EDICIÓN MAYO 2026

 


*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gracia última*

 

En los arrabales del lenguaje

se empantanan las palabras.

Sucias muestran sus límites,

su miseria y su oscuridad.

 

Se termina en lo indefinido,

sonidos guturales que tanto

señalan, afirman o niegan, y,

son el preludio del silencio.

 

Una vez transitado el silencio

inicia el páramo de la soledad,

que es la antesala del desierto

de los recuerdos.

Puñados

de arena inasibles e iguales,

infinidad de dunas extremas.

 

Un lugar en el cual el olvido

es el cotidiano espejismo

de todos los sedientos.

 

*De Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

08/05/2027

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Demonios*

 

 

 *Por Miriam Cairo.

 

Recuerdo que lo escuché hablar, pero no recuerdo una sola palabra de lo que dijo. Bueno, una o dos, sí: estoy cascado. Era obvio que ya no tenía sentido escuchar nada más, entonces, mientras él hablaba, me dediqué a pensarlo. Lo pensaba lento, que es uno de mis modos de pensar, alternando con corrientes atroces, endemoniadas. Ni siquiera se me dio por decir que yo también estaba cascada, porque lo remediable a veces se parece mucho a lo irremediable.

Una palabra.

Dos.

Mientras lo pensaba, llevaba la vista desde el borde de la copa hasta sus manos, de las manos a los hombros, de los hombros a las sienes, de las sienes a los ojos, de los ojos al filo de la copa, de la copa a sus manos, de las manos a los hombros, de los hombros a las sienes. De vez en cuando el recorrido era interrumpido por el movimiento de sus párpados que se derrumbaban y se restablecían al modo de un cataclismo. De un pestañeo.

Al modo de los mares.

Del no-mar.

De los desvanecimientos.

Al hombre le importaba mucho decir lo que decía. Las palabras salían de su boca en línea recta, luego se bifurcaban y me entraban por los dos oídos a la vez. Ya en el conducto auditivo, las palabras se desperdigaban por distintos rumbos.

Grutas.

Anillos.

Remolinos.

Mi organismo es hábil en el procesamiento de palabras. Las propaga hacia arriba, hacia los cabellos, las esparce por los senos, las extiende hacia una pierna primero, hacia la otra después, luego las levanta en ángulo hasta insertarlas una por una en los latidos.

Virgen de Caacupé ruega por nosotros.

Mientras el hombre hablaba, yo iba deshaciendo los nudos y sin perder de vista sus gestos, los solté. El hombre no los notó, porque mis demonios son sutiles, "etéreos", según el juicio malicioso de mis mejores amigas. Sin hacer bullicio se acodaron sobre el plato para verlo comer. No hay cosa más dulce que la contemplación de mis demonios. Nada más admirable que su quietud y su pereza. Lo único, verdaderamente aterrador son sus silencios, pero el hombre cascado, por el solo hecho de no conocerlos, estaba totalmente fuera del alcance de ellos.

Los nudos.

El organismo.

La palabra.

El hombre hizo preguntas y las respuestas llegaron a buen puerto. Luego, llevó a la boca el último bocado y se dedicó a mirarme como si yo también fuese su alimento. Mientras me masticaba se le humedecieron los ojos.

Virgen de Caacupé líbranos del pensamiento.

Antes de que nos trajeran el café, ya estaba sentado a mi lado estampándome un beso que llegó oblicuo, acaso por la sorpresa, acaso por los demonios que nos miraban de reojo, acaso porque estaba de perfil.

Acaso por misterio.

Recuerdo bien mis silencios. Uno por uno. Demonio por demonio. El hombre tenía algo encantador. Creía en la naturaleza de sus labios. Creía en la fertilización in vitro, en Miles Davis y en Eva Perón. Creía que los aviones podían llevarlo a otra parte y creía en Houellebecq aunque nunca lo hubiera leído.

Virgen de Caacupé ten piedad del viento.

En medio de los besos yo pensaba en los naufragios, en los peces que nos nadaban alrededor, en mis demonios desatados, en el monumento, en los cañones Libertad e Independencia, en Vilcapugio y Ayohuma, en las mariposas de la oscuridad. Pensaba en la ciudad que se hundía y se levantaba como un monstruo fluvial, pesado y monótono. Pensaba en la Virgen de Caacupé bañándose desnuda en el lago de Ypacaraí.

Pensaba en los espejismos.

En lo de allá.

En lo de acá.

En las tempestades.

En las roturas.

En la Osa Mayor y su carro celeste.

En el pequeño bar donde me escondo del mundo.

Pensaba porque todo lo que siempre hago es pensar. Pero no recuerdo lo que el hombre decía. Tampoco recuerdo ni una sola palabra de las que dije yo, aunque sí recuerdo que hubo un modo de atravesar la noche que se parecía al viento.

 

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-39498-2013-06-29.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Cómo podría

negar la suave vida que me pasa

entre los dedos,

el breve vértigo entre aliento y aliento,

esas cosas pequeñas

que me van puliendo hasta encontrar el hueso.

Después de todo,

qué es vivir

sino ganarle a la muerte una partida

cada vez.

Camino

entre las hojas del otoño

y el mundo cruje a mis pies.

Acaso

todo el misterio de vivir

sea sencillo

como las mañanas heladas de mayo;

atravesar la niebla con los ojos abiertos,

celebrar que salga el sol,

esos milagros

pequeños.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

-Mariana nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente vive en City Bell.

Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016)

Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)

El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)

Madura (Sudestada, 2021)

Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)

Patio (elandamio ediciones, 2024)

Poesía reunida (Medusa editores, 2024)

Trinchera (Sudestada, 2025)

Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

Sexta parte

 

 

Lucrecia regresó a su habitación. Yo comencé a empacar toda mi ropa en la mochila. Desde hacía varios días había quedado claro que el padre de Lucrecia no necesitaba mi dinero. Sin embargo, dejé un delgado fajo de billetes bajo la cama. Quizás, en las tierras lejanas, podrían acogernos. Era nuestra apuesta aunque no tuviéramos más razones que la esperanza y los buenos deseos. Lo cierto es que nuestro viaje sería pionero, el primero y acaso el único. Nadie más se había aventurado en dirección a las tierras que parecían, desde la altura, un amasijo oscuro recorrido por puntos luminosos. Sólo se podía adivinar lo que había atrás de las montañas más elevadas. Quizás habría amplios valles o los relieves continuaban por cientos de kilómetros. Tal vez habría un inmenso precipicio en donde terminaba todo. Imaginé esa posibilidad con un estremecimiento: un abismo que absorbía la luz, el viento, el polvo de la tierra.

Empaqué tres cuadernos de hojas amarillas que me había dejado Lucrecia pues sabía que, tarde o temprano, carecería de electricidad para alimentar la pila de la computadora. Seguiría escribiendo aunque eso significara enfrentarme, definitivamente, al papel. Tenía la incipiente esperanza de conectarme en las zonas habitadas que estuvieran en el camino. Sabía que esto era difícil, al menos en los lugares más cercanos, porque desde la lejanía parecían zonas agrestes, sin evidencias de energía eléctrica o algún sustituto. Tendría que ahorrar y saber muy bien qué frase escribir en mi aparato. Quizás podría realizar algunos bosquejos en las hojas amarillas y después pasar en limpio lo trabajado para aprovechar el tiempo. Sabía que era probable el abandono de la computadora, pero me aferraba a la posibilidad de continuar la escritura hasta donde me fuera posible. Recorrí la habitación por última vez. La noche era cerrada y la luna apenas resplandecía tras una gasa de nubes. El aliento frío del invierno empañaba los cristales de la ventana. Pensé en todo lo que había vivido hasta ese momento y traté de cohesionarlo, ponerlo en un mapa cuyas coordenadas fueran estables, inteligibles. Aún había mucho por saber.

Tardé algún tiempo en poder conciliar el sueño. Lucrecia estaría en la misma situación. ¿Qué cosas empacaría ella? Tendríamos que hacer el viaje a pie, sin las bicicletas porque serían inútiles cuando la vereda desapareciera o nos encontráramos con obstáculos que superar. Había motivos para suponer que la muralla se extendía hasta abarcar todas las tierras desconocidas. Sería un círculo inmenso e impenetrable. Otra posibilidad que había escrito en mis archivos era que la muralla contuviera en su interior otras murallas de menor altura y extensión, como en un juego de muñecas rusas. En ese caso el país sería una colección fragmentada de pueblos y ciudades unidas, quizás, por una vaga memoria común. ¿Nosotros seríamos la parte central de ese mundo y tendríamos que ir a los círculos exteriores o nos internaríamos, hacia el sur, en los círculos más pequeños, más densos y peligrosos? Sin embargo, el alejamiento de cada una de las zonas habitadas hacía muy difícil comprobar cualquier supuesto.

La mañana siguiente nos encontramos, muy temprano, en el pasillo principal de la casa. Lucrecia había empacado frascos con conservas de frutas y yo tenía un par de garrafas con agua. Pensé que su padre estaría dormido. A pesar de su habitual displicencia podría haber sospechado algo. Me moví entre los muebles procurando no hacer ruido. El padre de Lucrecia seguía en silencio. Espere que nada interrumpiera su sueño. Abrimos la puerta principal con la sensación de estar haciendo algo prohibido. Una vez en la calle escuché cómo emergía, de nuevo, la pieza de Chopin. La música llegaba como un eco de una época remota. El hombre estaba ahí, ajeno a todo, siguiendo con los labios la ruta del piano, la secuencia de notas que, en ese momento, representaban el mundo.

Después de un rato de caminata llegamos a la última calle de la ciudad. La calle había pertenecido a un fraccionamiento antaño lujoso. Aún se podían ver en las esquinas unos postes pequeños con unas banderolas de metal que indicaban el nombre de la calle. Las casas, casi todas abandonadas, eran de tejas rojas y algunas alcanzaban los tres pisos. Las entradas eran amplias y las protecciones de las ventanas, hechas de fina herrería, mostraban adornos florales y heráldicos. Faltaban muchos adoquines en la calle. Algunos estaban quebrados y otros parecían haber sido expuestos a una carga muy pesada, como si por ahí hubieran pasado tractores muy grandes, tráileres que dejaban su huella como inmensas bestias pesadas. El camino se internaba por unos árboles. En la libreta roja el viajero hablaba de algunas casas que estaban a una distancia de entre veinte y treinta kilómetros. No refería si esas casas pertenecían a ciudades o pueblos pequeños. Tampoco decía si estaban habitadas o si eran meras ruinas. Sólo las mencionaba como una especie de rumor escuchado en la ciudad. La última referencia en la libreta roja era la vaga posibilidad de ciudades amuralladas, desconectadas del exterior, con ideas a veces extrañas del mundo lejano, aquel que apenas se podía ver y que, quizás, sólo estaban vinculadas por el río que seguía con su flujo perezoso y constante.

La ciudad, poco a poco, fue quedando atrás. Nos deteníamos para recobrar energías. Lucrecia parecía frágil, pero nunca daba muestras de cansancio. Nuestra guía, cuando llegara la noche, serían las esporádicas luces que se veían hacia el sur. Serían brújulas volátiles. En el día tendríamos a la vereda como único asidero. Lucrecia se orientaba fácilmente. La seguridad de sus pasos contrastaba con su silueta que parecía resentir las rachas de aire frío

La última huella de la ciudad era una mole de concreto. Era una silueta rectangular y alargada. A un lado se distinguían poleas gigantescas que se movían, bombas con la apariencia de grandes martillos sometidos a un vaivén interminable. Luces intermitentes constelaban las ventanas del gran edificio. Había un sonido grave. El ruido de las máquinas era un zumbido constante. Lucrecia detuvo el paso y me dijo:

–Son las máquinas que generan electricidad. Han hecho grandes esfuerzos para que se mantengan funcionando.

Lucrecia inclinó la cabeza hacia atrás. Parpadeó lentamente. Por primera vez, desde que la vi por primera vez, me di cuenta de su belleza, una belleza dispuesta a emerger para quien supiera buscarla. Parecía una guía de turistas enseñando la única atracción de la ciudad.

–¿Cómo funcionan? –pregunté aguzando la vista.

Lucrecia se encogió de hombros.

A un lado del gran rectángulo distinguí con más claridad los martillos gigantescos. Poleas de varios metros los impulsaban. Supuse que el vaivén concentraba la energía y la mandaba, de alguna forma, a la ciudad. Más allá del edificio sólo había vegetación. Manchas verdes con oasis ocres, pequeñas estepas en las que los árboles no eran tan abundantes. El mecanismo hacía un ruido grave. El estruendo era un latido lento. Parecían, con un poco de imaginación, gigantes de un solo brazo que luchaban por romper los estratos superficiales para llegar al hirviente centro de la tierra. Era un movimiento persistente y desesperado. Seguía un poco embebido por la imagen y haciéndome preguntas sobre el funcionamiento más detallado de esa planta, cuando Lucrecia me tocó en el hombro.

–Hay gente trabajando. Están día y noche. Sin embargo en la ciudad dicen que sus esfuerzos no son suficientes. Por eso los apagones.

En efecto, pude distinguir pequeñas figuras, vestidas, al parecer, con uniformes de una sola pieza. Pude ver sus cascos. El edificio principal de la planta, su centro de mando, tenía tres niveles.

Reemprendimos la marcha.

El bosque era tupido. Las hojas de los árboles tenían un indeciso color amarillo. La humedad del ambiente y el frío hacían probable una nevada, sin embargo, parecía que nunca iba a ocurrir. Era como caminar por la planicie de un sueño al cual se le han extraído todas las imágenes, todos los significados.

Descansamos una hora y reanudamos la marcha. Lucrecia estaba a gusto en la caminata a pesar de que sus pasos eran cada vez más inseguros y su respiración se fatigaba. Yo insistía en alentar el ritmo, pero ella sonreía y negaba con la cabeza. Pronto nos dimos cuenta que tendríamos que acampar. La noche estaba por llegar. Encontramos una zona entre una pendiente y unos matorrales. Tenía una pequeña hacha que usé para cortar algunas ramas. Apilé la madera y saqué un cerillo. Pronto, entre mis manos, una diminuta combustión. El fuego retozó un poco entre las ramas y, después de unos momentos de indecisión, contagió el resto de la madera. Sacamos nuestras frazadas. En medio de la oscuridad, parecíamos un reflejo olvidado, una estrella nueva en un universo vacío. El calor nos iba a permitir pasar la noche, aunque tendríamos que proteger el fuego. No sabía si había animales nocturnos en las cercanías. Lucrecia miraba el amarillo de las llamas y la lucha que entablaban para no apagarse. Su rostro se sumergía en una especie de feliz somnolencia. Quise tocarle las manos para saber si seguían frías o si el calor de fuego había comenzado a caldearlas, pero no me atreví. Temí que el calor no hubiera sido suficiente.

Nos recargamos en el amplio tronco de un árbol. No quise encender la computadora. Mis manos hormigueaban más por la ansiedad que por el frío. Lucrecia miraba con desconfianza mi maleta. Supuse que estaba pensando en mis textos amontonados, en cuántos de ellos la mencionaba, cómo la describía. Sonreí sin saber por qué.

–¿Qué pasará con tus escritos? –me dijo, balbuceante.

–No sé.

Quise añadir más cosas, pero no pude. Miré la mochila. La computadora me pareció una máquina obsoleta, un estorbo. Sin oportunidad para recargar la pila, mis textos estarían adormecidos, sin posibilidad de continuación ni de una posible lectura. Sin otro aparato igual o piezas de repuesto, mis escritos serían algo más complejo que un idioma desconocido o un código secreto. No bastaría el poder de deducción o la habilidad de cualquier persona para encontrar semejanzas o patrones en mis palabras. Necesitaría, forzosamente, la fabricación y el diseño complejo de piezas para reponer las dañadas. Habría que obtener la materia prima para recargar la pila que cada vez retendría menos electricidad. Pensé que ya era hora de enfrentar mi crónica desde el papel, desde las hojas amarillas que parecían retarme con sus renglones, con su textura, con la posibilidad de equivocarme cientos de veces y tachar una y otra vez la palabra que pensaba adecuada para intentar una nueva aproximación. Lucrecia se dio cuenta del dilema que enfrentaba aunque, quizás, no podía explicarlo con todos los detalles. El fuego seguía perforando la oscuridad.

–¿Qué diremos si encontramos a alguien? –le pregunté.

–No te preocupes. Mañana mismo veremos las primeras casas –respondió ella con una extraña seguridad en su voz.

–¿Cómo sabes?

–Mi padre me contó, una vez, que había gente en esta zona. Él no sabía por qué estaban ahí, pero estaba seguro de que había gente mucho más allá de lo que podíamos ver desde la ciudad.

–Lo comprobaremos pronto.

–Soñé a gente haciendo el mismo recorrido que nosotros. Quizás, muy cerca de aquí, podremos encontrar sus rastros, ¿no es verdad?

–Algunos creen en los sueños proféticos.

Lucrecia juntó las manos y, mirando el fuego, me dijo que su padre había escuchado muchas historias. Las decían, sobre todo, los más viejos, aunque cuando la referían era con muchas lagunas y asumiendo, en todo momento, que eran sólo un cuento, una ficción para explicar el mundo más allá de las fronteras visibles de la ciudad. La gente de generaciones posteriores recordaba esos fragmentos, pero no estaba interesada en hilarlos ni en investigar más. Era como un eco que, con el tiempo, con cada repetición, iba perdiendo fuerza.

 

(continuara)

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La pesadilla*

 

¿Por qué brota de mí cuando el cuerpo reposa

y el alma queda sola, esta insensata rosa?

Efialtes, Jorge Luis Borges

 

Creí que mi tortura acabaría aquella noche de aquel día en que entregué la victoria a los persas. Siempre mi razón fue pura y sencilla: si he nacido deforme fue para ese único acto que me justificaba, si mi madre se negó a arrojarme por el Monte Taigeto fue con un fin dictado por los dioses que me maldijeron, y si mi padre eligió detenerse en Tesalia en la huida fue para que aprendiera todos los secretos de su suelo, y en esas decisiones estaba implícito un secreto deseo de venganza para que yo fuera el guía de la pesadilla de los griegos. Sin embargo, ahora sé que hay cosas que no las compra el dinero y hay odios que nos los apaga la venganza. Pero hay realidades peores que cargar mi joroba, el perpetuo andar torcido de mis pasos, mi torso inclinado para mantener el equilibrio, y las deformidades de mi cara que no soportan el descuido de la sed ante el espejo del agua calma. Una de ellas fue la mirada de Leónidas ante mi deseo de redención, él sabía y yo sabía que mi brazo era más fuerte que el suyo, aunque yo no pudiera sostener el escudo a la altura adecuada en la falange, él sabía y yo sabía que mi brazo podía partirlo en dos al Rey de Esparta; pero yo sabía y él sabía que no habría segundo golpe si fallaba, y que mi cabeza rodaría si ese primer golpe no alcanzaba.

No sé si él intuyó que hay estocadas invisibles y hay escudos que no nos protegen de nada. Pero, ante su inconmovible negativa, aún en la dudosa paridad de la situación en cual nos encontrábamos, decidí sonreír y partir: los dos sonreímos; porque entonces los dos podíamos. Ahora ya no sonríe Leónidas y lo mío no pasa de una mueca, también sé que nunca habrá sonrisas para mí en el inframundo de los condenados.

No es la vigilia de mis días la tortura, no es la persecución de los hombres, no es la maldición de los dioses, no es la burla de los pusilánimes que pisan huellas ajenas, no es el odio de la chusma griega ni es la espada que un día habrá de acabarme y que ya me acecha.

Yo, Efialtes de Tesalia, hijo de Eurodemo. Yo, pesadilla espartana, −condenado a deambular entre los desfiladeros de Tesalia sobre la espina del monte Calidromo−, no le temo a las bestias reales ni a esos disimulos de bestias que son los hombres. No le temo al sol ni a las piedras que queman ni a las aristas que laceran ni a las fallas del sendero que recalcan mi carne. No le temo al mar embravecido que parte las piedras de la costa ni a la distancia de los caminos. No le temo a las puñaladas por la espalda −que nunca podrán partir mi corazón ya atravesado− ni a las burlas de los niños y las mujeres ni a las inmundicias que arrojan a mi paso. No le temo a la soledad ni a las traiciones. −A los seres como yo no los traicionan los hombres−. No le temo al hambre ni a la sed del cuerpo ni al calor ni al frío ni al viento ni a la tormenta. Mi hambre y mi sed no se calman con alimento ni con agua. El frío que me castiga no se alivia con fuego ni con mantas. El calor que me sofoca no se entibia con el austero trono de Esparta. Pero hay noches terribles en que la tormenta es el sueño.

Hay noches en las cuales se suceden claros días en los cuales inclinan la cabeza con respeto los ilotas a mi paso. Hay noches en que en pleno día no estoy siempre solo con mi perro. Hay noches en que tomo vino endulzado con miel compartiendo el mismo jarro con otro hombre. Hay noches en que no tengo sexo con las cabras. Hay noches en que entiendo la palabra simetría al ver mi cara reflejada en el agua de un cántaro sin necesidad de agitarla. Hay noches en que el escudo se sostiene firme en mi brazo ante el brutal hachazo de Leónidas para probarlo. Hay noches en que no encuentro el sendero de Anopea con los diez mil Inmortales del Rey Jerjes a mis espaldas. Hay noches en que aún permanece inexpugnable el desfiladero de las Termópilas. Hay noches en que no temo a las pesadillas de mis sueños porque he muerto defendiendo ese paso, codo a codo, con mis hermanos espartanos. Hay noches en que mi ánima libre se aleja y deja mi cuerpo muerto cubriendo de los ávidos persas el cuerpo sagrado del Rey Leónidas.

 

*De Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su libro de cuentos La oscuridad de los hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESTACIÓN DE LOS ADIOSES*

 

 

“La muerte hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde teníamos hombros, suaves como garras de cuervo”

JIM MORRISON

 

 

ESTACIÓN DEL LLAMADO

 

 

Fijamos un término a la angustia. Un vallado. Una empalizada.

Acaso se te olvidó la víspera. Medio cirio apagado y él me llama.

Voy a partir amado mío. Mi vértice secreto. Huir.

Desertar, muy lejos del umbral de tus soleras.

 

 

ESTACIÓN DEL LABERINTO

 

Te he visto ciego. Laberinto. Río. Ventana que da al fuego.

Aquí ya nada será igual. Los pulsos. Los latidos.

Medio cuerpo en sus parpados. La noche entre sus brazos.

Mientras miro partir la golondrina, tú, ríes con tus muertos.

 

 

ESTACIÓN DE LAS HUELLAS

 

Se, siento, has moldeado el surco de tu pié.

Yo, aun no borro los surcos de mi frente.

-Las huellas de la piedad son tan tenues. Tan frágiles-

Hacen llorar los ojos de los gatos. Sangre abierta. Año bisiesto.

 

ESTACIÓN DE LAS MUERTES

 

Haz un gesto, uno solo, dijiste. Lengua de brizna y paja.

Mi barro tomó el contorno de tu pecho.

Haz un gesto, uno solo, dije. Tristísimo temblor en tus vertientes.

Dios me apuñaló mirándome los ojos.

 

Mi atardecido amor. Mi silicio. Seis horas tiene la luna roja.

“Mis hombros, suaves como alas de cuervos.”

Cómo será el crecer de mis cabellos, allá, entre las algas.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Si en lo cotidiano no vemos lo absurdo, lo intenso, si cada palabra no nos resulta sensual, idiota, resplandeciente y trágica, todo a la vez, si no encontramos que la nada es una de las maravillas, si la falta de certezas no nos produce alegría y furia y a la vez deslumbramiento, si no tenemos ganas de destruir el lenguaje en su totalidad y rearmarlo para volverlo a destruir, tal vez todavía no entendimos demasiado para qué estamos escribiendo. Lo cual tampoco importa.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

 

JOKER*

 

Otra vez aquí, con el olor a cerrado, a fierro, a butacas de relleno de gomaespuma; los pocos espectadores en lo obscuro, la pantalla que arroja luces caprichosas alumbrando nucas, rostros en blanco y negro, y el film transcurriendo allá adelante.

La película es bastante nueva, el Joker, por lo que supuse que estaría Batman y sería infantil.

No aparece Batman, en todo el tiempo que dura la proyección no recuerdo al hombre murciélago, sólo me encuentro con el Joker, ese fantoche atormentado que se ríe por la violencia, por la falta de simpatía, porque no puede evitarlo, por esa terrible deshumanización de gente que transcurre sin notar las vidas que fluyen alrededor, sumidas en abismos inexplicables.

No me importa que la actuación sea hermosa o dificultosa o meditada. No me interesa cuántos kilos bajó el actor o cómo se entrenó para el papel. Ha surtido efecto, ha logrado conectar conmigo. Joaquín Phoenix habrá pensado en el Oscar, o no, realmente no me importa ahora que leo esa frase espantosa que no escribo en el momento, pero recuerdo en esencia, dolorosamente. Lo peor de una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieses. Es terrible, es cierta, está escrita en los retorcidos jirones de alma de quienes deben aparentar normalidad, o sea todos, aunque más esos seres cuyos lastimados cerebros pugnan por ajustarse a lo canónigo, a lo usual, lo aceptable. Y se quiebran, y sangran, y no pueden separar lo real para otros de su propia percepción del universo frío, cruel, distante, inalcanzable. Están solos, más solos que un hombre en el polo, más solos que el criminal en el cadalso, espantosamente solos en la celda de su mente blanca y deslumbrante, desmantelada.

Como no soy seguidora de Marvel o de Batman o de ningún superhéroe en general, como soy una pobre mujer de mediana edad con las emociones rojas y tibias, dulces y amargas, veo una persona desvalida y rota, decepcionada, arrojada a lo incognoscible, lo inasible, lo incomprensible, arrojada a un mundo que pide una corrección, un ajuste imposible, y lloro a lágrima viva, a moqueo despiadado, a sollozo y a hipo. No me importa, puedo hacer el ridículo de gemir desde mi asiento.

Me enamoro del personaje sabiendo que es insostenible, una pura negación de lo que puede hacerme bien. Me enamoro como quinceañera, como mi amiga Myriam cuando éramos tan jóvenes y me dijo que quería amar a un muchacho triste, complicado, difícil. Amo a esa figura rota que baila con orgullo porque sabe que se está muriendo y ya nada más importa, ese hombre que baila su propia disolución. El baile es importante; los hombros alzados, la cabeza erguida, la mirada vuelta hacia sí mismo. Baila consigo mismo, nadie baila con él, se complace en su compañía por ese momento de magia y peligro. Acepta su insania, en ese momento está orgulloso de respirar, de estar vivo, toma un baño de yo, como quien deja la barandilla del balcón, vuela, aún no se estrella en el pavimento.

No advierto nada salvo la dulzura del derrumbamiento, la malsana alegría de los finales y las despedidas, me miro allí, me saludo, me encuentro. Pero diferencio muy bien este sentimiento de la locura verdadera, de lo atroz de estar derrumbado de veras, desleído en el frágil ser que pierde el control del propio entendimiento. Basta de estupidez y de falta de respeto, que la locura ni es romántica ni es literaria, duele y es imposible mirarla a los ojos porque aterra. Pero aquí veo y me conduelo y lloro por lo injusto, lo irremediable, esa tristeza abisal de la soledad perfecta en lo más hondo de las simas oceánicas.

Puedo amarlo y puedo saber que nada está en mi poder para rescatarlo de su infierno. Sé que tender la mano a quien está en caída libre es como ahogarse cuando se trata de sacar del mar a quien ya está en plena tarea de morir de asfixia.

Ah Joker, ah personaje siniestro, dulce, roto, deconstruido. Ah los locos, ah nosotros que hacemos como que no estuviesen allí, aquí, cociéndose en sus propios jugos, riendo incontrolable, dolorosamente, como aquel poeta que decía que había que llorar por todo, por todos, por todo. Y una llora, y ríe, y nada… el mundo sigue doliendo.

Me llevo la película, me ha transformado, me hizo una muesca más. Confirma lo que ya sabía, veo lo que estoy preparada para ver, interpreto lo que puedo, lo sé, es mi película, me la llevo intransferiblemente tatuada en un rincón de mi tristeza.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

 

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

PEDACITOS DE SUEÑOS.

EDICIÓN NOVIEMBRE 2025

EL REINO DE LA INVENCIÓN