ESTACIÓN GOBERNADOR UDAONDO.

 


*Foto: Interior de estación Gobernador Udaondo.

-Fuente: https://www.infocanuelas.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Estación Udaondo” *

 

 

Había llegado: la estación del tren estaba ahí, el tanque de agua, el galpón, el pequeño pueblo… Tantos significados implicados en ese letrero. Parecía ser la única persona que llegaba este día. Salí de la estación con rumbo hacia la pequeña glorieta: cinco calles convergen ahí, las bancas, el pasto: sobre todo el pasto

—me sorprendí con alegría —.

Había poca gente en las calles. Los restos del baile que se había organizado, la cabalgata, el dulce de leche… La gente parecía haber hallado la manera de dedicarse a una vida creativa con pequeños quehaceres cotidianos. Los trabajos desgastantes, aquellos que fatigan y exponen los cuerpos al deterioro, parecían que se realizaban sin marcas en los habitantes de Udaondo. Noté varias estructuras de metal que tejían una especie de telaraña sobre extensas áreas del pueblo: tensores, engranes, pistones, tenazas y demás herramientas mecánicas armonizadas como una especie de gran maquinaria de reloj.

Pregunté a una pareja de ancianos que disfrutaban del atardecer frente al pequeño templo —que parecía abandonado desde hacía tiempo—, acerca de la naturaleza de aquella maquinaria. “Se trataba de una tecnología alienígena” —esperaba ese tipo de respuesta, o más bien me divertía con la posibilidad de escuchar esa explicación—. En realidad, me confiaron que no sabían: que había sido el proyecto de unos estudiantes de ciencias que se habían ido a la Universidad en la capital, y regresaron con esa idea, pero ellos, la pareja de ancianos, no entendían bien de qué se trataba, pero me hablaron de algo sobrenatural: algo que respira cerca de la vieja estación de tren.

Aquella afirmación inflamó en mi mente una intriga que pronto invadió todo mi cuerpo: tenía que conocer de qué se trataba. Naturalmente me despedí de la pareja de ancianos deseándoles una linda tarde y deambulé por el pueblo preguntando a los habitantes por “aquello que respira”. Había quienes me aseguraban no saber de qué les hablaba y se despedían rápidamente. Otros, amablemente me decían que yo estaba en un error: que aquello que respira, y que yo buscaba con curiosidad, no existía realmente: que lo que yo buscaba era algo mágico, intangible, metafísico… Que escapaba a las estrellas y sus lejanos sistemas planetarios: me hablaron de una energía cósmica, universal, que había decidido habitar en el pueblo. Pero todos, indudablemente todos, me dirigían a la vieja estación, a donde yo había llegado por la mañana. Recordé que, en efecto, cuando bajé de ese ten, la temperatura era menor a la del resto de Udaondo. Recordé también ese sonido como de un ser que respiraba: la sangre me heló el cuerpo… Ya no sabía si quería ir a investigar.

Una muchacha rió a mi lado, y me dijo que no tenía de qué preocuparme: que podía ir a mirar, mientras se quitaba su casco y me miraba con unos ojos que me indicaban que yo le inspiraba una especie de gracia y curiosidad. Su semblante y su recomendación, me dieron la confianza de seguir. Llegué a la estación, pero no hallé indicios de algo que respira, ni de energías cósmicas o sobrenaturales… Lo que sí sentí fue un ambiente muy agradable: no hacía frío, no hacía calor… La oficina con el correo seguía como si el tiempo no pasara: el paquete de la muchacha que nunca recogió, las tarjetas de ahorro, el mapa de los ramales de ferrocarril, las paredes blancas con los marcos verdes…

Estaba disfrutando de mi visita cuando claramente escuché la exhalación de un aire tibio que en seguida fue absorbido por algo… O alguien… Provenía del tanque de agua. Salí con pasos trémulos que no podía controlar: yo no quería asomarme, no quería averiguar, no quería saber… Pero seguía caminando, como si mi andar estuviera fuera de mi control.

Llegué al tanque de agua, subí y hallé en lo alto, sentada en la banquita de madera, a una niña que dibujaba una especie de criatura que cantaba, mientras me recibía con una sonrisa. Noté que tenía puesto un casco similar al de la muchacha que me había animado a venir, de un material rugoso, como de arcilla.

Enseguida la niña me dijo: “El ser que estás buscando, no existe, pues no es él quien respira… Ahora que la energía cósmica, tu única esperanza en estos momentos, pues… Entra por tu propio pie y mira”.

Noté que había una compuerta, la cual estaba abierta: bajé y conforme lo hacía, la oscuridad se desvanecía: cada peldaño era claro, las paredes a mi alrededor y la ausencia de algo más… Escuché con nitidez la respiración tibia y cómo esta era sorbida de inmediato. Comencé a darme cuenta de que el tanque de agua estaba hecho de la misma arcilla que el par de cascos que tuve la oportunidad de ver. El temor me había abandonado, pero ahora se apoderaba de mí un profundo vértigo: llegué al final de las escaleras y era innegable la presencia de una respiración tibia y húmeda.

Miré los engranes y la maquinaria que descansaba al interior del receptáculo en el que me hallaba: tampoco había duda de que ese era el centro de control de todo el mecanismo que vi en el pueblo. Seguí con la mirada las conexiones y descubrí una caldera que en un periodo regular liberaba la presión del vapor de agua, accionando el engranaje como si se tratara de una red nerviosa: a cada presión liberada, un vaho tibio llenaba las paredes dentro del “tanque” y apenas sucedía, cuando los muros arcillosos absorbían el calor desprendido generando una contracción de la estructura que me recordó a las vibraciones de las redes atómicas, aquellas que, según se explica, liberan al entorno la energía cuantificada en cada expansión y contracción de la materia. Cuando ocurría eso al interior del tanque, las paredes brillaban, todo era claro y podía percibir el canto de la niña… Entonces escuché también la voz de la muchacha diciéndome:

 “el mundo natural es más interesante que tus fantasías: deja las explicaciones metafísicas para la gente que es incapaz de sorprenderse con lo cotidiano, con el pasto, con el aire, con los animales... Como ocurre aquí en Udaondo: las personas viven su asombro cotidiano sin buscar explicaciones sobre la complejidad del mundo o las lógicas del Universo”

El vapor se liberó de nuevo.

No hubo sobresalto esta vez.

Observé el ciclo completo: la presión acumulándose, la válvula cediendo, el flujo caliente expandiéndose por la estructura… y la respuesta inmediata de las paredes. La arcilla absorbía el calor y, con ello, algo más se propagaba a través del sistema.

No era una presencia.

No era una entidad.

Era un proceso.

El canto de la niña apareció otra vez, pero ya no como algo externo. Reconocí el patrón: no era sonido transmitido por el aire, sino una forma de señal que encontraba en mi mente un modo de organización.

—No escuchas —dijo—. Interpretas.

La frase no llegó como voz. Llegó ya comprendida.

Miré de nuevo la maquinaria. Nada oculto. Ninguna voluntad detrás. Solo transferencia, transformación, acoplamientos entre materia y energía física operando.

Subí las escaleras. La luz de la tarde caía sobre la glorieta. Varias personas estaban sentadas en las bancas, traían sus cascos: la pareja de ancianos, la muchacha, la niña y otros más. Nadie parecía estar hablando. Sin embargo, algo circulaba entre ellos.

No había gestos ni palabras, pero era evidente la coordinación: sonreían en momentos precisos, alguien negaba con la cabeza antes de que otro cambiara de postura, una risa se propagó sin sonido, expandiéndose como una onda breve y contenida.

Me senté en la banca sobre el tanque de agua. Durante unos segundos no ocurrió algo. Luego, sin transición clara, una idea que no era mía tomó forma:

—Siempre llegan pensando lo mismo.

Otra respuesta, distinta en tono:

—Es normal. Les enseñaron a buscar misterio donde hay mecanismo.

La muchacha me miró, apenas divertida.

—¿Y ahora?

No movió los labios.

Miré el pasto, las estructuras metálicas a lo lejos.

No había nada que descifrar: habían hallado la manera de convertir la energía liberada en forma de calor, en una señal absorbida por ese material de arcilla que la convertía —transducía, según me corrigió la niña dentro de mis pensamientos— en información propagada por la arcilla hacia estímulos eléctricos que podían volver a ser transducidos en la corteza cerebral: habían desarrollado una telepatía arcillosa —rieron en el pueblo ante mi nomenclatura— alimentada por la entropía termodinámica.

—Ahora ya no —respondí.

La conversación continuó sin palabras, integrada al ritmo cotidiano del pueblo, tan natural como el viento entre las hojas o el calor que aún se disipaba lentamente en los diafragmas de arcilla.

 

*por hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com.

Coyoacán. México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desconexiones*

 

 

¿Cómo he llegado aquí?

Y ¿Dónde es aquí?

El cartel dice Udaondo, pero eso no significa nada para mí. A ver, esfuérzate. Trata de recordar.

Estaba… Eso es: Estaba en mi habitación, leyendo una novela de Murakami, en esa página había algo sobre un gato… Y no recuerdo más. Debí quedarme dormido. ¿Y he despertado aquí? Eso es imposible. Piensa un poco más.

El sitio es, evidentemente, una estación de tren. Pero no recuerdo haber tomado el tren. ¿O sí?

Sí. Ahora me acuerdo. Me había dormido. Y luego desperté. En mi cama, claro. Y me levanté. Tomé una taza de té. Eso debió de ser: El té. Tenía algo. Creo que me dormí otra vez.

Pregunto a alguien que tiene toda la pinta de estar esperando el tren o a alguien que viene en él. Me dice que la estación se llama Gobernador Udaondo, en honor de algún político de muchos años atrás. Pero eso no me aclara nada. ¿Por qué estoy aquí?

Alguien vino a visitarme. Recuerdo el sonido del timbre, la sensación de caminar pesadamente hacia la puerta… Y nada más.

Sentado en este banco, medito acerca de la posibilidad de haber sido secuestrado, pero me parece una idea descabellada. ¿Quién iba a querer secuestrarme y por qué? Soy pobre como una rata y no tengo familia a quien poder pedir un rescate. Un gato (pero ¿es real?) se pasea en las proximidades del banco y, de vez en cuando, me mira con sus ojos verdes y ligeramente achinados.

Al abrir la puerta, Gutiérrez estaba allí, con una sonrisa que se apagó nada más verme. ¿Cómo aún sin vestir?, dijo. ¿Vestirme? Sólo entonces me percaté de que estaba casi desnudo. Pero ¿qué hacía allí Gutiérrez? ¿Yo le había invitado? Volví a perder la noción de las cosas.

Tal vez el tal Gutiérrez me ha traído aquí, a Udaondo. Pero ¿con qué objeto? Por otra parte, no hay nadie más en el banco conmigo. No. Estoy solo. Y el tren no aparece. ¿Por qué me importa eso? ¿Acaso tengo intención de tomarlo?

Lo siguiente que recuerdo es estar vistiéndome ante el espejo del armario de dos puertas de mi habitación. ¡Qué aspecto tan desastroso! Debía asearme con urgencia. Y tomar algo, un analgésico, porque sentía un leve dolor de cabeza que por experiencia sabía que iría a más.

Una mujer, de unos cuarenta años, vestida con una elegancia impropia de una estación como esta, camina arriba y abajo del andén. No parece impaciente. Diríase que sólo está paseando, lo hace por la zona soleada. Como si no tuviera otra cosa que hacer en el mundo. Me sorprendo envidiándola.

Cuando salí del baño (ahí adentro debí de quedarme dormido nuevamente), Gutiérrez había desaparecido. ¿Entonces? Me puse la americana y me fui (aunque no supiera adónde). En la calle había poco ruido y eso me sorprendió. Un mendigo se acercó a mí y… ¿qué pasó después?

El jefe de estación mira el reloj. Pienso que ya debe de estar al llegar el tren. ¿Qué haré entonces? (Y ¿dónde he visto antes a este gato o uno muy parecido?).

Lo que vino después es raro: Yo iba caminando por una calle asfaltada y de pronto me vi en otra calle, de tierra. Los edificios también habían cambiado. A lo lejos se adivinaba una gran ciudad, pero donde yo estaba era un pueblecito rural, sin duda. Volví a extraviarme.

Escucho el traqueteo del tren, todavía no se ve, pero ya está cerca. La mujer hace visera con la mano y mira hacia el oeste. El jefe de estación se acerca a las vías. El gato, de repente, sube de un salto al banco y me ofrece su cabecita para que lo acaricie. Lo hago y maúlla, agradecido. Y ese maullido lo escucho más con el corazón que con los oídos. ¡Ahora lo comprendo todo! Pero, al mismo tiempo, me doy cuenta, con tristeza, de que tampoco esto importa.

 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

Zaragoza – España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Osvaldo*


 

Nos reuníamos todas las tardes de aquel caluroso verano en el baldío del ferrocarril. Eran pocos los programas de televisión para chicos en esa época y sólo teníamos a los vecinos del barrio y a nuestra imaginación para entretenernos.

Había chicos de varias edades. Yo era uno de los mayores. Tenía once años y me sentía superior, porque al año siguiente terminaría la primaria.  Venían después los mellizos, de diez, y el colorado y el Leo, de nueve. El más chico era el Osvaldo, de ocho, que se sumaba a todas las expediciones y juegos, aunque su estatura no lo ayudara.

Todos los días había que inventar algo nuevo, que nos motivara lo suficiente para pasar las tórridas tardes de ese verano cruel. La sequía había convertido la tierra en un polvo extremadamente fino y volátil y los árboles agobiados soportaban el sol con sus hojas sucias y descoloridas.

Esa vez la idea fue mía. De alguna forma había aparecido una hendidura al costado de las vías, más o menos a dos metros. Se me ocurrió cavar un pequeño pozo, rectangular y desafiar al grupo para que alguno se meta adentro y permanezca allí mientras pasara el tren.

Todos quedaron en silencio cuando lo expuse, pero el menos indicado aceptó la prueba. Osvaldo se anotó primero. Me sorprendió la respuesta, pero luego lo comprendí: el deseo de ser igual a nosotros, de conseguir la admiración de los mayores y…algo más. La inconsciencia. Pero me di cuenta después.

Ese desafío no tenía las limitaciones que Osvaldo podía haber encontrado en los otros: No se trataba de tamaño ni de peso, ni de alguna destreza que, por su corta edad, todavía no había adquirido. Esta vez se necesitaba solamente valentía. Y mucho coraje. Osvaldo sonrió cuando lo ayudamos a meterse en el pozo. Habíamos hecho un entramado de ramas de palmera para taparlo, lo que le daba mayor dificultad a la prueba.

El tío de Leo, que vivía a la vuelta, nos prestó una pala y cavamos un hoyo no demasiado profundo, de casi un metro. Osvaldo se acostó, totalmente extendido, dentro del pozo. Se sonrió cuando le preguntamos si ya estaba listo. Y por encima, al ras del suelo, colocamos las ramas.

Nos quedamos apartados, como a 20 metros, aguardando ansiosos el momento en que pasara el tren. Y allí venía. Diez minutos después de que el Osvaldo había entrado a esa especie de sarcófago natural, hecho de tierra, raíces y ramas de árboles.

La locomotora irrumpía la tarde muda con una larga sirena, lo más fuerte posible, por si algún desprevenido no se acordara la hora de su paso. Ese tren que movía todo, sacudía todo.

Nos quedamos expectantes, esperando. El poco pasto que desafiaba el tremendo sol y se levantaba sobre la tierra seca nos pinchaba la panza.

A los tres o cuatro minutos que empezó a pasar por al lado nuestro, nos dimos cuenta de que toda la tierra que sacamos al hacer el pozo había quedado a un costado, en el borde. No tuvimos la suficiente prudencia para retirarla y, por la vibración del tren, estaba cayendo arriba del pozo.

Fue muy rápido. Corrimos hasta allí, sacamos furiosamente la tierra y las ramas y debajo, acurrucado y mudo, estaba Osvaldo.

Lo ayudamos a salir. Estaba totalmente cubierto de tierra y temblaba. Lo limpiamos como pudimos. Con mi pañuelo le despejamos la nariz y la boca. Después de una urgente sacudida, ya casi no quedaba tierra y el Osvaldo regresó lentamente a su casa, sin mirarnos.

Nunca más volvió a juntarse con nosotros, aunque había pasado la prueba de la valentía: se había quedado en el pozo mientras pasaba el tren.

A veces andábamos cerca de su casa y lo veíamos a través del tejido, en el patio. Siempre sentado, leyendo, o jugando con su gato. Lo saludábamos desde la vereda y él nos respondía levantando muy despacio la mano, pero sin una palabra.

Sabíamos que no éramos culpables; nadie lo convenció para que se metiera en el pozo. Sin embargo, cada vez que lo veía solo, sentado en su patio, sacando briznas de pasto, no podía dejar de sentir una opresión en mi pecho, algo así como un mudo reproche, un helado dedo que se clavaba en mi interior, fuerte y estremecedor, como la sirena de un tren.

 

*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar

Santo Tomé. Santa Fe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO TREN*

 

 “Perdieron el anterior, pero aún queda un tren, uno solo…”

 

Venían de destierros.

De éxodos sangrientos.

De deshielos de lágrimas.

Candentes. Quemantes.

Les habían colocado mortajas.

Monedas de oro en sus ojos.

Pero la desnudez les salía por el costado izquierdo.

Castos almendros, impúberes trigales.

El viento del otoño les rozaba la frente.

Recorría sus hombros y sus lodos.

Renovaba panes, niños y rebaños.

Simiente y tierra dulce.

Casi sin buscarse se encontraron.

La flor del aire y la paloma.

Los árboles y el nido.

 

Era el último tren.

El último vagón… y lo tomaron.

 

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De Gobernador Udaondo a La Fortuna. *

 

 

La mordida feroz de la melancolía.

 

Aquel viaje a la península de Valdés con un Renault 12 que parecía volar sobre el ripio de la ruta. La acelerada para superar a ese “camión” que nos dejaba sin visión e iba a más de 100 km. La sorpresa del Eduardo que manejaba cuando vimos que pasábamos dentro de una polvareda de viento viajando a esa velocidad, el alivio de que no chocamos con algún vehículo mientras pasábamos a ciegas atravesando esa nube.

Llegamos. Renault 12 estacionado, adelante un precipicio que el recuerdo no deja de agigantar. Teníamos pasacasete, se escuchaba a Jorge Cumbo quedó ese estribillo “la felicidad una extraña flor difícil de encontrar”. Abajo una playa corta con lobos de mar. un infinito por horizonte. Cada tanto las ballenas y su chorro de vapor. las ballenas y la profundidad: Esteban que dijo enigmático: “hay que reconocer lo que nada bajo la superficie”

Algo me hace reunir al encanto efímero de cada flor con las ballenas. La verdadera naturaleza y sus ciclos que la sociedad humana se obstina en negar y destruir.

De aquel viaje solo Kalman y yo estamos vivos.

 

 

 

Desde el laberinto.

 

Para ese entonces ya había perdido el rumbo emocional, no es raro. La melancolía es un arma fuerte que si dispara desde el silencio al silencio daña. Quien pudiera desentrañar cada misterio pequeño de la vida cotidiana. Esteban diría que las personas como yo viven a destiempos. Que la neurosis incluye que los recuerdos se adueñen del tiempo presente.

En una ráfaga de viento frio pensé en personas que no pueden superar duelos y ausencias. Que tejen su vida con la red incompleta de sus defensas. En eso, sin poder explicarme mejor.

 

 

 

 

Inminencia de una revelación

 

Entonces decidí escribirle al amigo.

Al toque llegó una respuesta de Kalman por WhatsApp.

“anda a verla a Merlina, atiende en “La Fortuna” cerca del pueblo de gobernador Udaondo.

Leo más tarde un correo de Kalman donde se explica: en un viaje corto cerca de tu ciudad podrás vivenciar una demostración concreta del efecto de energías en relación con el universo vital. No me gusta utilizar rótulos porque predisponen a los prejuicios. Merlina es un prodigio intuitivo. supera a una Czarownica eslava. Entiende al mundo presente como una poesía de otras vidas.  Tenemos la experiencia de su convivencia en la casa que le alquilamos con el fantasma de mi abuela.

Créeme, aunque suene demencial, que mi abuela no quiere irse de su casa y es feliz con la presencia de Merlina. Tuvimos otros inquilinos que rompían el contrato a la primera aparición. Merlina y la abuela Bogdana se entienden como si se hubieran conocido en otras vidas.

Merlina es Merlina porque sus padres se inspiraron en la serie de los locos Adams... No en Merlín del que debería provenir su nombre por ser la maga lucida e intensa que veras trabajar en La Fortuna.

 

 

 

 

 

Energías sutiles

 

Kalman de viaje por Polonia, él lo explica así: mitad vacaciones y mitad curiosidad. No descansa el tipo, su curiosidad científica va por el lado de las formas de circulación de energía vital que no son reconocidas –aun- por la ciencia. Entre otros lugares “encantados” visitara al castillo embrujado de Niedzica.

Busca con intuición una puntada inicial para escribir hipótesis de trabajo. Lo guían –exploratoriamente- preguntas sin respuesta convincente:

¿Cualquier forma de energía es un lenguaje potencial a descifrar?

¿La empatía es una forma de energía sutil que fluye sin palabras?

¿Cuál es el peso “real” del lenguaje que construimos trabajosamente con milenios?

¿Las energías micro de las personas tienen vínculo con la energía vital del universo?

 

 

 

Buscando al fierrito oxidado.

 

Fui primero a la antigua estación de tren de Gobernador Udaondo. La estación es una casa particular con una habitación museo que guarda en estado original la oficina del jefe de estación. Con los objetos de aquella época donde el tren era un pulsar colectivo donde latían corazones que llegaban o partían. Pedí permiso para buscar un fierrito a la familia que es propietaria de la estación. Dije –sin que las amables personas me lo preguntaran- que buscaba un fierrito antiguo para un trabajo de mi hija en su carrera de antropología. Intente describirlo dibujando una “L” me aclararon “lo que usted busca es un clavo de rieles”

 

 

 

 

Almacén La Fortuna

 

El lugar que funcionó desde 1935 ha sido remodelado con criterio vintage. Hay mesas para comer rico con un menú de comidas tipo casera. Es tan amplio que permite salones algunos temáticos como el llamado “Rosa Osa” por el Rosa Rosa de Sandro que perdió una letra aquí mismo.

A Merlina le causo gracia que en el primer encuentro le llevé de obsequio una bola de cristal. Con cierta pose de doctora me pregunto si había traído “el guardián de hierro”

El guardián, nombre “mágico” del clavo de rieles que encontré corroído por el óxido en las cercanías de estación Udaondo es el elemento que limpia lo antiguo, lo remoto. Su efecto será afirmarse plenamente en lo presente. La conversación fue de unos minutos, Merlina tenía una agenda completa de personas y mascotas, me entero allí que también es comunicadora multiespecie. Tome muy en serio lo que escuche de su voz: “lo que decís y más aun lo que pensás produce realidades” aunque fui perdiendo durante el viaje de retorno el hilo lógico que guiaban sus palabras.

“este es el año uno, un periodo de nuevos comienzos, toma de decisiones valientes. Es una etapa para plantar semillas para el futuro, desarrollar la propia creatividad.”

 

 

 

 

 

Volviendo a casa

 

Luego de la visita al almacén “la fortuna”, sigo sin entender qué clase de conexión tiene Merlina con las energías vitales del universo ni en que saber definible o reconocible sostiene su trabajo. He visto como atiende personas que no están allí mismo de forma presencial. Quizás con alguna conexión emocional o empática desconocida por mí.

Mientras tanto la indagación de Kalman sobre las energías no reconocibles, lo que se mueve entre los seres y el universo, lo micro, lo inmediato, lo que transcurre en lo efímero con una mirada en empatía o antipatía, en las formas no conocidas de comunicación entre especies. Lo que el lenguaje humano con sus velos y ocultamientos no resuelve ni explica, y hasta diría que complica. Prometí a mí mismo volver a ver a Merlina en “La Fortuna” para percibir con menos resistencia intelectual los efectos benéficos de su conexión con energías reparadoras.

 

 

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Témperley. Buenos Aires

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Es posible destrozarse el cráneo

y aun así seguir vivo

toda conducta afecta neuronas,

dicen los cirujanos,

y mientras estés pasando

de un fragmento de vida a otro

una ráfaga de drogas o alcohol de por medio

todas esas noches en vela

y el sufrimiento sin ningún objeto

habrá una luz ínfima por la que se cuela el gesto

en medio de la noche, el cuerpo sitiado

la mandíbula alerta

para morder lo que encuentre a mano,

y aun así.

No te preocupes

es

un síntoma de la época temer al encuentro

huir

de los cuerpos como de la peste

neutralizar el deseo a los golpes

dejar las palabras a la altura del barro.

Todo lo que se filtra

de la vida a la lengua anula el efecto

la palabra es sin registro

no transforma ni invade.

El cráneo imponente, con su materia gris

forja un misterio

mata, pero casi siempre, en realidad

muere.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 




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LOMA VERDE. 

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ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

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