de
explicaciones para huir de esa realidad, justo como yo lo estaba haciendo esa
noche? No podía dejar la imaginación, tenía que volver de cuando en cuando a
evadirme, porque no quería enfrentar el hecho de estar ahí, sin saber a ciencia
cierta si la mujer nos estaba contando la verdad, si había algo más allá de ese
bosque.
–¿Cómo ha podido sobrevivir? –pregunté sin
poder disfrazar la tensión en mi voz. Mi pregunta, en realidad, iba a ser:
“¿Por qué no ha desaparecido?”, pero me contuve en el último instante.
–Tiene que ver con mi esposo.
–¿Cómo?
–La razón de que siga aquí es esperarlo. La
idea de su regreso, la esperanza, me protege. Es la espera, nada más. Por eso
no puedo ir más allá. Si me alejo lo suficiente también desapareceré, me uniré
a ellos, a donde quiera que estén. Y, como les decía antes, me atemoriza no
saber qué pasó. No quiero morirme o desaparecer sin haber sabido nada.
Nos quedamos en silencio. Miré las arrugas
bajo sus ojos. Esperamos a que recuperara la confianza para que siguiera
hablando.
–Hubo gente que ya no quiso salir de su casa. Había varias razones. La principal era el instinto de seguir vivos, ¿no es así? Entonces algunos nos convencieron de que no había que salir más. Permanecimos, muchos, tras las puertas de nuestras casas. Salíamos sólo para lo indispensable. Comenzamos a evitar la noche. Era lógico, pues los asesinos, los que nos desaparecían, si es que existen, usaban la noche para ocultarse, para actuar más rápido. Los límites los fuimos imponiendo nosotros mismos. Decidíamos, en juntas cada vez menos numerosas, los lugares que ya estaban vedados, que no se podían visitar. Nuestro mundo se fue empequeñeciendo. Mi esposo siempre intentó desentrañar el misterio, encontrar alguna razón a lo que estaba pasando. Utilizó varios folios de papel para hacer anotaciones. Hizo algunos cálculos, por supuesto, aventurados. A veces iba a las casas de los vecinos y se asomaba a las ventanas. Si veía polvo acumulado, señales de un lugar inhabitado por algún tiempo, anotaba a esa gente como desaparecida. Pronto llegó a una idea cuyo origen nunca supe. Acaso era una profecía disfrazada de un delirio. Él concluyó que había un sobreviviente. Un hombre del pueblo, uno de tantos que no habían vuelto, estaba a unos kilómetros de aquí. Ahí, en un claro en el bosque, había encontrado una cabaña. Mi esposo siguió explorando la posibilidad. Me contaba, cada noche, nuevas teorías que partían de la idea del hombre, solitario, en esa cabaña. Me dijo que era una especie de puesto de vigilancia. Le pregunté por qué no regresaba, por qué no mandaba un mensaje para contarnos lo que había encontrado ahí, cómo había sobrevivido. Él guardaba silencio, pero no desechaba sus papeles y seguía pensando. Un día me dijo que, tal vez, el tiempo que había habitado en ese lugar, lo había hecho olvidarse de su compromiso con el pueblo y con sus habitantes.
Lucrecia cerró los ojos, como si forzara la
mente para lograr un convencimiento total, sin fisuras, de la historia de la
mujer que, con ansia en la voz, continuó.
–La población siguió disminuyendo. Mi
esposo comenzó a obsesionarse con la historia del hombre a quien nombró “El
vigía”. Hablaba de él cada vez que podía. Yo, incrédula, le decía que no era
verdad, que era sólo una fantasía. Había fabricado eso para aferrarse a la
cordura. Sin embargo, él no dejaba de mencionar las posibilidades de que
existiera un vigía. Pensaba que en ese hombre estaban todas las respuestas. Una
noche antes de su desaparición, soñé que había salido de casa para buscar la
cabaña del hombre, el puesto desde donde vigilaba. No había ninguna imagen, una
escena en el sueño que me diera esa certeza, sin embargo, sabía que era real,
muy cercana, la posibilidad de que el próximo desaparecido fuera él. Quizás,
todos los habitantes del pueblo habían tenido el mismo sueño y habían partido,
a la nada, llamados por la idea de encontrar a un vigía en ese lugar
imaginario. Por eso nadie quería decir nada en las calles, en las juntas cuando
comentábamos las ausencias más recientes. Les daba vergüenza contar ese sueño y
por eso preferían el mutismo, la pasividad. La mañana después de ese sueño, me
desperté, enfebrecida, con el pulso acelerado en las venas. Las manos me
hormigueaban. Le conté del sueño y él me dijo: “No te preocupes. No voy a
dejarte. Sólo nos tenemos el uno al otro. Estaremos juntos hasta el final, pase
lo que pase”.
La mujer rodeó la taza con sus dos manos.
Traté de buscar con la mirada los papeles del hombre en los que detallaba la
vida del vigía. Pero la oscuridad, apenas debilitada por el fuego de la
chimenea, entorpecía la búsqueda.
–Recuerdo que me tomó de las manos y se
quedó un momento mirándome en silencio. Parecía, más que un esposo, un padre
que trata de tranquilizar, inútilmente, a una hija asustada para la cual no hay
razones que eliminen su miedo. Yo empecé a estremecerme y, luego, a tratar de
reprimir el llanto porque sabía que, lo que él decía, era mentira. Algunas
lágrimas resbalaron por mis mejillas porque era falso su gesto afable, el esbozo
de sonrisa en su rostro. Cada una de sus palabras decía, en realidad, todo lo
contrario. Y nos quedamos, abrazados, en esa última tarde, mientras el sol se
ocultaba y las calles del pueblo quedaban vacías, sin ruidos. Tal vez él, en
ese instante, creía en sus mentiras y estaba seguro de que no se iba a ir.
Estaba convencido. No tenía otra opción. Tal vez creía en todo lo que decía a
pesar de que, por una extraña razón, estuviera dispuesto a hacer todo lo
contrario. Era como si, bajo su piel, atrás de su rostro cansado y las arrugas
cada vez más abundantes bajo sus párpados, habitara un hombre distinto, un
hombre que contradecía todas las decisiones que tomaba. Así que decidí, aunque
sabía que era imposible lograrlo, quedarme sin dormir para vigilarlo todo el
tiempo. Iría con él a todas partes. Mi misión estaba destinada al fracaso.
Quizás él también lo supuso, porque respondía, afable, cada vez que lo llamaba
en la cabaña para asegurarme de que aún estaba ahí, que las horas fluían con
normalidad. Si transcurrían unos segundos sin su respuesta me levantaba de la
silla y lo buscaba en el otro cuarto. Tenía la sensación de que serían
necesarios muy pocos segundos para que emprendiera el camino. Podría salir por
la ventana rectangular del cuarto trasero. El espacio era lo suficientemente
grande para que saliera, aunque tendría que romper el vidrio y el ruido me
alertaría. Esa noche comencé a tejer para entretenerme. Tenía un estambre color
rojo, el último que me quedaba. Él estaba al otro lado de la cama. Me había
dicho que durmiera, que no iría a ningún lado. Parecía un padre afable
consolando los terrores nocturnos de su hija. Pero no confiaba en él. No porque
estuviera decidido a engañarme, sino porque lo haría de forma inconsciente. No
tendría ningún asomo de culpa. Le dije que no se preocupara, que estaría
tejiendo un rato más mientras durara la luz de la vela. Mis manos iban y
venían. Las sombras de mis dedos parecían animales emergiendo entre las
sábanas. Mi atención, en apariencia, se concentraba en el tejido, pero mi
pensamiento iba al temor, constante, de que él se fuera. Conforme avanzaba en
la labor sabía que sería muy difícil resistir. No sé cuánto tiempo transcurrió,
pero comenzaba a sentir la opresión del sueño en los párpados. Era como subir
por una montaña y sentir que tus pies no pueden dar un paso más. Necesitaba
descansar aunque no quisiera. La mente ordena, pero el cuerpo se rebela y opta
por una resistencia constante aunque destinada a la derrota. Las agujas de
tejer resbalaron de mis manos. No quise acostarme y recargué mi espalda en la
pared. Iba a estar ahí, derrotada pero inconforme. No sería como los demás:
lucharía hasta el último instante. La oscuridad parecía una boca enorme que
engullía la escasa luz de la vela. Al final, la llama tembló por una corriente
de aire y se apagó. Sólo pude mirar, como en una especie de alucinación, el
perfil de mi esposo en la cama, medio oculto entre las sábanas. Quizás ahí
podría desaparecer. No era necesario que pasara por la puerta o que derribara
alguna ventana. Era tan sencillo como desaparecer de verdad, evaporarse en el
ambiente, diluirse lentamente en el espacio oscuro que nos rodeaba y que se
metía en todos lados. Por eso nadie daba con ellos. Por eso no había huellas de
pasos y las imaginaciones de muchos, que hablaban de forajidos que rondaban el
pueblo para sustraer a las personas, eran falsas. Mi pensamiento quedó
estancado en esa posibilidad que, antes, había pasado desapercibida. Antes de
internarme, contra mi voluntad, en el sueño, alcancé a bajar mi mano derecha
que aún estaba aferrada a una aguja de tejer. La aguja cayó al piso. Busqué el
contacto con la mano de él, que estaba a un lado de su cabeza. La sentí fría.
Quise creer que ese contacto ínfimo, vulnerable a cualquier movimiento, sería suficiente
para atarlo a la realidad. Quise creer que mi calor bastaría para retenerlo.
También era posible que, si sucedía la desaparición, si se iba, me iría con él.
A donde fuera que llegáramos, estaríamos juntos, felizmente ignorantes o, al
fin, como absurdo consuelo, con el conocimiento pleno de todos los misterios
del mundo.
–¿Y qué pasó? –preguntó Lucrecia.
–Al día siguiente desperté con un
sobresalto. No había soñado. En ese momento no recordé a cabalidad lo que había
pensado la noche anterior. El despertar involucraba enfrentarse, sin mucha
preparación, a una memoria fragmentada. No pude recordar más porque vino, de
inmediato, la sensación de miedo. Miré a un lado para saber si aún estaba él.
Lo contemplé, dormido, ajeno a mi dilema, como si fuera cualquier otro día. Me
pregunté si él no tenía miedo a desaparecer, si era más importante para él
pensar en el vigía que en su propia vida. Un par de días después, mientras
calentaba agua en el fuego, lo llamé. Había pasado unos segundos desde nuestro
último contacto. Entonces noté que la cabaña estaba en silencio. No era el
silencio habitual, al que poco a poco nos acostumbrábamos por el despoblamiento
de las calles y de las casas. Era un silencio lento, que opacaba mi respiración
y aturdía la visión que tenía de las cosas. Fui al cuarto en donde había estado
con él y lo descubrí vacío. Miré por la ventana intacta. No había rastros de
él. Miré las tazas que habíamos usado unas horas antes. Traté de encontrar el
último objeto que hubiera tocado. Era ridículo, ¿no creen? Como si el objeto,
de repente, pudiera hablar y me contara, con todo detalle, los últimos momentos
de él. Me contaría, quizás, de su última respiración, si me miró o si intentó
una palabra antes de desaparecer. Lloré por mí porque no había tenido la
fuerza, la inteligencia para hacer algo más. ¿Qué hacer? Partir en búsqueda de
ese supuesto puesto de vigilancia, era algo iluso. Así que preferí esperar.
La mujer controló un breve temblor en los
labios. Lucrecia seguía entrampada en la historia. Quizás, sólo en ese momento,
no quisimos saber más. Había sido suficiente. Pero la mujer quería soltar el
cauce completo de sus palabras y dijo:
–No le dije a nadie. Cada una de las
personas del pueblo había perdido a alguien. Pasaron varios días. La sensación
del tiempo, desde entonces, cambió. Ahora no sé en qué tiempo vivo. La estación
del año no importa porque el paisaje nunca cambia. Siempre es igual afuera. Una
semana, cansada por los esfuerzos y la tensión de los días anteriores, dormí
profundamente. Me despertaba a intervalos, pero casi de inmediato regresaba a
la cama. El hambre no fue impedimento para que siguiera durmiendo. Así estuve
en un ciclo que prometía durar mucho tiempo. Una vez, en un lapso de vigilia,
sentí que había envejecido aún más. Aún tenía fuerzas en mi cuerpo. Me levanté
de la cama y fui por unas frutas que había dejado cerca de la chimenea. Le di
un mordisco a una manzana. Seguía la humedad en el ambiente. Había pensado en
quedarme encerrada varios días más hasta que la fruta se pudriera o el agua se
acabara. Sin embargo, tuve curiosidad por lo que había pasado en el pueblo. En
todo ese tiempo no había escuchado ningún ruido, acaso algún murmullo que creí
que era parte de los restos de sueño que perduraban aun con los ojos abiertos.
Entonces salí y encontré la calle vacía. Miré el cielo: las mismas nubes
amontonadas e inmóviles. ¿Han tenido la sensación de saber algo antes de
tiempo? Yo había fallado en mis presentimientos. Parecía que me había
especializado en engañarme a mí misma. Esta vez, después de caminar algunos
metros en la calle, rodeada de casas vacías, tuve la certeza de que me había
quedado sola. Todos habían desaparecido. Entré de nuevo a la cabaña y supe que
tendría, a partir de ese instante, días y días para averiguar por qué yo no me
había ido, qué me había hecho tan especial, dónde estaba la particularidad que
me protegía a pesar de que, en muchos momentos, deseaba con fervor desaparecer
también, irme a donde se había ido mi esposo y, ahora, todo el pueblo.
La última palabra de la mujer flotó en el
lugar como un gesto definitivo. Alejó la taza de sus manos y nos dijo:
–Bueno, creo que ha sido suficiente por
hoy. Deben estar cansados.
La mujer nos observó detenidamente. Su
mirada ardía en la penumbra. Sacó un par de cobijas gruesas y nos las ofreció.
Lucrecia dejó las tazas en un pequeño
fregadero. Aún quedaba el olor del té entre nosotros. Quizás la soledad
potenciaba ciertas esencias, también algunos temores.
Dejé las cobijas encima de la mesa. Los
objetos de plástico en los anaqueles seguían interrogándonos desde su
fragmentación, desde su inutilidad. En la oscuridad medio devorada por la luz
de la chimenea se percibía un indeciso color verdoso en la madera. Lucrecia se
debilitaba en esa atmósfera, pero no teníamos, por el momento, a dónde ir.
Tendríamos que esperar a la mañana para continuar el viaje.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
AHORA LO SABEMOS*
Anda en nosotros la sensación insana de
estar
caminando a la deriva en un mundo pantanoso
y contaminado que nos rodea especialmente,
y que nos produce un miedo continuo y duro
superior a nuestras fuerzas. No es una
sensación
nueva o desconocida para ninguno los
peligros
del pantano, el problema es que ahora
sabemos
nuestro destino inevitable de una u otra
manera
aboliendo las desigualdades, y esa
unanimidad
agobiante nos rebaja o humilla como
especie,
y nos pone a la defensiva en busca de un
poco
de terreno firme y seco que nos dé un
respiro.
Aun siendo jóvenes ha desaparecido la
antigua
inmortalidad de los veinte a los treinta
años
y, en la cual, las enfermedades y la muerte
eran algo que le ocurría siempre a los
demás.
Nosotros éramos jóvenes, decididos y
fuertes,
y, afirmados en la orilla más alta de la
ciénaga,
era muy fácil y sano dar la mano al que
estaba
en peligro en el pantano de la enfermedad
o el delirio del final sin peligro ni
compromiso.
De puro buenos, o eso creíamos, la pregunta
es
entonces ¿éramos más empáticos o más
cínicos?,
pero recuerdo que, los tomábamos de la mano
a los enfermos y los tironeábamos con
fuerza
aun a sabiendas de que ya no tenían
remedio,
ahora, de pronto y sin aviso, la
contingencia
y la angustiante sensación de levedad y
finitud
se ha hecho general y ha abolido las
certezas.
Nos vemos reflejados en el otro empantanado
y nos cuesta tender la mano por miedo a ser
arrastrados con el enfermo al fondo del
lodazal.
Eso nos ha vuelto individualistas y
cobardes,
porque en el momento crucial del inevitable
contacto pensamos más en salvarnos nosotros
mismos, y en tratar de exorcizar los
síntomas
del otro de esta nueva hipocondría
desconocida
con mucha más voluntad que ayudar al caído.
Nos hablan de sus angustias y no
escuchamos,
y, a su vez, nosotros hablamos de las
nuestras
y no nos escuchan; en realidad monologamos
cada uno de sus propios miedos y demonios.
Entonces, llenos de dolor y culpa nos
retiramos
y desistimos del intento y lo dejamos
pendiente
para otro día más propicio en que
insistiremos.
Pero los fracasos se suceden uno detrás del
otro
y nos refugiamos en nuestros cubículos
cubiertos
de vergüenza, egoísmo, y miserias
desconocidas.
Sin haber logrado un mínimo alivio para
ninguna
de las partes involucradas en la tragedia
que,
desde siempre, nos inunda a todos por
igual.
*De Horacio
Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com
-Horacio
nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz
Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento,
poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es
autor de los libros de cuentos Palabras
de piedra (Baobab, 1999), Media baja
(Dunken, 2012) y La insistencia de la
desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy
Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese
mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su
libro de cuentos La oscuridad de los
hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.
NÚMERO
UNO*
Una mujer se hamaca
sobre un sillón vienés. Las puntas
de sus pies rozan
apenas el suelo. Tiene los ojos cerrados.
Se hamaca y sonríe. Se
sueña.
Una niña se hamaca en
la hamaca de un parque que mira
hacia el río. Que mira
las islas. Las puntas de sus pies
rozan apenas el suelo.
Tiene los ojos cerrados.
Se hamaca y sonríe. Se
sueña.
Tiene un sueño de
palabras y banderas y poemas
que se sueltan en
palabras y vuelos de banderas.
El sillón se detiene y
la hamaca. Es domingo.
Sólo el sueño se
sueña.
*De CARLOTA
GABAY
(Venado Tuerto - Santa Fe)
-De “Esta
mujer” / Ed. de autor.
Viaje al Reino de los
Sueños*
La reedición de ‘La
otra parte’ (Siruela), única novela del artista Alfred Kubin, permite leerla
como precursora de relatos distópicos
*Por Alejandro
Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
Muchas veces la imaginación literaria
funciona como una suerte de anticipación de los tiempos por venir. El mundo
onírico, en particular, permite al escritor especular sobre el futuro. La
periodista Charlotte Beradt recopiló en El
Tercer Reich de los sueños (1966) las pesadillas de ciudadanos alemanes
cuando el nazismo ganaba cada vez más espacios en la sociedad. Los sueños, como
puede suponerse, reflejaban el miedo a un control totalitario que trascendía
cualquier límite físico o mental.
Décadas antes, en 1909, Alfred Kubin
–artista nacido en la región de Bohemia cuando ésta era parte del Imperio
Austrohúngaro– publicó La otra parte,
una novela que refleja la incertidumbre que llegó con el nuevo siglo, y
especuló, por medio de la fantasía, con diferentes crisis que se desarrollarían
con el paso de los años. Kubin –que era amigo de Kafka– es conocido por
ilustraciones macabras en las que somos testigos de paisajes y criaturas que
condensan el espíritu del expresionismo, el simbolismo e, incluso, el surrealismo,
mucho antes de que esta vanguardia se popularizara en Europa. Su única novela,
escrita en el lapso de unos días, funciona como hilo conductor de sus imágenes
y, por así decirlo, como una explicación desesperada de lo que ocurre detrás de
sus atmósferas, creadas en tonalidades sepia o blanco y negro.
La otra parte es una suerte de artefacto que anticipó la
experimentación formal de las vanguardias. La novela de Kubin es una mezcla de
diario de viaje, exploración psicológica, tratado filosófico y pesadilla
onírica. El texto, de hecho, es un puente entre la imaginación mórbida del
romanticismo europeo del siglo XIX y las distopías totalitarias que escribirían
autores como Kafka, Orwell y Zamiatin, entre otros. La historia comienza de
forma convencional: el protagonista –suerte de alter ego de Kubin, pues es un
ilustrador– recibe la visita de un emisario de Claus Patera, antiguo compañero
de colegio. El personaje le cuenta que Patera hizo una gran fortuna en el
lejano Oriente, y que ha fundado en esa región el Reino de los Sueños, una
especie de utopía que recuerda leyendas medievales como la del Preste Juan, que
fantaseaban con un gobernante cristiano reinando en un territorio desconocido
para Europa. El ilustrador descubrirá, sin embargo, que el Reino de los Sueños
es el reverso del mundo ideal que imaginaba.
Alfred Kubin describe el Reino de los
Sueños como un lugar cubierto siempre por nubes, que no difiere mucho de las
ciudades europeas de la época. La diferencia importante, al menos en los
primeros capítulos de la novela, es la obsesión de Patera por las antigüedades,
al grado de trasladar edificios viejos de Europa a su reino. Las casas, los
muebles y hasta la ropa que usan los habitantes pertenecen a décadas
anteriores. El ilustrador, acompañado por su esposa, nos habla del carácter
melancólico de las personas y, en particular, de la extraña condición de Claus
Patera: un demiurgo que observa a todos desde su castillo, pero que no ejerce
ningún terror explícito para gobernar. Los ciudadanos se refugian en la
intrascendencia, la monotonía y en hábitos absurdos que anuncian un desastre
futuro.
En uno de los pasajes más interesantes de La otra parte, el ilustrador –por medio
de una carta a un amigo– refiere el hechizo que provoca un reloj en una torre.
A ciertas horas, el aparato es rodeado por muchas personas que no atinan a
explicar la fascinación que ejerce en ellas. En la parte inferior hay una celda
en la que entran y dicen, frente a una pared, “¡Aquí estoy, delante de ti!”;
luego salen, muy satisfechos. Hay, también, empleados de empresas funerarias
que llegan a domicilios equivocados y un mono llamado Giovanni Battista,
ayudante de un peluquero filósofo que hace todo su trabajo. Mientras avanzan
los días, la mujer del ilustrador cae enferma de una dolencia inexplicable y
muere. En estos capítulos Kubin lleva más allá las fantasías decadentes de
E.T.A. Hoffmann, Edgar Allan Poe, James Hogg o Gérard de Nerval, pues sus
ensoñaciones carecen de toda lógica. No hay, en absoluto, un pacto que se haya
roto o una expiación provocada por el pecado. Los habitantes del Reino de los
Sueños viven como autómatas, sin preguntarse qué hay más allá de sus fronteras.
El sueño, en este caso, es un anestésico que imposibilita trascender lo
inmediato; el autor crítica así la sociedad de fines del siglo XIX y principios
del XX.
La novela adquiere un tono hiperbólico y
desenfrenado cuando aparece Hércules Bell, un estadounidense multimillonario.
Sin mayores explicaciones, pronto se convierte en enemigo de Claus Patera. Se
podría decir que Alfred Kubin enfrenta al poder económico con el político. Sin
embargo, pronto nos damos cuenta de que, a través de los ojos de su alter ego,
ha decidido cortar cualquier lazo con la realidad y, por supuesto, cualquier
convención con el lector, y se dedica a hilvanar escenas que forman atmósferas
delirantes. Los animales comienzan a invadir Perla, la capital del reino, y
ocurren linchamientos, plagas, guerras y transformaciones de todo tipo. En uno
de los pasajes más memorables, los enemigos se convierten en gigantes –una
imagen que recuerda El coloso, obra atribuida a Goya, influencia perceptible en
el trabajo visual de Kubin– y pelean en la ciudad destruyendo todo a su
alrededor. En estos capítulos la imaginación pictórica se funde con el lenguaje
verbal: no hay explicaciones ni diálogos, sólo la perspectiva del narrador, que
refleja incansablemente la serie de pesadillas que aparecen frente a sus ojos.
Al final, el ilustrador encuentra a Patera, que ha quedado reducido a un
homúnculo, y el caos cede a un colapso que recuerda una purga bíblica, dejando
apenas rastros en el terreno.
La otra parte exige, casi desde un inicio, una
interpretación simbólica para escrutar las intenciones del escritor. El paisaje
onírico, profundamente influido por La
interpretación de los sueños de Freud, publicado en alemán en 1900, es
aprovechado por Kubin para llevarlo a una catarsis que reflejó nuevos miedos y
crisis sociales. El espíritu de los tiempos captado por el autor, en el que
conviven la locura y la muerte, puede entenderse hoy como profecía de lo que
vendría más adelante: la alienación tecnológica, la industria de la guerra e
incluso el fascismo y la ideología totalitaria que se extendió por Europa a
inicios del siglo XX, que Kubin alcanzó a ver (murió en 1959). Según su
biografía, el autor vivió a partir de 1906 y hasta su muerte en un castillo del
siglo XII en Zwickledt, en los Alpes austriacos. Es interesante imaginarlo como
testigo silencioso, en medio del desastre de las dos guerras mundiales,
preguntándose si sus ensoñaciones terribles eran un reflejo adelantado de lo
que pasaría años después.
-Alfred Kubin, La otra
parte, trad. del alemán de Juan José del Solar, Siruela, Madrid, 2026
*Fuente: LA TEMPESTAD.
https://www.latempestad.mx/tornavoz-la-otra-parte-alfred-kubin-siruela/?
*
Si yo olvido,
si definitivamente
pasa que me olvido,
si te olvidás,
como si hubiesen
muerto entre tus manos
el viento, el agua, el
cielo, lo que dura,
si juntos olvidamos
para siempre
como debieran ser
todos los olvidos,
si eso pasa,
si de una vez por
todas
eso pasa,
qué nos hará temblar.
*De Valeria
Pariso.
- “Del otro lado de la noche”, El Mono
Armado. (2015)
- Valeria
publicó los libros de poesía: "Cero
sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa",
Ediciones de la Eterna (2015), "Del
otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial
Detodoslosmares, "La trilogía: Uva
negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento
Ediciones patagónicas (2018), Segunda edición AqL (2020), Zarmina, Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía,
del Fondo Nacional de las Artes, año 2019, Ed. Mascarón de proa (2020); "Flores para no regar",
Editorial AqL (2021). “Final francés”,
AqL ediciones, 2023
Receta
para disfrutar de la llovizna*
La llovizna es una lluvia tan finita que se
cuela en el alma en ese lugar en que la tristeza se vuelve dulce. Nos recuerda
que sentir es estar vivos. La llovizna tiene la ternura de lo pequeño. El
recuerdo de lo perdido que se acerca.
Para sentir el placer de la llovizna se
necesitan una ventana, un libro, el silencio y la memoria bien vivida de muchos
días de sol.
*De Cristina
Villanueva.
-A su memoria-
*
La seudoamistad de las
identidades grupales o étnicas es al mismo tiempo enemistad, un sistema de
vigilancia y persecución mutuas. No es solidaridad sino mimetismo, basado en el
miedo al semejante. Este es según Spinoza el mecanismo de la moral. Si lo
inmoral es para Spinoza, lo que evita la amistad de los individuos llegamos a
la paradoja de que lo inmoral es la propia moral.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Las
aguas y los dioses*
En este lugar, aquí, en este hermoso lugar
hay verde. Aquí, en este sitio existe el verdor. Aquí es bello, aquí hay
plantas. Eso decíamos.
Nosotros, los mapuches, nosotros, los
salvajes ignaros decíamos Carhué y era decir nuestra casa, era decir la tierra,
era decir mi familia, mi ancestro más remoto, mi vida. Decíamos Carhué y
decíamos amo la tierra verde.
Y el lago Epecuén nuestro lago Epecuén era
salado. Salado como el mar más reconcentrado, tan salado como si el océano
hubiese sido puesto al fuego en una olla de barro y hubiese hervido despacito
hasta que el agua fuese casi sal. Así era el lago, así lo extendieron los
dioses oscuros sobre la tierra verde. Y era el límite del verde. Mas allá venía
la pradera que se tornaba páramo, hasta allí las pasturas y la facilidad. Hasta
allí lo cálido y amable, a partir de allí ese límite, ese exterior, esa
felicidad que se consigue con mayor dolor. Porque, debo decirlo, también esa
era nuestra casa, y así como se ama al hijo obediente, se ama inevitable y
dolorosamente al hijo que se eriza en espinas y baldío.
Era Carhué y era el lago de sal. Y fueron
los hombres que ya estaban pero estaban todavía lejos. Eran los hombres del
color de la blanca muerte, que nos habían dejado tranquilos hasta que su
codicia los forzó a extender los brazos más lejos que el corazón. La codicia
les dio hierros en los brazos y les dio hierros en los pies, y Carhué que era
mi hogar fue mi tumba, y mis lugares tomaron nombres que nunca les casaron,
nombres que se resbalan porque no los pertenecen. Pueblo Adolfo Alsina, lago
San Lucas, nombres extranjeros, nombres que se desvanecen bajo el cielo de la
América y que mi boca no puede pronunciar sin hacerse violencia.
Llegaron los hombres de hierro. Se quedaron
los hombres de hierro.
Vinieron en su propia bestia humeante como
quien llega montado en una pesadilla. Le dicen ferrocarril a la bestia de
fuego, a ese monstruo negro y temible. En tres grandes bestias llegaban los
hombres blancos y seguían trabajando para su codicia.
No les bastaba la laguna de sal. Ya no
estábamos nosotros, yo era ya polvo de huesos bajo mi tierra verde cuando los
intrusos que vendían baratijas y habitaciones y bañadores a rayas quisieron
obligar a la tierra a dar más de si. No les bastó ver nuestra tierra, se la
apropiaron; no les bastó apropiarse de la tierra, la quisieron doblegar con sus
canales y sus terraplenes. No era suficiente con el nuestro lago, no. Hicieron
un lago ellos, un lago dulce, trajeron el agua desde otros lados que no son este
lado, que no pertenecen a este lado, y con ese agua extranjera hicieron ese
nuevo lago y cambiaron la historia de la nuestra tierra.
Y el diez de noviembre uno de los dioses
oscuros miró la tierra que era verde, abominó el lago dulce, tomó una palabra,
pronunció una nube de ceniza, y el terraplén cedió, y la ciudad conoció el
olvido del agua silenciosa. Y el agua avanzó como un ejército en marcha, y las
puertas se hincharon en sus marcos, y el inexorable pasado se acumuló sobre los
ladrillos de la ignominia. No tañe la campana bajo el agua, no acuden los niños
a las escuelas, diez metros de agua se comprimen sobre las plazas y los
tejados.
Me duermo en mi tumba ahora. Mientras me
adormezco canto quedo una melodía que ya no encuentra cuerdas para sonar.
Siento la luz de la luna quebrada sobre el pueblo sumergido. Descanso ahora.
Los dioses juegan sus juegos, un pez desprende silenciosa, lentamente, una
escama de madera de una silla que se pudre.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-Próxima
estación:
LOMA
VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

Comentarios
Publicar un comentario